Luis Lorente, escritor cubano
Foto: Alex Fleites

Releyendo a Luis Lorente

Alguna vez, en un lejano texto publicado en la revista holguinera Diéresis, a propósito del poema Campo de sport, de Luis Lorente, apunté que la elegancia de sus versos se precisaba en lo raigal “doliente, cautivador y hermoso” que allí anida, para recordarnos que “el rocío de la memoria” como “gotas de sangre y de lágrimas que arden en las visiones del tiempo ido”, favorece el calado en los entresijos de la palabra poética, puesta de relieve con una pasión de orfebre que, desde su taller, se adentra en las luces y las sombras del mundo.

Por estos días, he vuelto a algunos libros del poeta, como quien acude al reencuentro con un viejo amigo, cordial y generoso —que, ciertamente, lo es—; soy paseante presto y atento, una vez más, por esas páginas, regocijo para el oficio de lector: sus dos premios Casa de las Américas, Esta tarde llegando la noche (2004) y La excepcional belleza del verano (2022); más Pájaros de ira ciegos (2021) y Fábula lluvia (2007), un cuarteto tan espléndido como cautivante a la hora del verso en lengua española.

Esta tarde llegando la noche viene a ser una suma, ajena a cualquier conveniencia circunstancial, inmune a las inconstancias de modas y modos, para fortuna de la precisión más depurada, sea verso libre o rimado, en la intimidad que rige su deslinde acentual, desde lo factible de una madurez que se apoya en la savia del estilo —vale recordar a Eliseo Diego, al decir que “el arte de la palabra (…) viene a constituir algo como un ejercicio espiritual de la atención”—. De allí proviene este perfecto y perdurable soneto:

Ciclón

Tú no viste a la noche consumarse

ni al pino dar, contra el balcón, furioso,

aquel noviembre del ciclón airoso

sobre la isla, inmenso, hasta escaparse.

 

La muerte a cuesta, el fuego inclinarse,

y derrumbar columnas, lo más tenebroso

fue el mar vacío, sin olas, tedioso,

trágico, en ruinas y en silencio ahogarse.

 

Sin tarde, solo, sin que anocheciera

dentro del agua en agua convertido,

yo preferí callar aunque muriera;

 

la casa oscura, todos se habían ido,

Cuba desierta, delirando afuera

Semejante a un sueño, sin soñar vencido.

En Fábula lluvia (Ediciones Unión), Luis entrega, más que una antología de su obra, un muestrario representativo de sus querencias más puntuales —en la nota de presentación previene que esta vez se aleja de los padecimientos de la disconformidad—, ratificación de un viajero sin sosiego, a través de los parajes donde la remembranza fija los términos de su heredad, pero no como catálogo de imágenes para ilustrar lo perdido, sino como punto de partida para que la evocación sea persistencia en la travesía.

Título que su autor destinara para juntar poemas provenientes de cuatro libros publicados en veintidós años (entre 1984 y 2007), Fábula lluvia puede ser un autorretrato en cuatro tiempos perfectamente delimitados: Café nocturno, Aquí fue siempre ayer, Esta tarde llegando la noche y Más horribles que yo. Se trata de títulos que permiten seguir el rumbo de la escritura poética en desarrollo, a la vez que aseveran la experiencia —según William Blake en sus cantos, la experiencia llegaba tras la inocencia perdida—.

Hay que añadir algo pertinente a propósito de la obra de Luis Lorente, y es cómo se entrelazan la añoranza del momento —disposición del poeta— con el aliento de la memoria —fundamento del verso—. Es el caso del poema que muy bien da nombre a ese libro, Fábula lluvia Qué será de nosotros quienes permanecimos /y dormimos callados mientras daba la lluvia /con sus puños hinchados contra lo insostenible…”—, y vale recordar lo dicho por Lezama sobre Saint-John Perse: “La lluvia es como la prueba acompañante de los reinos…”.

