Pablo Armando, escritor cubano
Pablo Armando Fernández. Foto:. Tomada de Uneac

Pablo Armando Fernández, 95 años después

Es el central Delicias, en la antigua provincia de Oriente, el sitio natal de uno de los poetas esenciales de la literatura cubana en la segunda mitad del siglo veinte, Pablo Armando Fernández (2 de marzo de 1929 – 3 de noviembre de 2021, La Habana). Allí, en aquellos parajes, y en sus días juveniles en Holguín, el encuentro de aptitud y vida tomó un carácter premonitorio, asentado en la clarividencia y la vocación del muchacho, seducido desde temprano por el destello de las palabras que realzan el destino de la poesía.

Así me lo confesaba el poeta en una conversación sobre sus orígenes, una tarde a comienzos de este siglo, en el portal de su casa habanera en calle 20 casi esquina a Quinta Avenida, en Miramar: “Delicias era lo que entonces se llamaba una american company town… El verde amarillo de las planicies de los cañaverales lo rodeaba todo… Por eso, yo me inventé Delicias como un lugar que fuera pura literatura, algo totalmente imaginario, que se convirtió, sin yo saberlo, en mi primer encuentro con la poesía”.

Pero fue, sin dudas, una emisión radial de aquellos tiempos la que le incitó a su encuentro con la literatura: Cumbres borrascosas, la novela de Emily Brontë cuyos parajes y personajes él podía ubicar allí en Delicias, como si el batey se transmutara en los páramos del Yorkshire inglés. Y a ello se añadía la presencia de su hermano mayor, Alfredo, quien escribía poemas, y junto a sus amigos leía a José Martí y a Antonio Machado, así como los primeros libros de Nicolás Guillén y Eugenio Florit.

Y algo que también Pablo recalcaba: “Mi encuentro con Paco García Benítez y su familia, durante mis estudios de bachillerato en Holguín, antes de irme a Nueva York, fue decisivo… Paco era un hombre de una cultura singular, capaz de descubrirme, en aquellos años, la poesía de Eliot, o el Popol Vuh… La casa de aquella gran familia, frente al parque de la iglesia San José, con Doña Rita, la madre de Paco, era un espacio muy señorial, muy cubano, con gente muy amable y acogedora: en esa memoria también está mi amor a Cuba”.

A finales de los años 40 viaja a Nueva York: allí realiza sus lecturas más orgánicas, se encuentra con el mundo del cine, del arte contemporáneo. Regresa a Cuba periódicamente a los inicios de los años cincuenta: de esos tiempos data su encuentro con Orígenes, revista en la que publica algunos de sus primeros poemas, así como la amistad con aquel grupo: José Lezama Lima, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz —estos dos últimos, según gustaba recordar, propiciaron su encuentro con la poesía de César Vallejo—.

En Nueva York, Carson Mc Cullers, según lo dicho por él, “me hizo ver que las metáforas y la atmósfera de mis prosas correspondían más a lo poético que a lo narrativo… Las mujeres han tenido un papel esencial en mi vocación: Emily Brontë, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Camila Henríquez Ureña, Dulce María Loynaz, Marguerite Yourcenar, cuya novela Memorias de Adriano leí al aparecer traducida al inglés en 1954, para luego volver a leerla en español en la espléndida traducción de Julio Cortázar”.

En 1959, al triunfo de la Revolución, regresa y se establece en La Habana. Desde el 23 de marzo de 1959 hasta el 6 de noviembre de 1961, cada comienzo de semana será una experiencia inolvidable; Pablo es el subdirector del tabloide cultural Lunes de Revolución, que dirige Guillermo Cabrera Infante y rememora: “Fue un semanario que recogió un tiempo de gran esplendor, todos allí éramos muy jóvenes. También las artes gráficas cubanas nacieron con el diseño de Lunes…Una aventura para la memoria, para el corazón”.

En 1961 aparece la primera edición de su libro Toda la poesía, publicado por Ediciones R —su camino se había iniciado con Salterio y lamentación, en 1953—, y a partir de ahí, el ascenso de su voz poética, entrelazando inspiración, potestad, delicadeza, bondad, sabiduría, para establecerse en los ámbitos cubano y de la lengua. El poeta como testigo no sólo de sus días, sino también como peregrino de la memoria, y tal como lo vio el gran escritor argentino Ezequiel Martínez Estrada, “modelando sus más nítidos relieves y perfiles”.

Momento mayor de la obra de Pablo Armando Fernández será su novela Los niños se despiden, Premio Casa de las Américas 1968, otorgado por un jurado en el que resaltan las figuras de tres grandes novelistas: el peruano José María Arguedas, el español Jorge Semprún, y el mexicano José Revueltas, siendo el primero quien apuntaría: “Todo real, todo posible, todo anhelante, todo ficción, como en las novelas que se escribieron mientras se reflexionaba, analizaba e intuía la naturaleza y el destino de las cosas y de la criatura humana”.  

Columna portentosa en la obra de un poeta que se adentra con dominio en la ficción, Los niños se despiden desarrolla una vigorosa urdimbre de trama y escritura, que hacen de sus más de quinientas página una suma vital entre la plantación caribeña y la gran metrópoli, una fuerza verbal que la convierte en una saga de fundación en las entrañas del siglo XX cubano. Es una novela poética por partida doble: porque se instala por derecho propio en la palabra como conducción, y también en cuanto a la concepción del mundo.

Posterior a Los niños se despiden, otras dos novelas se añaden a la obra de Pablo: El vientre del pez (1989) y Otro golpe de dados (1993); la primera en busca de acontecimientos y protagonistas para desentrañar sus secretos, al calor de un guion cinematográfico que es la obsesión de un personaje; y la segunda como reconstrucción en clave romántica que se asoma al tránsito entre los siglos XVIII y XIX cubanos, los franceses asentados en el oriente insular, y con ellos el reino del café en aquellas serranías.

Pero la poesía vuelve, una y otra vez, como santo y seña de su obra: un alto ejemplo es Campo de amor y de batalla (1984), donde la palabra, fecunda en su tránsito por diversas zonas del recuerdo, alcanza destellos de revelación. Añoranza y extrañeza, amor y familia, gozo y dolor, escritura y existencia, delimitan el paisaje de ese campo que, entre la vida y la muerte, deja constancia de la resurrección por el verbo. Así lo afirman poemas como Parábola, Aprendiendo a morir, Suite para Maruja y En tren hacia el poeta.

Nadie mejor que el propio poeta para definir su mirada a la hora de escribir: “Para mí, la naturaleza es la obra de Dios o, para que no se ofendan los que no creen, de las deidades. Parte de esa obra somos nosotros, pero yo jamás podría hacer un árbol o un pájaro o una nube… Mi oficio de escritor es hacer mundos tan válidos como los mundos naturales, cosas similares a la permanencia del árbol y al vuelo del pájaro… Para lograr algo tan fugaz como el tránsito de una nube y su desaparición en el cielo, está la literatura”.

Sus palabras son concluyentes: “Lo que se instala en la literatura, permanece para siempre… Siempre se puede volver a Cumbres borrascosas, porque allí está la eternidad”. Libro tras libro, su presencia en la Generación poética del 50, junto a nombres como Antón Arrufat, Manuel Díaz Martínez, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, César López y Heberto Padilla —por citar algunos—, es la de un príncipe de alto linaje. En el corazón de su familia, de sus afectos, de Holguín, de su isla: Pablo Armando Fernández, 95 años después.

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