José Emilio Pacheco, poeta mexicano
José Emilio Pacheco, poeta mexicano. Foto: mexicodesconocido

José Emilio Pacheco en La Luz

Publicado por ediciones La Luz, En el último día del mundo, de José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939-2014), es una compilación de su poesía, seleccionada con criterio de sagaz lector y crítico por Erian Peña, responsable de la edición junto a Luis Yuseff, con introducción facilitada por la escritora mexicana Elena Poniatowska —Premio Cervantes en 2013—. Luego de aquella lejana “auto-antología” del mexicano, Fin de siglo y otros poemas, publicada en 1987 por Casa de las Américas con prólogo de Roberto Fernández Retamar, vuelve al horizonte cubano un cruce por la puerta grande con el poeta.

Hace casi veinte años, a finales de octubre de 2004, tuve la suerte de asistir a un diálogo compartido entre dos grandes escritores mexicanos, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol, figuras situadas en lo más alto de la lengua española, y ambos, galardonados con el Premio Cervantes de Literatura, en 2009 y 2005, respectivamente. Eran los días de la Feria Internacional del Libro de Monterrey, en áreas del Centro Internacional de Negocios (Cintermex), a cuyo programa estaba invitado para participar en un panel sobre las novelas de Alejo Carpentier, y la fecha regresa en la memoria al calor de un libro.

Así, retorno a la conversación de Pacheco y Pitol en una gran sala colmada de público, lectores atentos al recuento de los trabajos y los días de ambos, las reminiscencias del primero en los años de adolescencia en Ciudad de México, a la sombra de la casa de sus mayores, entre centenares de páginas,  y escritores amigos de su padre —el fabuloso cuentista Juan José Arreola, por ejemplo—, y las evocaciones del segundo, su infancia lectora en la inmensa casa familiar emplazada en un ingenio de Veracruz, huérfano de padre y madre a los cinco años, atrincherado entre libros… Ambas voces eran un convite.

La posibilidad de descubrir y adentrarse en la obra de José Emilio Pacheco –o de reencontrarse con ella-, es una de las mejores cosas que le pueden ocurrir a quien sabe que “la poesía es conocimiento, salvación, poder…” —como fijaba un ilustre compatriota suyo y Premio Nobel de Literatura 1990, Octavio Paz, en su clásico libro de ensayo El arco y la lira—. Y es que tales advertencias son la rosa de los vientos que rigen su escritura, cual ceramista que consumara su pieza concentrado en la corriente de su lengua: dominio y plenitud de la materia que cobra forma entre sus manos.

Ampliamente generosa en su ofrecimiento al lector, En el último día del mundo trae poemas de los catorce libros emblemáticos del autor, para favorecer un recorrido, tan rotundo como abarcador, por uno de los territorios más cautivantes de la literatura en Iberoamérica. Leídos y estudiados con admiración, desde —por citar un puñado de títulos— Los elementos de la noche (1958-1972) y No me preguntes como pasa el tiempo (1964-1968), atravesando por Islas a la deriva (1973-1975), y hasta El silencio de la luna (1985-1996) y La edad de las tinieblas (2009), en esas páginas está lo más granado del poeta.

En fecha tan temprana como el 5 de septiembre de 1964, en el semanario limeño Expreso, escribía Mario Vargas Llosa —artículo recuperado por el colombiano Carlos Granés para el tomo El fuego de la imaginación (Editorial Alfaguara, 2022), con textos del Premio Nobel de Literatura 2010 sobre libros, escritores y artistas—: “Para José Emilio Pacheco la poesía es también la llave maestra que tiene el hombre para tomar posesión del mundo. (…) El conocimiento del lenguaje y la vasta cultura poética (…) permiten a Pacheco una asombrosa libertad de movimiento en el dominio de la forma”.

Cláusulas a tener muy en cuenta son las apuntadas por el novelista de La ciudad y los perros a propósito del poeta de En el último día del mundo: “llave maestra” —y en ello reside lo que anota Erian Peña en su preámbulo: “una mirada al mundo, a la condición humana y a su tiempo”—, lo posible de acceder a una reflexión, tan estable como sustanciosa, desde el núcleo del verso; “vasta cultura poética”, asentada en los caminos de la lengua española desde el siglo de oro hasta los esplendores del siglo veinte; y “libertad de movimiento”, es decir, destreza, potestad y elegancia en el fiel de la palabra.

México, lo ancestral y su vigencia, el mito y su relato, urdimbre de tiempos que se entremezclan entre tradición y ruptura, es la médula del quehacer de José Emilio Pacheco; en tal sentido, personajes y nostalgias se entrecruzan, como lo alegan estos ejemplos: “Me miro, me dibujo, me convierto /en teatro de un combate interminable. /Con mis manos me pinta la pintura. /Yo soy la humanidad y por mí pasa /toda su historia ciega y me contempla” (José Luis Cuevas hace un autorretrato); o “La noche engendra música. A su imán /acuden las canciones memoriosas…” (La primera canción de Agustín Lara).

Bueno es añadir que la voz de Pacheco propicia también un encuentro con las edades de la Historia —con mayúscula, sin dudas—, a favor de un desplazamiento que permite, con soltura, intrepidez y prudencia de muy alta condición, asistir a diversos escenarios, como son ver a Cristo en la cruz –“…sin saber de nosotros /el implacable Bosco nos pintó en este cuadro”—; o asistir a la última noche de un célebre naufragio en Titanic –“Nuestro barco ha encallado tantas veces /que no tenemos miedo de ir hasta el fondo (…) Y si anclamos en medio de la nada /seremos devorados por los sargazos”—.

En uno de sus más conocidos poemas —incluido, por supuesto, en este libro—, Pacheco deslinda la naturaleza de su pertenencia mexicana, de forma tan certera como afectiva, despojada de altisonancias y elucubraciones; en esos versos, bien se advierte la hondura y la entrega de un autor que se inscribe en un rancio linaje verbal —vale recordar Suave Patria, de Ramón López Velarde—:

Alta traición

No amo mi patria.

su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques, desiertos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

-y tres o cuatro ríos.

Tal como apuntara Roberto Fernández Retamar en lejano prólogo, se trata de un heredero de Sor Juana, Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes. Presente por partida doble, en el libro y en lo inmenso: José Emilio Pacheco en La Luz.

Eugenio Marrón Casanova
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