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La brutalidad del PIB

Recientemente un amigo, muy conocedor de cientos de chistes, me preguntaba si conocía ¿por qué el Producto Interno Bruto no crecía mucho? A lo cual, pensaba yo que me interrogaba en serio, le respondí que no sabía, pues la economía no es mi fuerte, y éste me respondió: ¡Es que es bruto!

Aunque en ese momento solté mis carcajadas me motivó a investigar en internet, como lo hace todos los profesionales, para documentarme sobre el tema del cual han hablado muchos líderes mundiales, empresarios y algunos intelectuales que han cuestionado al Producto Interno Bruto como medidor del progreso económico de una sociedad.

Leyendo varios artículos al respecto me encontré con sus defectos en su función de contabilizar las cifras del progreso social. Si hacemos una retrospectiva, el economista Simón Kuznets, quien definió la medición del PIB, nunca lo consideró un indicador global del progreso económico de las naciones. En 1932 Kuznets dijo en el congreso de Estados Unidos: “El bienestar de una nación puede difícilmente ser deducido de una medición del ingreso nacional”.

Este índice, basado en el dinero, inició su uso generalizado durante la Segunda Guerra Mundial como un medio para medir la producción de tanques, aviones, automóviles y otros bienes y servicios intercambiados en una economía monetaria nacional.

Hazle Henderson, economista estadounidense, llama la atención sobre el tema al expresar que actualmente, en la mayoría de las naciones primer mundistas los servicios crecen más rápidamente que los bienes por lo que los estadísticos están revisando constantemente lo componentes del PIB. Pero dado que el PIB solo incluye producción medida en dinero, estos indicadores hacen caso omiso de muchos costos sociales y ambientales, de la misma forma en que lo hacen muchas empresas.

En la década del 60 del pasado siglo XX el movimiento progresista notó los malos efectos del PIB, porque los bosques, para poner un ejemplo, no son evaluados dentro de este indicador por lo que un país podía talar todos sus bosques y registrar la venta de la madera como una adhesión al PIB sin anotar las pérdidas en lugar alguno. Del mismo modo, el PIB trata a la educación como un costo, en muchas naciones capitalistas, en lugar de una inversión de la sociedad para formar ciudadanos más profesionales y productivos.

Más allá de la pérdida del poder adquisitivo en Holguín

Es lamentable pero para el PIB el aire limpio, el agua, y la biodiversidad tiene un valor equivalente a cero, y tampoco tiene en cuenta el trabajo no renumerado como sucede con la crianza de los niños, el mantenimiento del hogar y la familia, el cuidado de los enfermos y los ancianos.

Ante esta situación, y desde la Cumbre de la Tierra, hay movimientos y países progresistas que buscan establecer más amplios indicadores de progreso social y de calidad de vida. Tal es el caso de Cuba, donde ahora existen índices de calidad de vida que van más allá del dinero y de ciertos aspectos estrictamente económicos en el desarrollo de sectores de la salud pública, la educación y el cuidado del medio ambiente.

Vale alertar que debemos ser cuidadosos a la hora de mencionar el PIB, porque este presenta sus deficiencias al resaltar las ganancias y no los costos sociales y ambientales que hoy son ya visibles por el Calentamiento Global, la desertificación, los incendios, las inundaciones, las sequías y la destrucción ambiental por lo cual el PIB ha llegado ya a las agendas de los líderes políticos progresistas y amantes de la paz.

En resumen el PIB no puede tenerse como un índice de progreso, cuando en su desarrollo desata la disminución  de nuestra calidad de vida y amenaza con la misma existencia de la Tierra, al agotar, en su nombre, toda la riqueza que la naturaleza tardó millones de años en fabricar.

El PIB ha sobrevivido demasiado tiempo y ahora hay varios indicadores, entre ellos el  Índice de Desarrollo Humano de la ONU, que son mejores, porque valoran más a la humanidad y su entorno.

José Miguel Ávila Pérez

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