Charo Guerra, poetisa cubana
Charo Guerra. Foto: Tomada de lalibelulavaga.com

Charo Guerra y su Limpieza de sangre

“La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. (…) Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. (…) Experiencia, sentimiento, emoción, intuición…”, afirma Octavio Paz a las puertas de su libro de ensayo El arco y la lira, y tal aseveración del gran poeta mexicano, Premio Nobel de Literatura 1990, adquiere una gravitación de excelencia a la hora de un cuaderno como Limpieza de sangre, de Charo Guerra (Limonar, Matanzas, 1962), poesía de alto brío que resalta con abundancia tales claridades.

Bueno es recordar, a la sombra de tal ocasión, que la autora del título que origina esta columna, tiene a su favor otros libros que dan fe de su presencia en el mapa poético insular de los últimos años: Un sitio bajo el cielo (Ediciones Matanzas, 1991), Los inocentes (Ediciones Vigía, 1993), Vámonos a Icaria (Editorial Letras cubanas, 1998), y Luna de los pobres (Premio José Jacinto Milanés, Ediciones Matanzas, 2011), todos notables por una vocación que sabe juntar el aprendizaje de la vida y la intimidad de la palabra.

Merecedor del Premio de Poesía Julián del Casal, al que convoca anualmente la Unión de Escritores y Artistas de Cuba —en esta ocasión correspondiente a la edición de 2020, que recién ha visto la luz, como parte de los programas de la Feria Internacional del Libro de La Habana—, el poemario que motiva esta columna resulta también una manera muy singular de adentrarse, desde los cotos privados de ascendencia y estirpe, en los límites donde la reminiscencia se despliega como un álbum de viejas fotos a la luz de un candil.

Y es que el carácter de estos poemas, su contorno de imágenes que se desplazan con astucia entre lo privado y lo público, su demarcación de provecho que se afirma unas veces en lo acaecido y otras en lo adyacente, hace pensar de inmediato —y no sólo por el acompasado ritmo de un despliegue verbal en el que pasado y presente se acoplan y mudan de roles— en algunas noches remotas de las casas criollas, justo con la iluminación advertida para complacencia del buen mirar.

Es allí cuando la mirada va trenzando, página tras página del cuaderno poético devenido muestrario familiar, lo posible de una travesía que se dilata en imágenes a manera de fotos centelleantes y cautelosos daguerrotipos, que la poesía de Charo Guerra advierte su manera de convertir lo previsible en elemento de lo insospechado y viceversa: tacto para sondear los sentimientos y relacionarlos lejos de cualquier ojeriza circunstancial, cordura para que los versos no se trastornen y tomen ruta desatinada.

En aquel trazado, el propio título es un aviso, Limpieza de sangre, expresión que en siglos lejanos fijaba reglas implacables contra la mezcla de razas —exclusión para unos, jactancia para otros—, tuvo en los límites insulares no pocos y belicosos repasos, usurpaciones violentas y disputas enconadas, que en el caso de estos poemas, emprenden un recorrido inverso: no se trata de refrendar que un limpio abolengo es apremiante, sino más bien que no hay estirpe abierta a los caminos más sorprendentes afincada en tal desatino.

Es así como Charo Guerra apuesta firme por glosar desde el reverso mismo de la pretendida “limpieza” —más bien en sus antípodas— lo señalado por Fernando Ortiz en El engaño de las razas: “Un individuo puede parecer puro, unirse con otros también aparentemente puros y reproducir durante generaciones su tipo corriente como manifiesta pureza; y, sin embargo, llevar oculta la impureza en su acervo genético, mediante un cúmulo de genes recesivos, escondidos en acecho de la ocasión oportuna para exteriorizar su presencia”.

Los textos de Limpieza de sangre, escrita al pie de una remembranza ardiente, como salida de aquella acechanza enunciada, corroboran lo impuro cuando se establece como santo y seña del derrotero que demarca una pureza distinta, suma y observancia de un largo y sinuoso camino, tiempo de otras fundaciones menos enfáticas pero más perentorias: “Se descompone el hierro, /se licúan sus íntimas sustancias /y la emulsión corroe la arquitectura de inclemencia /con que fue diseñada la máquina de ver”.

Son dieciocho poemas los que conforman este cuaderno; postales de un álbum entrañable donde la sangre —más allá de abluciones y disputas— todo lo inunda, una voz que nunca desmaya, y parece venir desde los horizontes más remotos, para viajar al fondo de la noche: la vida, el amor, la familia, el tiempo, la muerte, el hogar, la soledad… Siete ejemplos de excelencia son Limpieza de sangre, La casa, Holograma del trópico, Saludo familiar, Oyendo a Barbra Streisand, Apuntes para un mensaje y esa joya que es La hora de la cena.

Poesía de la memoria que se asoma a los interiores de familia, a las rutas de sus ascendientes, a las genealogías y sus incógnitas; poesía en la que personajes y escenarios, unas veces parecen salidos de un insomnio tan indócil como apremiante, y otras como evadidos de una alucinación tan probada como sorprendente; poesía llevada de principio a fin con certidumbre y gentileza, no exenta de perspicacia, es confirmación de un oficio bien llevado: así lo entrega Charo Guerra y su Limpieza de sangre.

Eugenio Marrón Casanova
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