Náthaly Hernández Chávez, escritora matancera
La joven escritora matancera Náthaly Hernández Chávez. Foto: Tomada de su perfil de Facebook

La hora violeta de Náthaly

Al formar parte del jurado en un certamen literario, siempre es fortuna para un escritor todo buen hallazgo: saber que las horas, tras jornadas de lectura y búsqueda, encuentran la calidad alcanzada, es algo que alienta y reconforta. Si a ello se añade que, parejo al título, hay una vocación literaria bien asentada, entonces la noticia acrecienta la satisfacción. Así me ocurrió para estas fechas del pasado año, a la sombra del Premio Celestino de Narrativa, al descubrir junto a mis colegas Atilio Caballero y Senel Paz, a la narradora matancera Náthaly Hernández Chávez y su libro La figura en el puente.

Todo lo anterior sobresale al terminar de leer La hora violeta (Ediciones Aldabón, Matanzas), cuaderno de poemas firmado por la joven autora, nacida en 1994 en aquella urbe legendaria —la ciudad de Milanés y de Carilda, por citar dos ejemplos—. Se trata de alguien que, a lo largo de los cuarenta y ocho textos que allí se reúnen, da constancia de lo indicado por Eliseo Diego en su conferencia “Sobre el oficio de componer poemas” —leída, según la propia nota suya, en Matanzas, el 5 de agosto de 1977—, de que “la poesía consistirá en comunicar (…) la iluminación de la realidad que nos tocó en suerte”.

Portada libroLo primero en esta ocasión es la idea, desde el título mismo, del acto de escribir —el exergo de T. S. Eliot no deja dudas: “A la hora violeta /cuando ojos y espalda dan vuelta hacia arriba /desde el escritorio…”—, estímulo para emprender un recorrido en el que la circunstancia del poema, su capacidad para advertir el fulgor de una situación, y aquella intimidad que la convierte en seña exclusiva, adquiere el realce del instante que se detalla desde la palabra y su fijeza para cualquier tiempo. He ahí donde Náthaly expande su aprendizaje sustentado en lecturas bien entrelazadas.

Conformado por tres partes —Sagrados animales, Luciérnagas, y Cetáceos—, el cuaderno, tal como sugiere cada una de ellas, afirma su luminaria desde una propensión a “leer” el entorno en analogía con el orden natural y sus figuraciones, a favor de una interrelación entre ambiente, memoria, lectura y experiencia, que se deslinda en las sugestivas insinuaciones —explícitas o veladas— como huellas a seguir, para convertir al lector en copartícipe de la escritura, o sea, de “la hora violeta” cuya referencia ya ha sido apuntada. Es así como la poética de Náthaly se sustenta en muchas voces.

En Sagrados animales, un repaso a favor de ceremoniales, están, entre otros, Omar Khayyam —“…ver derramarse el licor de nuestras copas /la tuya, de metal precioso engarzado con perlas /la mía, de cristal barato y frágil”—; Fernando Pessoa —“…no te desgastes en palabras dolorosas /olvídate de navegar en mares cotidianos…”—; Dulce María Loynaz —“Igual que ella /escogí el guijarro, /no porque fuera mío, /sino porque en él estaba /dormida /la simiente de la estrella”—; y Ángel Escobar —“Algo /se estremece dentro /al leer a un poeta suicida /una voz que susurra entre líneas /voz santa, anunciadora de dolores”—.

Luciérnagas —como avisa tal subtítulo— recuenta lo posible de circunstancias y cosas, con definida capacidad de emitir luz desde las entrañas de notaciones y remembranzas, para que el poema les confiera vigor y permanencia: Cometas —“En la hora más triste /pensó en todas las cometas /que no aprendió a volar /y no por falta de viento”; Cisnes salvajes —“Lluvia de peces voladores /ciertos problemas de aprendizaje: / ¿Me enseñas a pensar? /No lo hicieron en la escuela”—; y Lección de gramática —“Cuando no sabemos la diferencia /entre amar y temer, /entonces el único final /la solución última /es partir”—.

El segmento final, Cetáceos, recuenta señales, lesiones y cicatrices en la piel de las reminiscencias que allí se dilatan, a modo de un compendio tan íntimo como sensible. “Para una herida interior, la cosa más soberana del mundo es aceite de ballena”, decía Shakespeare en su Enrique IV, y vale recordar tal sentencia a la sombra de esa parte del libro y, sobre todo, del poema mismo que le da título, donde se despliega una suma de caracteres y deslindes en extremo acuciosos, “herida interior” para la cual cobra jerarquía el “aceite de ballena” shakespeariano, y el poema, espléndidamente, puede apuntarlo:

Cetáceos

He escuchado llorar a los cetáceos

en las noches de más claro silencio.

Sé que la bahía puede ser estéril, amarga

y que esperaban encontrar algo mejor.

Yo pudiera acercarme a ellos

ayudarlos a morir con dignidad

sepultarlos en la noche

y, sin que nadie me viera, regresar al alba.

Pero también sé

que es un espectáculo doloroso.

Prefiero quedarme entonces

a fingir que son llantos de niños ajenos

o fantasmas sin amor propio.

Hasta ese día en que ya no se les escuche más

y deba llorar por una mano que nunca vendrá

a la que asusten

las mareas tristes

y el salitre.

En esa tercera y última parte de La hora violeta, se hallan algunos de los poemas más sugerentes y perfilados —evidencia, por lo demás, de disciplina de lectura que favorece el quehacer de la poeta—, a manera de suerte de autorretrato creciente, sin lasitud expresiva, para que la voz precise su carácter: ejemplos que lo indican son Luz y agua —“La gota nunca se detiene /solitaria y lánguida /y sentimos cómo también la luz nos abandona”—; y Última carta de María Mantilla (fragmento) —“…diré que mi nombre es María /la niña, la adolescente eterna /y que mi padre me quiso sin quererme”—.

Y ahora vuelvo al comienzo de esta columna, cuando referí el descubrimiento de aquel libro de relatos donde encontré por primera vez el nombre de su autora, y en el que —curiosamente, valen tales palabras para esta oportunidad— se distinguen señas de escritura a tener muy en cuenta —“un aliento poético que se alienta en su estilo, tanto en lo afectivo como en lo doliente”, afirmaba el acta del jurado aquella vez—, señas que mucho dicen de quien sabe ser descendiente, de cierta manera, de Emily Dickinson y Alejandra Pizarnik, ella, la que abre las puertas de su poesía, justamente, la hora violeta de Náthaly.

Náthaly Hernández Chávez, premio Celestino

Eugenio Marrón Casanova
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