Luis Lorente, escritor cubano
Luis Lorente. Foto: Tomada de Facebook

Luis Lorente bajo el cielo de la poesía

Alguna vez, a propósito del poema Campo de sport, de Luis Lorente (Cárdenas, 1948) —incluido en su libro Esta tarde llegando la noche, Premio Casa de las Américas 2004—, comentaba que sus versos se asentaban, cautivadores y perfectos, en lo raigal doliente, para registrar que el aliento de la recordación, cual gotas de sangre y de lágrimas que arden en las visiones del tiempo, favorece el calado en los entresijos de la palabra; tales condiciones ahora se reiteran.

La excepcional belleza del verano, distinguido en 2022 con similar lauro —y es bueno recordar que él, y Reina María Rodríguez en 1984 y 1998 con Para un cordero blanco y La foto del invernadero, en respectivas fechas, son los escritores que han alcanzado tan alta notoriedad dos veces en el mismo género—, reafirma su condición de explorador sin sosiego, a través de rutas donde los recuerdos fijan su posesión —la voz del poeta, desde Homero hasta nuestros días— como lo único que otorga permanencia a tan enjundiosa travesía.

Un vistazo a algunos de sus títulos —aparte de los dos citados—, advierte el devenir de un itinerario que alcanza ya casi cincuenta años —su primer cuaderno, Las puertas y los pasos, mereció el Premio David en 1975—, en el que la ascensión es siempre tan irrebatible como luminosa: Más horribles que yo (2006), Fábula lluvia (2007), El cielo de tu boca (2011), Brumas (2013), Two Brothers bar (2017), Pájaros de ira ciegos (2021)… Se trata de una escala, peldaño a peldaño, ajena a novedades de usos literarios en boga.

En aquel orden, La excepcional belleza del verano —libro no sólo de elegante y seductor título, sino también de serena y extremada arquitectura poética— pone de relieve las posibilidades de su autor para distinguir, en los usos cotidianos de la palabra y sus propensiones más disímiles, no pocas señas de lo distante en el tiempo y sus repasos, además de recobrar las estelas más inadvertidas de un mundo ya ido y sus protagonistas, dispuestos con cuidado en la intimidad del poema que excluye todo lo excesivo, y alega en lo perdurable.

Muy acertada corrección tiene Luis Lorente para mudar de aires, con total potestad, de los reclamos del verso libre a las solicitudes de la rima. En ese rumbo —una seña de identidad en su escritura—, tal como indiqué en el prólogo a Pájaros de ira ciegos, es que el poeta bien puede revalidar una sentencia de W. H. Auden que tanto gustaba a Joseph Brodsky: “Benditas sean las reglas métricas, que impiden las respuestas automáticas y nos obligan a pensarlo todo una vez más, libres de las ataduras del Yo”.

Los veinte poemas de La excepcional belleza del verano —a manera de postales, o mejor, fotos de un álbum para hojear con detenimiento—, pueden ser tenidos como recuento familiar, en el que se entretejen, con señales de sosegado brío y prolija observación, las fibras de lo privado y lo público en un tapiz de variadas gradaciones: la familia, la memoria, el paisaje, la tradición… Es así como la evocación del instante —habilidad del poeta—, con el instante de la evocación —puntal del poema—, alcanzan su definición mejor.

Curiosamente, la mirada que afirma su nervio en lo original del título mismo, vislumbra no pocas razones que pueden emparentarlo no con otro poeta, sino con un libro de ensayos, unitario y hermoso: El verano, de Albert Camus, publicado hace setenta años, cuando faltaban cuatro para que el gran escritor francés recibiera el Premio Nobel de Literatura. El estío y su resplandor mediterráneo en la evocación de Camus —la ascendencia, los mitos, la historia…—, tienen su semejanza en el acento insular de Lorente.

No, no se trata de capricho establecer correspondencias entre ambos escritores, sino de apuntar —una vez más— el largo viaje que se realza con la poesía a la hora de los encuentros posibles. En este caso, dos escritores cuyas biografías toman ascenso desde ciudades frente al mar —el cubano en Cárdenas y Matanzas, el francés en Argel y Orán—, dos libros que admiten una lectura confrontada a favor de un gozo mayor: los paisajes y su gente, las recordaciones y su reflejo, el pasado y sus deslindes, la vida y sus hendiduras.

Anota Camus en El desierto en Orán: “Al principio se anda errante el laberinto. Se busca el mar como el signo de Ariadna. Pero se gira en redondo en calles hoscas y deprimentes y, finalmente, el Minotauro devora a los oraneses: es el tedio. Hace largo tiempo que los oraneses ya no andan errantes. Han aceptado ser devorados”; por su parte, escribe Lorente al inicio del majestuoso poema que da título a su libro: “Se levanta el telón, se corren las cortinas. /Vivir solo a un milímetro del agua, vivir /solo a un escaso milímetro del mar”.

La excepcional belleza… es perspectiva fiel: la familia —“¿No fue siempre un designio, /un mandamiento, /un deseo impostergable y obsesivo /que la conversación versara sobre Cuba?” (Hipótesis)—; la memoria —“De China trajo el padre su sombrero, /la pipa para el opio que fumaban /agachados en el patio de la lavandería…” (Dibujo chino)—; el paisaje —“…del Almendares /a contemplar la naturalidad de la corriente” (Dedicado)—; la tradición —“Gabriel Valdés, Señor, tocaba el aire /yo vi cuando lo hizo en plena danza…” (Negro Spiritual)—.

Por lo demás, cuatro poemas a manera de rosa de los vientos, guía para las navegaciones a través de la desazón veraniega en el libro de Lorente: Oda para la brevedad del año dieciocho, La excepcional belleza del verano, Pasión y soledad del tren de Hershey, y Bajo el cielo; un cuarteto en cuyas raíces pueden encontrarse algunos de los ascendientes del autor, entre otros el delicado examen de Eliseo Diego, el recuento explícito de Enrique Lihn, la ojeada taimada de Nicanor Parra, la pena augusta de César Vallejo…

Lea también: Eliseo Diego en el fiel del tiempo

La excepcional belleza del verano es un libro de muy altas gentileza y orfebrería poéticas que se despliega en cada uno de sus poemas, con certidumbre y dominio, por cuyas venas corre la sangre de la lengua española, desde Garcilaso de la Vega y Francisco de Quevedo hasta Gastón Baquero y Nicolás Guillén; un acontecimiento literario de gran trascendencia, muy lejos de cualquier uso bastardo, lauro fugaz o disertación circunstancial: así lo asevera la voz de Luis Lorente bajo el cielo de la poesía.

Eugenio Marrón Casanova
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