Baile, Cuba, Holguín
Instrumentos musicales

La orquesta robada, el baile y su trasfondo bélico

Los cubanos han escogido el 20 de octubre como Día de la Cultura Nacional. La decisión tiene aires de pólvora y combates. Es cierto que está vinculada a una acción poética que es el himno nacional, pero convertido, en esencia, en un llamado al combate; pero también a la toma, luego de cruento combate, de una ciudad: Bayamo. Siguiendo esos caminos enrevesados de la historia hasta ese sentido de la cultura popular: el baile, tiene en su trasfondo un sentido bélico.

Los hombres y mujeres de la gran resistencia: los mambises llevaron a sus campamentos, perdidos en los bosques, buscados con ansias asesinas, por las tropas coloniales, bailes y festejos que desentonaban con la vida azarosa y pobre de aquellos perseguidos.

Los instrumentos de música lo conquistaban en los ataques a los poblados controlados por el enemigo. Así en el asalto a Holguín, el 19 de diciembre de 1872, capturaron tal número de instrumentos, que el presidente Carlos Manuel de Céspedes, el 21 de diciembre de ese año, al llegar al campamento de Calixto García, general que dirigió la arremetida, anotó que “…me recibieron, a los acordes completos de una orquesta que sacaron de la ciudad”. (1)

El Teniente español Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón, capturado por las tropas de Calixto García, con las que convivió por un par de meses; hasta que le perdonaron la vida y lo dejaron en libertad, escribió una crónica novelada de su estancia entre los mambises. Anotó con la ironía del derrotado, sobre una fiesta que pudo observar en un campamento mambí:

“Aquella noche hubo baile, un baile gracioso cinco é seis mujeres, muy engalanadas o muchos moños de distintos colores, para 3.000 hombres, poco más ó menos. La orquesta se reducía á uno ó dos instrumentos de viento, que no recuerdo lo que eran, pero sí que tenían un sonido desagradable y chillón, un calabazo y una tumbandera.”(2)

El teniente español nos dejó unas interesantes descripciones sobre esos instrumentos insurrectos: “Algunos dicen güiro -calabazo ó güiro para nombrar este instrumento rústico. Se hace ahuecando el güiro (fruto) y labrando en uno de sus costados unas canalitas paralelas, y se toca rascando en ellas con una varita.” [3]

Mientras sobre lo que llama una tumbandera: “Se hace escavando la tierra y cubriendo el hoyo con una piel de jutía o una yagua muy tirante: se usa como un tambor, y muchos creen que metiendo en su interior un sapo vivo, suena mejor.”[4]

El oficial hispano dejó su impresión, de lo que podríamos considerar un típico campamento insurrecto, donde no podía faltar la música. Sigamos las notas de Antonio del Rosal.

“Siempre que no están reunidas las partidas insurrectas para practicar alguna operación de campaña, tiene cada batallón su campamento en un punto fijo de la zona que le está señalada, del cual no sale á menos que sea perseguido muy activamente, en cuyo caso varía de lugar con la frecuencia que exija la persecución de que es objeto. Estos campamentos, que podemos llamar permanentes, los establecen siempre dentro del bosque, cerca de alguna aguada, y á las inmediaciones de una finca. Hay casi tantos ranchos como individuos, y están bastante bien construidos, formando calles, que cuidan mucho de tener aseadas; cada ranchito tiene una barbacoa, que se construye con el doble objeto de sentarse y dormir. Los de los jefes se distinguen en que les hacen además un asiento pequeño y delante de el una mesita, todo de palos delgados: debajo de la barbacoa entierran en un hoyo, que sirve de despensa, las provisiones que puedan tener, cuando sacan viandas de nuestros campamentos. Casi en el centro de los suyos forman una bonita glorieta con asientos, que es á la vez plaza de armas y casino, donde dan bailes cuando no temen la aproximación de nuestras tropas. Acuden á ellos todas las mujeres de las prefecturas que hay á las inmediaciones del campamento, y se engalan mucho, colgándose cuantos moños pueden adquirir, sin cuidarse gran cosa de que casen bien sus variados colores. Bailan y se divierten con los hombres, todos confundidos, sin hacer distinción de razas ni clases. Les gusta con predilección la danza, sin que por eso dejen de bailarse la caringa y el zapateado y les sirven de música cuantos instrumentos pueden haber á las manos, entre los cuales nunca falta el indispensable güiro y el tamboril, sustituido el último, cuando carecen de él, por la tumbandera.” [5]

El sentido musical del cubano estará presente en los combates. Según el citado teniente español:

“Cada batallón tiene las cornetas que han podido adquirir. Son á ellas muy aficionados, y las tocan los que mejor saben hacerlo, bien sean jefes, oficiales ó soldados. Por no parecerse en nada á nosotros, usan toques distintos de los nuestros, y de ellos algunos me han parecido de agradable efecto; regularmente cada jefe de batallón lleva un cuerno ó un fotuto, y la mayor parte de los oficiales un pito de estaño.

Las fuerzas de Calixto García tienen una especie de murga infernal, á la que osadamente llaman música, y están con ella muy entusiasmados”.[6]

En los campos mambises convivían hombres y mujeres de extracción popular, muchos de ellos analfabetos; pero de profunda raíz insertada en la cultura nacional junto a personas de conocimientos exquixita como Carlos Manuel de Céspedes que en carta a su esposa, de fecha 15 de julio de 1871, Céspedes le pedía: “…con el primero de confianza que venga un tablero de ajedrez propio para la campaña con sus piezas y el mejor tratado de ese juego que se haya publicado en cualquiera de las lenguas que yo entiendo…” (7)

Analfabetos y políglotas se encontraban en las filas de la insurrección, pero todos conformaban las raíces profundas de la cultura cubana. Eran los hombres y mujeres del 20 de octubre de 1868, los cespedistas los que a balazos capturaron Bayamo, los que rodearon humildes y sensibles a Perucho Figueredo y escucharon el himno y lo hicieron asunto propio para siempre.

Notas:

[1]-Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo: Carlos Manuel de Céspedes: Escritos, t III, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1982, p. 179.
[2]- Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón: En la manigua diario de mi cautiverio. Segunda edición Imprenta del Indicador de los Caminos de Hierro, Costanilla de los Ángeles, número 3, Madrid, 1879, pp. 226- 227.
[3]- IBIDEM, p.226.
[4] IBIDEM, p. 226.
[5]-IBIDEM, pp. 291 – 292.
[6]-IBIDEM, p. 266.
[7]– Fernando Portuondo del Prado y Hortensia Pichardo Viñals, ob. cit. t. III, p. 78.

José Miguel Abreu Cardet
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