Botello no retrocede en nada y continúa como profesor al servicio de la agricultura. Foto del autor.

En Arnaldo Botello Rodríguez, el cerebro tiene flores

Una muestra elocuente de que “donde la naturaleza tiene flores, el cerebro las tiene también”, es el progresivo y sostenido crecimiento científico y espiritual de Arnaldo Botello Rodríguez, quien, gracias a su espíritu de superación y bondades de la Revolución, pudo hacer realidad el sueño de convertirse en protector de los animales, a cuya realización ha sumado la transmisión de sus conocimientos y experiencias.

A este prominente ejecutor, investigador y promotor de las acciones de prevención, diagnóstico y tratamiento de trastornos, enfermedades y lesiones en animales, le entró “el bichito” de la medicina veterinaria desde la niñez, cuando, en la comunidad rural de Manacal, en Guaro, municipio de Mayarí, donde nació el 17 de julio de 1948, apoyaba a su tío Antonio Rodríguez en el cuidado del rebaño, ordeño de vacas y otras actividades.

En ese entorno campesino creció Arnaldo, cuya decisión de ser útil al país comenzó tempranamente, al incorporarse, con 12 años de edad, a la Campaña de Alfabetización y al concluir esta, el 22 de diciembre de 1961, asimiló la convocatoria de Fidel Castro para que los brigadistas se entregasen a los estudios, obteniendo de esa manera una beca para la escuela secundaria básica interna Manuel Bisbé, de Miramar, en La Habana.

Con la idea fija de convertirse en veterinario, pasó al Instituto Tecnológico “Juan Pedro Carbó Serviá”, también en la capital cubana, graduándose como técnico medio y continuó sus estudios hasta que, en 1976, recibió el título de Doctor en Medicina Veterinaria, en la Universidad de Oriente (Santiago de Cuba).

A partir de entonces ejerció la profesión con total entrega, en diferentes responsabilidades, en Mayarí, Sagua, Moa, Birán (Cueto), Holguín y durante una misión internacionalista de cooperación, como asesor del Sistema Agropecuario de Guanare, capital del estado Portuguesa, en la República Bolivariana de Venezuela.

Investigador incansable, profesor, tutor de diversas tesis de postgrados y maestrías, consultor de proyectos agropecuarios y una amplia hoja de servicios como especialista en epizootiología, Arnaldo Botello hizo unas 60 publicaciones científicas, venció gran cantidad de cursos de superación y  participó con trabajos en más de 60 jornadas científicas, foros y otros eventos, incluyendo un Congreso internacional de producción animal. De esa manera obtuvo una elevada cantidad de Premios en las categorías de Relevante y Destacado.

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Al referirse a sus dos hijos, ambos pofesionales, dice Botello que, de tal palo, tal astilla. Foto del autor.
Sucesos que marcaron su vida

Haber nacido en la comunidad rural de Manacal, perteneciente a Guaro, municipio de Mayarí, en estrecha relación con la naturaleza, ser criado por su abuela, aunque Melva Rodríguez, una campesina muy pobre lo trajo al mundo y haber visto por primera vez a su padre, Pedro Botello Pérez, cuando cursaba la secundaria básica en la capital cubana, son sucesos que marcaron su vida.

Desde aquel feliz momento del primer encuentro con su padre, se produjo un acercamiento mutuo, incluyendo a la familia, residente en Yara, provincia de Granma. Me comentó que Pedro Botello, fotógrafo aficionado, con dominio del inglés básico, de joven se trasladó de Yara a Birán, asentamiento de la familia Castro Ruz, donde trabajó como telegrafista y al macharse la maestra Eufrasia Feliú, alternó esas funciones con el liniero Pepe Sánchez, en la escuelita rural número 15, donde estudiaba Fidel en uno de los primeros pupitres.

Fue en Birán donde Pedro conoció a Melva antes de que ella regresara a su terruño y fruto de aquella eventual relación nació el reconocido médico veterinario, que tantos aportes ha hecho al cuidado, nutrición, reproducción y mejoramiento racial de los animales, la epizootiología, antropozoonosis, bioseguridad y zootecnia.

Desde joven, Arnaldo aprendió que las familias son como las raíces de los pueblos. A pesar de no haber nacido y crecido en una familia armónica, Arnaldo creó la suya, basada en el amor y el respeto, junto a Norma León Martínez, con quien ha compartido más de 50 años de matrimonio y fruto de esa feliz unión nacieron dos hijos, a quienes trasmitieron sus valores. Uno, doctor en Medicina Veterinaria, que brinda servicios de profesor en la hermana República de Ecuador. El otro, Ingeniero Agrónomo y Máster en Ciencias, que se desempeña en la Empresa Cárnica Felipe Fuentes. En ese ambiente crecen sus tres bellos nietos.

Reconocimientos, premios, condecoraciones

Militante del Partido Comunista de Cuba, miembro del Consejo Científico Veterinario y de la Sociedad de Reproducción Animal, Botello honra, con su rica trayectoria, los empeños de Fidel en lograr el progresivo desarrollo de la ganadería en Cuba, desde que, en 1961 firmó la Resolución No. 254 del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), que dio lugar a la fundación de la Sección de Sanidad Pecuaria, con la unificación de los servicios veterinarios del país.

Hurgando en la historia conocí que nuestro país celebró en 1936 el Primer Congreso de Medicina Veterinaria y fundó el 10 de abril de 1907 la primera escuela de esa especialidad. Al año siguiente, se creó la Asociación Nacional de Medicina Veterinaria y el 14 de diciembre de 2017, en el Vedado habanero, quedó abierto el primer Museo Nacional de esa especialidad.

Vanguardia Nacional en varias ocasiones, Botello viajó, por estímulo, a la extinta Unión Soviética, participó en el 2000 en el Congreso de Ciencias Veterinarias, en Panamá, y en los años 2005-2008, sirvió como asesor del Sistema agropecuario, en Portuguesa, Venezuela.

Ostenta las Medallas de la Campaña de Alfabetización, por la Defensa, Marcos Martí, 40 aniversario de las FAR, 60 aniversario de la CTC, Hazaña Laboral, Jesús Menéndez, así como la moneda conmemorativa Centenario de la Asociación de Veterinarios de Cuba y el Premio Nacional “Juan Pedro Carbó Serviá”.

En sus 76 años de vida, Arnaldo Botello Rodríguez aprendió de José Martí que “cuando se tienen los ojos fijos en lo alto, ni zarzas ni guijarros distraen al viajero de su camino”.

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