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Muelle en Gibara. Foto: mapio.net

La silenciosa bondad de aquellos olvidados amantes

En la segunda mitad del siglo XVIII el oriente de la isla de Cuba a los ojos de los inmigrantes llegados de la península y las islas canarias sería algo así como tierra amazónica. La región había estado separada del vertiginoso desarrollo que alcanzó la industria azucarera cubana lo cual convirtió a la parte occidental en meta de los emigrantes. La costa norte del oriente estaba muy poco poblada. Una buena porción de ella era ocupada por la jurisdicción de Holguín.

Creada en 1752 era territorio de pocas perspectivas económicas. No contaba ni siquiera con un puerto. El comercio de contrabando se encargaba de abastecer de lo necesario a los vecinos. Vivir allí era algo así como morir en vida. Es por eso que sorprende la decisión del canario José Romero de Medina de establecerse en aquella apartada comarca del imperio español. Hombre emprendedor decidió que si no existían las riquezas, él se encargaría de hacerlas.

Con tesón y trabajo logró hacerse propietario de una nada despreciable riqueza agrícola y urbana. El monto de esta lo situó como una de las personas de más fortuna de la jurisdicción. Parte importante de sus inversiones las realizó en las inmediaciones de la bahía de Gibara.

Construyó un trapiche y estableció varias vegas de tabaco y una finca con 20 mil cafetos. Para atender sus propiedades disponía de 33 esclavos. Esas costas eran visitadas con cierta frecuencia por goletas inglesas que mantenían un tráfico activo con el resto del Caribe y Norteamérica. Las más de las veces los tratos eran ilícitos.

Como toda evidencia de aquella actividad quedaban las huellas de los hombres y botes en las arenosas playas de Gibara. La marea, cómplice eficiente, en su ir y venir acababa borrando aquella prueba de la ilegalidad.

Además de lo muy grato de ese comercio sin aduanas había otro factor que pudo influir en la decisión del canario de establecerse en Gibara. La ciudad de Holguín, cabecera de la jurisdicción, se encontraba a unos 30 kilómetros de la costa. La bahía de Gibara era la más cercana a sus calles. Esto seguramente que fue analizado por el canario para comenzar sus inversiones en aquel lugar. Podríamos preguntarnos hoy si pensaba en el futuro. Veía más por instinto que por lógica el deseado surgimiento del puerto de Gibara.

Gibara, la ruina de un puerto

En Holguín, Romero conoció a Doña Victoriana de Ávila y González de Rivera. Descendiente de una familia fundadora de esta comarca. No era hombre pobre en busca de heredera rica cuando le declaró su amor a la holguinera. Así se demostró en la boda realizada el 24 de enero de 1798 en Holguín. Llevó al matrimonio como dote más de cinco mil pesos. Cifra astronómica para aquella comarca con escasa actividad comercial.

En 1817 el gobernador de Holguín, Francisco de Zayas, emprende la construcción de un puerto en la bahía de Gibara. El funcionario comprendió que el éxito de su iniciativa dependía por entero del apoyo de los vecinos de la comarca. El imperio español se encontraba en un momento realmente difícil para que se pudieran atender sus reclamos de ayuda oficial.

Puerta al comercio internacional

Romero apoyó la excitante aventura de abrir una puerta al comercio y las relaciones internacionales en este apartado rincón del Caribe. Había comprendido el canario que el comercio de contrabando ya resultaba estrecho para la producción local. El nuevo siglo XIX trajo un desarrollo sin precedente en la isla que había llegado a Holguín. Romero aceptó el reto.

Su interés mayor se concentró en el desarrollo del puerto. Desoyendo consejos de los más cautos que no veían con buenos ojos aquello de establecerse sobre la marismas de la solitaria bahía. En un territorio inundado cada noche por oleadas de cangrejos, visitado con frecuencia por perros jíbaros y más esporádicamente por piratas, Romero construyó su casa, una de las primeras del puerto, donde instaló a su esposa, levantó un almacén e incluso una relojería. No se preocupó mucho por su amplia casona de tejas y mampostería situada en el centro de la ciudad de Holguín, donde tenía un activo comercio. Ahora sobre el nuevo puerto volcó todo su entusiasmo e iniciativa.

La construcción del primer muelle
Gibara, plano del muelle
Plano del muelle proyectado para el puerto de Gibara por el Teniente-coronel Comanda. de Yngenieros D. Franco. de Albear, tomado de bibliotecavirtual.defensa.gob.e

Emprendió una obra que para no pocos era descabellada: la construcción del primer muelle. Era la primera instalación de la superestructura del puerto. Viendo el asunto desde nuestros días el hecho parece tema insignificante. Pero que un vecino de esta apartada comarca del norte del oriente de la isla emprendiera tal obra es asunto que asombra todavía. Un muelle para el comercio era más que una simple inversión comercial. Era ante todo una proyección del espíritu en los nuevos tiempos que se avecinaban.

