Augusto Monterroso, escritor guatemalteco
Augusto Monterroso. Foto: Tomada de larepublica.pe

El Dinosaurio cumple 65 años

“Yo quisiera proponer una colección de cuentos de una sola frase, o de una sola línea, si fuera posible. Pero hasta ahora no encontré ninguno que supere el del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, advertía en una ocasión el gran escritor Italo Calvino, y tal juicio es inamovible: desde que viera la luz en 1959, cuando las ediciones UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) publican su primer libro, Obras completas (y otros cuentos), El dinosaurio, uno de los trece textos que lo conforman, se convirtió en la joya de su corona.

Desde la cubierta del volumen —que, irónicamente, no alude a una trayectoria narrativa consumada ni mucho menos, pues se trata del título de una de las piezas, con la aclaración de que hay otras—, su autor deja constancia de lo que es la esencia de su estilo, asentado en un dominio impecable a la hora de su oficio: airosamente mordaz, rebelde cabal, chispeante absoluto y perfecto insospechado en el despliegue de su ingeniosa maquinaria verbal, Monterroso convierte el arte de narrar en una de las experiencias más cautivantes del cuento en los horizontes de la lengua española.

“Sin empinarme mido fácilmente un metro sesenta. Desde pequeño fui pequeño”, gustaba decir el escritor con su humor característico. Había nacido en Tegucigalpa el 21 de diciembre de 1921, hijo de padre guatemalteco y madre hondureña, pero su infancia, adolescencia y años iniciales de juventud acontecieron en la tierra paterna, de donde levantó velas o alzó el vuelo —como se prefiera de acuerdo a la metáfora más acomodaticia para un linaje de tan legendaria especie— en septiembre de 1944, tras caer la dictadura del general Jorge Ubico y escapar de prisión mexicana.

Un mes después, al triunfar la revolución encabezada por Jacobo Arbenz, se inicia como diplomático en el Consulado guatemalteco y allí se desempeña hasta 1954, cuando al ser derribado el gobierno de aquel, decide irse a Chile, donde sería secretario de Pablo Neruda. Regresa a México en 1956 y allí establece su residencia definitiva para toda la vida: el escritor comienza a desplegarse con creces desde aquel lejano día de 1959, cuando sus Obras completas (y otros cuentos) comienzan a fijar, en el mapa literario iberoamericano, el nacimiento de una leyenda: “El dinosaurio”.

Si bien aquel “cuento” es el más célebre de tan luminoso libro inaugural, resulta imposible olvidar otros que no desmerecen en tal colección: “Míster Taylor” —la historia de aquel cazador de cabezas en las profundidades amazónicas—, “Sinfonía inconclusa” —el hallazgo de una partitura de Schubert en una iglesia de barrio en Guatemala—, “El eclipse” —un fraile frente a sus captores aborígenes en el siglo XVI— o “El centenario” —las andanzas del sueco Orest Hanson, el hombre más alto del mundo a finales del siglo XIX—, por citar otras cuatro narraciones ejemplares.

Todos los libros de Monterroso conforman un territorio inagotable para el gozo, sea a la hora de su descubrimiento o a la del reencuentro, pues quien llega por primera vez a aquellos límites, sin dudas volverá. En tal sentido, otro libro memorable suyo, La oveja negra y demás fábulas (1969) —tanto este como el anterior tienen ediciones cubanas a la sombra de la Casa de las Américas—, cuarenta fábulas que al decir de Gabriel García Márquez hay que leerlas “manos arriba: su peligrosidad se funda en la sabiduría solapada y la belleza mortífera de la falta de seriedad”.

Entre sus libros están también Movimiento perpetuo (1972) —textos que evitan cualquier clasificación para oscilar entre el aliento del cuento y el placer del ensayo—, de modo muy especial “Las moscas”, donde asevera que “hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre”; y Lo demás es silencio (1978), en torno a la vida “casi imaginaria” de Eduardo Torres; un Alonso Quijano en la parroquia centroamericana de San Blas, un espíritu burlón o un sabio pueblerino.

Punto y aparte son La palabra mágica (1983), suma ingeniosa que homenajea a autores y géneros literarios —desde Shakespeare y Quevedo hasta Quiroga, Cardenal y Borges; desde las novelas sobre dictadores y la traducción literaria, hasta “los escritores (que) cuentan su vida” —; y la autobiografía Los buscadores de oro (1993), especialmente con la infancia. ¿Y cuál es el oro en búsqueda? Pues el encantamiento del lenguaje, ya que la busca se dirige permanentemente a ello: tal como ha advertido el escritor mexicano Juan Villoro, el libro “no recrea el pasado como fue, sino como sigue siendo”.

Es precisamente en Los buscadores de oro donde se encuentra el retrato de su padre, “Era bueno. Era débil. Se mordía las uñas (…) Usaba anteojos de aro metálico y su ojo derecho era un tanto estrábico. En un tiempo usó refinadas botas de alta botonadura con polainas de paño gris. Era sentimental respecto de los pobres y quería cambiar el mundo por uno más justiciero. Con todo esto era natural que bebiera en exceso. Constantemente se llevaba a la boca puños de bicarbonato (…) Sus entusiasmos eran breves como largas eran sus esperanzas, que le duraron toda la vida sin que ninguna se cumpliera”.

Al referirse a tan señero maestro y sus líneas en el horizonte de la literatura en América Latina, Villoro apunta que “nunca ha querido tener un estilo, en cada libro ha reinventado sus recursos”. Así es. Con su obra, la lengua de Cervantes alcanza un sitial digno de los más audaces y expertos navegantes, aquellos que se adentran en los mares del buen contar, para dar fe de cómo la remota vocación de Scheherezada en Las mil y una noches, es indispensable para los caminos de la civilización. Augusto Monterroso es un ejemplo inagotable, y vale recordarlo una vez más ahora, cuando el dinosaurio cumple 65 años.

Eugenio Marrón Casanova
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