José Lezama Lima, escritor cubano
José Lezama Lima. Foto: Tomada de revistasantiago.cl

Lezama, setenta años con su Analecta

Decir el nombre de José Lezama Lima (La Habana, 19 de diciembre de 1910 – 9 de agosto de 1976) equivale a decir, con absoluta propiedad, el oficio de poeta en una escala superior, y nada mejor que su propia definición al respecto: “El poeta puede ser el aprendiz displicente, el artesano fiel o incansable de todas las cosas, pero en su poesía tiene que mostrarnos una tierra poseída, un cosmos gobernado de lo irreal-real. Ese triunfo de la poesía sobre las repetidas experiencias, o sobre la cultura cuantitativa, ese triunfo sobre lo más inapresable del sujeto”.

Tal condición de poeta, desde su cuaderno inicial Muerte de Narciso, publicado en 1937, es la guía de su vocación, y con ella, de todo: los libros, su desempeño como fundador y editor de los cuarenta números de “Orígenes”, publicada entre 1944 y 1956 —“era la mejor revista del idioma”, sentenció el Premio Nobel de Literatura Octavio Paz—, las conferencias, y —testimonios de sus amigos— hasta los diálogos, ocasionales o formales “me agradaría tener siempre un tiempo mágico, para dedicarlo a los placeres de la conversación”, confesaba al poeta Armando Álvarez Bravo en una suculenta entrevista.

Es desde aquella circunstancia, precisamente, en la que se despliega con plenitudes de mirada y estilo, su labor como ensayista, que, en su caso, constituye una de las zonas más enriquecedoras y desafiantes del género no solamente en la literatura cubana, sino en el ámbito del idioma. Convergencias de puntual certidumbre, penetrante mirada, seductor lenguaje, audaces metáforas y ávida curiosidad, convierten el despliegue ensayístico de Lezama en una de las experiencias más gratificantes, para un lector adepto a tales solicitudes, en un giro que va de la isla al mundo y viceversa.

Este año se han cumplido setenta de su primer volumen de ensayos, Analecta del reloj, impreso bajo el sello Orígenes, y según indica su colofón, “en los talleres tipográficos de la casa Ucar, García y Cía., S.A., número quince, en la Ciudad de San Cristóbal de La Habana, Cuba”, que, al decir del ensayista español José María Valverde —traductor a nuestra lengua de Ulises, de Joyce, y Moby Dick, de Melville—, “es un libro tan delicioso como extraño” (…) “libro que nadie escribe, y que, cansados de claridades consabidas, encuentra su momento único para hipnotizarnos con su raro dialecto”.

Vale recordar que son cuatro los libros de ensayos que Lezama publicara, todo un cuarteto excepcional: además del citado, La expresión americana (1957), Tratados en La Habana (1958), y La cantidad hechizada (1970). Conformados por trabajos de variado provecho —desde pesquisas sobre literatura cubana, y el mundo del barroco en Latinoamérica, textos circunstanciales en torno a escritores y obras, aproximaciones a figuras de las artes plásticas, indagaciones sobre la poesía y sus líneas más diversas, por citar rutas factibles—, se trata de una zona en extremo fértil para el aprendizaje y el gozo.

“Mi único carruaje es la imaginación, pero no a secas: la mía tiene ojos de lince”, decía alguna vez el poeta, y ya desde el comienzo puede distinguirse la poderosa visión de tan ilustre felino: Analecta del reloj. Al aludir a las lecciones de Confucio, el célebre pensador chino de la antigüedad —las “Analectas”, secciones asociadas por temas y fuera de cualquier orden privativo, plenamente casuales y sin pauta de correspondencia entre ellas—, el ensayista coloca en primer lugar su adhesión a lo estrictamente imprevisto, para desplegar un inventario de afectos, exámenes y recreaciones.

Lezama Lima, el poeta en su biblioteca

El libro que está de aniversario tiene la grandísima fortuna de incluir cuatro de los ensayos capitales escritos por Lezama: El secreto de Garcilaso, Julián del Casal, Las imágenes posibles y Sierpe de Don Luis de Góngora; y no sería arriesgado decir que allí pueden apreciarse los cuatro puntos cardinales del poeta que navega airoso por las aguas del ensayo; así las cosas, Garcilaso o el crisol del poema en su más alta definición; Casal o el destino del poeta en su laberinto; las imágenes potenciales o el desplazamiento de la palabra fecundizante; y Góngora o la perspectiva más amplia del poema y su esencia.

Punto y aparte en Analecta del reloj es el Coloquio con Juan Ramón Jiménez, la fabulosa conversación entre el poeta andaluz, de paso por La Habana en 1937, y el aventajado discípulo criollo. La nota del español al frente del texto es rotunda: “En las opiniones que José Lezama Lima me obliga a escribir con su pletórica pluma, hay ideas y palabras que reconozco mías y otras que no. Pero lo que no reconozco mío tiene una calidad que me obliga también a no abandonarlo como ajeno”. (…) “He preferido recoger todo lo que mi amigo me adjudica y hacerlo mío en lo posible, a protestarlo con un no firme”.

Parcelas más breves de la Analecta, pero siempre rebosantes de hechizo y agudeza, son, entre otras, las que dan cuenta de la Muerte de Joyce —“Ahora que ya tiene suficiente silencio es cuando irá surgiendo la respuesta”; las Cautelas de Picasso —“Definida pecera, viviente entelequia: el circo, el saltimbanqui sobre la bola, el efebo desnudo y el caballo risueño”—; y Montaigne y sus mejores lectores —“…conoce la antigüedad de Grecia y Roma antes que los asuntos de su casa, y ya muy entrada la mañana las violas penetran en su cámara para ahuyentarle los mosquitos y las guerras religiosas de su época”—.

No está de más apuntar, a la sombra de tan señero título, que el poeta y el ensayista —bueno es repetirlo: ambos— se mueven como pez en el agua en su novela Paradiso, y en la prolongación de aquella, Oppiano Licario. Y más: no sería desatinado buscar cómo las huellas de estos ensayos laten en los términos del novelista. Una afirmación suya resulta luminosa: “¿Tengo yo un estilo? ¿Se me puede considerar un escritor que tenga un estilo? Lo que me ha interesado siempre es penetrar en el mundo oscuro que me rodea”. Enhorabuena la confirmación de Lezama, setenta años con su Analecta.

Eugenio Marrón Casanova
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