Su confianza en que muy pronto comenzarían a aparecer clientes se vio plenamente justificada cuando la población se incrementó bruscamente. Primero con una intensa emigración interna y luego con la llegada de personas de los más diversos confines de la tierra ilusionados con las muchas posibilidades de riquezas que ofrecía el puerto. No pocos de estos eran canarios que se establecieron en el hinterland del puerto. No es de extrañar que a José Romero, un vecino de tanta iniciativa, se le nombrara capitán pedáneo de la comarca.

Con anterioridad había ocupado otros cargos importantes como alcalde ordinario del cabildo de Holguín. El matrimonio de la holguinera y el canario se vio envuelto en una aplastante desdicha cotidiana; la infertilidad había sentado su patronato en la pareja. Estaban rodeados de una ausencia absoluta de voces de niños. Pero tal desdicha no tomó el cauce de la amargura y el desequilibrio emocional. Eran gentes bondadosas y muy dadas a ayudar al prójimo. Pero sobre todo se amaban profundamente.

Apoyo a obras públicas

No había obra pública que no encontrara desde los primeros momentos el apoyo del matrimonio. Sufragaron casi todos los gastos de la construcción de la iglesia de Gibara y el hospital de la ciudad de Holguín. Ambas son hermosas, sólidas y amplias construcciones que han sobrevivido al tiempo y a la bondad de aquella pareja. Hoy la iglesia de Gibara es una de las más hermosas del oriente de la isla. El hospital es un asilo de ancianos. Sufragó parte de la construcción del templo San José en la ciudad de Holguín.

En 1848 fallece José Romero. El canario había logrado acumular una considerable fortuna que dejaba al cuidado de su esposa. La mujer dedicó todo su esfuerzo a proteger a los desdichados y participar en cuanta obra social se le solicitaba. Fue por esto que se le conoció como la benefactora de Holguín. Ella se encargó de la construcción además del primer hospital, entre otras muchas obras de beneficio para su ciudad natal.

Puente espiritual

La historia de Victoriana de Ávila y José Romero Medina ha quedado como un puente espiritual que une a nuestras islas. A diferencia de muchos emigrados que solo se preocuparon por acumular capital olvidando por entero la suerte de la isla, Romero y Victoriana fueron ejemplos de la bondad humana.

La parte colonial de la ciudad de Holguín está constituida por un conjunto de calles organizadas en perfecto orden geométrico. Las dos calles centrales forman un eje integrado por cinco grandes parques. Los nombres con que han sido bautizadas esas plazas han variado en el tiempo. Han tenido nombre de santos y reyes, de gobernantes orgullosos, de héroes y mártires. Uno de esos parques, el más pequeño de todo fue bautizado con el nombre de Victoriana de Ávila. Desgraciadamente no se recordó a José Romero, el noble canario que apoyó a su esposa en todas sus obras. Pero la memoria colectiva en ocasiones es desagradecida. Los holguineros cambiaron el nombre de aquel parque por el de uno de sus héroes. La buena de Victoriana cayó en el olvido. Aunque una parte de esa plaza que llevó su nombre está ocupada por el vetusto edificio que ella construyó con el apoyo de José para hospital. Una tarja situada en la casa donde vivieron en Holguín, los recuerda.

Hoy ese parque se llama José Martí. Primero había sido bautizado con el nombre de la esposa de un canario luego con el del hijo de una canaria. Tal parece que no se puede andar en el pasado de esta isla sin encontrar de una u otra forma la raíz canaria de todos los cubanos. Es necesario traer al presente la bondad de aquellos amantes  y vincularlos de alguna forma a las fiestas culturales holguineras.

FUENTES

-Archivo personal de Enrique Doimeadios Cuenca.

-Enrique Doimeadiós Cuenca y María Hernández Medina. Apuntes para una historia del municipio Gibara.(1492-1878) Ediciones Holguín 2008.

-Angela Peña Obregón y Enrique Doimeadiós Cuenca comunicación personal al autor.

-José García Castañeda, Victoriana, la benefactora de Holguín, Inédito.

-Mireya Durán Delfino, El hospital civil de Holguín, Publicaciones del Archivo Provincial de Holguín, Holguín, 1987.

-Testamento de José Romero, Fondo Protocolos Notariales, Número 23, Archivo Provincial de Holguín.

0 comentarios sobre «La silenciosa bondad de aquellos olvidados amantes»

  1. Buenas noches señor señor José Miguel,soy descendiente de canarios mi abuelo Félix Venancio Portelles Domínguez y Carmen Pavón Felipe descendientes de canarios también de Gibara necesito contactar con usted,para acl6una duda sobre los municipios, Lindero Oriente, Rafael Freiréy y Gibara,buenas noches señor.

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