cuadros, El Soldado y el Duque
Retrato de Miguel de Cervantes Saavedra (Juan de Jáuregui) y Retrato de un gentilhombre en su estudio (Lorenzo Lotto)

El soldado y el duque

Son dos figuras legendarias: un novelista y un personaje; dos nombres donde se entrecruzan el arte de la novela y la vida en la novela. Dos hombres del siglo dieciséis: uno es un soldado español nacido en Alcalá de Henares, y el otro es un duque italiano natural de Roma. La eternidad a la hora de la pintura tiene establecidos sus retratos, luces y sombras cuando ambos se contemplan como en un espejo: el soldado, retratado en el estudio del pintor y poeta Juan de Jáuregui en Madrid, y el duque, plasmado por el maestro Lorenzo Lotto en la penumbra del palacio Emo en Venecia.

El soldado es un hombre cuya edad puede ser cuarenta o cincuenta o quién sabe la de Miguel esta vez que va a ser pintado, mientras el duque es joven y viejo a la vez, Pier Francesco en la eternidad del horóscopo que fija su nacimiento a las puertas de la novela que lo hará inmortal. La mirada triste y cansada del soldado, su nariz aguileña, el bigote y las barbas entrecanas, que fueron jóvenes como ahora lo son, frente al caballete de Lorenzo Lotto, los rasgos del duque de mirada melancólica y astuta que hojea un voluminoso libro, impecablemente rasurado y de nariz afilada…

¿Dos narices afines las de Miguel y Pier Francesco? ¿Las narices del soldado y el duque son análogas? ¿Juan de Jáuregui en su estudio de Madrid augurando en el soldado una correspondencia con el duque que posa para Lorenzo Lotto en Venecia? No han olfateado lo mismo, ciertamente, pero las narices del soldado y las del duque serán distintivas, discretamente, en ambos: aquella no olvida los sudores y las cebollas de mesones y bodegas, las andanzas por parajes inhóspitos y cautiverios, mientras ésta recuerda vahos y fragancias entre jardines y sombras donde reinan puñales y pasiones.

Son elegantes narices las que se ven en estos cuadros, nacidos de las manos del pintor madrileño y del maestro veneciano: del primero, la del creador de un ingenioso hidalgo, y del segundo, la de un empleador de caballeros violentos —y flemáticamente violento él mismo—. Aliento de la vida en Miguel, y de la muerte en Pier Francesco. El espejo, o mejor, los espejos, que son dos, uno en Madrid y otro en Venecia, resumen el destino del soldado que escribe y del duque que lee. Los cuadros de Jáuregui y Lotto son la descripción de Miguel soñando que escribe y de Pier Francesco leyendo que sueña.

De Miguel sólo el rostro y nunca sabremos cómo eran sus manos, tan sólo la noticia de que una estaba inhabilitada por herida sufrida en memorable ocasión, y de Pier Francesco mucho más: el torso, los dedos largos y delicados con la costumbre de acariciar páginas y cuerpos. Pero los espejos no dicen que en una ocasión —“la gran ocasión”— se encontraron Miguel y Pier Francesco. De ello se cuenta en Bomarzo, la portentosa novela del argentino Manuel Mujica Lainez (1910-1984), de la cual se han cumplido en fecha reciente sesenta años de su primera edición.

En el capítulo once y último de las poco más de seiscientas páginas de esa gran novela, Miguel, entonces paje del Cardenal Julio Aquaviva –según cuenta Mujica Lainez- salva de una reyerta de borrachos a Pier Francesco. Estaban en el puerto siciliano de Messina, en los preparativos de la batalla de Lepanto. Mientras se recupera, Pier Francesco le regala a Miguel un ejemplar de Orlando Furioso, y éste le reciproca con “el libro de un autor excelso, de un poeta de Castilla”, la obra de Garcilaso de la Vega. Aquel había dicho su nombre, pero el duque no lo entendió en la duermevela del estado febril.

Casi de inmediato, cuando se asoma a la segunda página del volumen, el duque advertirá la firma del soldado, “trazada en dos líneas, unidas por el diseño de la rúbrica”: entonces, desde lo intemporal de la narración de su vida prodigiosa, Pier Francesco Orsini leerá “un nombre que jamás había oído de labio alguno: Miguel de Cervantes Saavedra”. Poco después, ambos estarán bajo el fuego, la embestida y el abordaje, el 7 de octubre de 1571 en las aguas griegas de Lepanto, el choque feroz de las armadas turcas y cristianas, comandadas por el argelino Alí Bajá y el español Infante Don Juan de Austria.

Lo que vino luego, ha sido de interés inagotable para historiadores y novelistas —entre estos últimos, es imprescindible recordar al gran escritor venezolano Arturo Uslar Pietri y su extraordinaria novela La visita en el tiempo—: las armas cristianas se impusieron a las musulmanas en aquel escenario que, allá lejos, avizoraba las futuras guerras globales de exterminio, dominación y despojo. El saldo de Lepanto es explícito: 208 galeras turcas y 120 naves más pequeñas fueron hundidas o hechas prisioneras, los 50 mil marineros y 27 mil soldados convertidos en 30 mil cadáveres y el resto en cautivos.

Nunca más se volverían a encontrar Miguel de Cervantes y Pier Francesco Orsini —como lo recuerda Mujica Lainez en Bomarzo—, pero los cuadros donde los dos han quedado para siempre, uno en Madrid y otro en Venecia, convidan a “nuevas lecturas” a la hora de la pintura y de la novela: los retratos que hicieran Juan de Jáuregui del escritor y Lorenzo Lotto del gentilhombre a quien el novelista argentino “descubrió” en su novela inmortal, permiten entrecruzar las historias de dos figuras fascinantes, dos miradas y dos narices que son también un encuentro señero del arte y la ficción con el soldado y el duque.

Eugenio Marrón Casanova
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