“Doliente, cautivador y hermoso”, cualidades ya advertidas en un poema, son también el signo de esa antología:doliente” en tanto la recordación es allí, lejos de complacencia fugaz, la única adición posible para guardar aquello que Carlo Emilio Gadda llamó en una novela el aprendizaje del dolor;cautivador” en lo extremadamente memorioso para recuperar, desde los sentidos y sus aristas más insospechadas, los resortes de un mundo ya ido y sus protagonistas; y “hermoso” en la plenitud de su acendrado linaje.

Portada de libro, Luis Lorente, escritor cubanoPor su parte, La excepcional belleza del verano, resalta la condición de Luis Lorente como explorador sin sosiego, a través de los derroteros donde las reminiscencias llegan a favor del recuento más decisivo. Los veinte poemas que integran este libro, a manera de postales, son también repaso natural de lo íntimo y lo público: la familia, el paisaje, la tradición, el recuerdo… La nostalgia del instante y el instante de la nostalgia, para una perspectiva que se dilata en la excelencia de los detalles, y desde ella lo efectivo de la totalidad.

Ahí están sus coordenadas: la familia —“¿No fue siempre un designio, /un mandamiento, /un deseo impostergable y obsesivo /que la conversación versara sobre Cuba?” (Hipótesis)—; el paisaje — “…del Almendares /a contemplar la naturalidad de la corriente” (Dedicado) —; la tradición —“Gabriel Valdés, Señor, tocaba el aire /yo vi cuando lo hizo en plena danza…” (Negro Spiritual)—; el recuerdo —“De China trajo el padre su sombrero, /la pipa para el opio que fumaban /agachados en el patio de la lavandería…” (Dibujo chino)—.

En cuanto a Pájaros de ira ciegos (Ediciones Matanzas), el autor ya lo propone en su “Ars Poética” al inicio, al decir que se trata de “un desfile de formas imprevistas, /peripecias, intentos, trazos débiles, /un oleaje asimétrico, algún desvío, una larga inclinación insostenible”, algo que viene a corroborar el rito hindú que los señala como símbolos superiores del ser, y así lo representa un poema: “…pájaros ríspidos, /obnubilados, interrogantes, con la avidez /de trágicas avispas y cruentas bibijaguas /del desierto, pájaros de ira ciegos”.

A la manera de nuevos mantras a la usanza de la India en la tradición sanscrita, con el “Upanishad de los dos pájaros”, el que comía y el que miraba comer, apuntados en La rama dorada, de James George Frazer, cuando se cuenta la historia del árbol que rodeaban tigres y escorpiones, en cuya copa se enroscaba una serpiente, y sobre su cabeza una jaula con un pájaro —“mi alma está dentro del pájaro”, dice aquel texto sagrado—, el poeta extiende fragmentos que son la esencia de este libro, y de allí el revoloteo que consagra el título.

Así las cosas, si Baudelaire tuvo su albatros, Poe su cuervo, Montale sus pájaros parlantes, Borges y Baquero sus ruiseñores, Neruda su gaviota, Rilke, Alberti y Parra sus palomas, Saint-John Perse sus pájaros, Lezama su alondra, Eliseo su cigüeña, Cisneros sus aves marinas, Brodsky su gavilán, y Zagajewski su mirlo, —por nombrar pájaros proverbiales a la hora de la poesía— Lorente tiene los suyos cegados por la cólera del mundo: “pájaros /devastados, un azote infinito de pájaros /salvajes merodeando las severas tormentas”.

Todo reencuentro con un poeta que no agota sus posibilidades, y que, lejos de ello, sorprende con nuevos tonos, ánimo de lecturas que multiplican su resonancia en tiempos sucesivos, es un momento para celebrar —“pasado susceptible siempre de ser hoy”, como diría Octavio Paz—. Tal es lo agradable y venturoso que propicia un libro de poemas a la hora de ser revisitado, más cuando, como el buen vino en la cava que lo fortifica, está presto a nuevas y sorprendentes incitaciones: ejemplo bueno se cumple releyendo a Luis Lorente.

Eugenio Marrón Casanova
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