La vida en las redes sociales: ¿engaño o realidad?

El tema de las redes sociales ha impactado a la sociedad sobre todo en el mundo interconectado donde vivimos hoy. En más de dos décadas de existencia estos espacios virtuales han pasado de ser una excentricidad juvenil y una herramienta útil para contactar a viejos amigos, a un sitio por excelencia donde ocurren transacciones de todo tipo: desde compras y ventas de productos, publicaciones de anuncios de bienes y servicios, hasta el enamoramiento y la difusión de contenidos personales.

Todo está centralizado en sus páginas digitales, al punto tal de que es raro ya pedirle a alguien el número de teléfono, pues en realidad queremos su autorización para sumarnos a su vasta red de contactos. En principio, no habría nada de qué preocuparse. Las redes sociales no son el primer invento que revoluciona la manera de interrelacionarnos o que acelera el reloj de la obsolescencia de muchas otras tecnologías y prácticas.

De hecho, las redes sociales han tenido un brillante impacto en la organización de grupos sociales, pues permiten nuevas formas para intercambiar ideas, nuevos modos de democratización del saber y nuevas formas de protesta y presión, cuyos impactos en la sociedad están apenas comenzando a apreciarse.

En las redes sociales suele hallarse un engaño gigantesco, herencia de los tiempos del reality show y otras producciones mediáticas que aspiraban a entretenernos no con relatos fantásticos y perspectivas escapistas, sino mostrándonos “supuestamente” la realidad.

La vida en las redes sociales: ¿engaño o realidad? 0Los reality shows de antaño partían de una perspectiva muy tradicional en la sociedad de consumo: los ricos y famosos viven vidas espectaculares, y el solo hecho de verlas mediante una “cámara escondida” constituye una forma de entretenimiento.

No es muy distinto de lo que ofrecen las revistas o los programas televisivos de farándula, en los que se cubre las bodas reales y los eventos del show business.

Sin embargo, en estos reality shows se les daba la oportunidad de participar a algunos afortunados: actores principiantes o personas “de a pie” que, a partir de su encuentro con el hada madrina televisiva, pasaban a vivir una nueva vida: ganaban cantidades de dinero, protagonizaban sus propios programas o simplemente se hacían queridos u odiados por el gran público.

Pero en todo momento estaba notoriamente presente la industria que hacía posible semejante transformación: los productores y los regentes del concurso, quienes mediaban entre la realidad televisada y el público que la consumía. Y eso es, justamente, lo que las redes sociales nos ocultan. El cambio que se ha producido con ellas es mucho más insidioso y la ilusión es mucho más perfecta porque la red social nos promete la interacción directa con el otro, sea o no famoso, sea o no una corporación que invierte miles de dólares en promocionar sus productos.

Es por esa razón que un mayor número de usuarios activos de las redes sociales evidencia síntomas depresivos o de insatisfacción, porque estas funcionan en la mayoría de los casos en base al deseo y ese objeto deseado es una vida perfecta que es vendida como real.

Y eso no ocurre únicamente con los influencers que, a fin de cuentas son actores, construcciones con que capturar nuestro interés, lo que vemos de los demás, de nuestros amigos y de nuestros conocidos no es más que un recorte conveniente de sus vidas porque nadie quiere mostrar al público cuando le va mal, cuando se frustra o cuando la realidad lo decepciona.

Hay que decir que las vidas perfectas no existen. Y si alguna parece peligrosamente cerca de la perfección, tal vez sea porque tenemos puesto demasiado filtro para ocultar detalles que no queremos mostrar por miedo al rechazo o la burla. Las redes sociales nos consumen, simplemente porque la mayoría del tiempo las usamos para crear una versión mejorada de nosotros mismos o, simplemente para romper con aquellos esquemas que creemos son parte de la realidad.

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