Luis Yuseff, poeta holguinero
Luis Yuseff. Foto: Tomada de festivalamada.blogspot.com

Luis Yuseff, palabra y luz de un poeta circunstancial

No hace mucho, le comentaba a un escritor y bibliófilo colombiano —buen conocedor de la literatura cubana— que Luis Yuseff (Holguín, 1975) habita a toda hora en la casa de la poesía. Tal afirmación no sólo tiene que ver con su condición de autor, altamente leído y acreditado en ese género —decía el gran Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura 1990, que “la poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono (…) Visión, música, símbolo (…) Voz del pueblo, lengua del escogido, palabra del solitario…”—, sino también con el hecho de guiar Ediciones La Luz, una hazaña cultural de múltiples resonancias.

En 2015 —tantos sucesos desde entonces dan la sensación de otra época—, tuve a mi cargo el cuidado de Flores de hierro sobre el pecho de un hombre, selección de la poesía de Luis Yuseff —escrita entre 1997 y 2007— que publicara Ediciones Holguín. Allí, para su contracubierta, escribí: “Sabores de tiempos diversos en los que confluyen vida y lectura alzadas con dominio y pasión; sabores que entrelazan los nombres y los días para fijar el aprendizaje del poeta y su devenir, siempre a favor de una escritura que se deslinda a la sombra del fiel de la memoria, con fortuna de profundo calado”.

No son pocos los lauros que suma su poesía, ampliamente reconocida por la crítica y los lectores en el ámbito insular de los últimos años, y al respecto es imprescindible mencionar Vals de los cuerpos cortados (Premio de la Ciudad de Holguín 2003), Yo me llamaba Antonio Broccardo (Premio Alcorta 2003), Salón de última espera (Premio Calendario 2005), Los silencios profundos (Premio Adelaida del Mármol 2008), La rosa en su jaula (Premio José Manuel Poveda 2009 de la Editorial Oriente), Los frutos de Taormina (Premio José Jacinto Milanés 2010), y Aspersores (Premio Nicolás Guillén 2012).

“Muchos años después…” —me permito la apertura señera de la legendaria novela de Gabriel García Márquez— de la primera vez que entrevisté al poeta en un programa radial —era 2002, con su cuaderno inicial, El traidor a las palomas— la lectura de sus títulos sucesivos me ha seguido deparando crecientes y perdurables satisfacciones, y junto a ella, los repasos del gustoso conversar sobre literatura, música, cine, pintura, viajes…, inagotables visitaciones a la sombra de la amistad en el rumbo de los años. He aquí, este diálogo con Luis Yuseff, palabra y luz de un poeta circunstancial.

¿Qué significa para ti el oficio de la poesía?

Nunca he podido asumir poemas —mucho menos entenderlo— como un “oficio”. La poesía es huésped demasiado caprichosa. Si mis derroteros materiales estuvieran fundados únicamente sobre la exigencia de traer poemas al mundo, de una manera más o menos regular, sin dudas la historia que tendría que contar sería otra muy diferente a esta, que se ha ido conformando de a poco, pujante, como sucede con mis libros.

Quizás, el verdadero “oficio” de escribir viene a aparecer en mí justo en el instante en que ya el espíritu del poeta (dolor, exaltación, seducción) ha comenzado a dejar espacio a la razón, entiéndase sentido crítico. Por tanto, el poeta es quien escribe, pero el “oficiante” es quien escoge los textos que dejo existir. Ahora, para ser completamente sincero, debo decir que ese poeta cada día se parece más a un alma en naufragio.

El amor, la amistad, la lectura, la familia y el recuerdo se distinguen en tu escritura… ¿Cómo definirías tales claves?

Siempre he dicho que soy un poeta circunstancial, cosa que a Virgilio Piñera le aterraba cuando se refería a su propia poesía. Mis libros resultan demasiado emotivos para algunos y para otros en exceso referenciales. A estas alturas no me importa ni lo uno ni lo otro. He escrito como he podido. Ahora, las claves que pones sobre la mesa son coordenadas magníficas para el naufragio al que hice alusión hace un momento.

Naufragio que permanece en extremo concurrido. Sobre los maderos a la deriva sobreviven los recuerdos. Y en esos recuerdos aparece la mano aterida de mi madre, sujeta a la mía, en una fría sala de hospital: ya sin esperanzas, sin fuerzas los dos. Están los amigos en una larga conversación de café, o en la azotea de alguna casona holguinera esperando la caída del sol. Permanecen el abrazo del amante y la traición. Los finales.

Y desde esa atalaya, si se me permitiera testimoniar los incendios del paraíso, arden en mi memoria defectuosa los bellos libros: me veo niño, releyendo Cecilia Valdés y la descripción de un pozo cubierto de helechos en un cafetal. Y también el adolescente que descubrió con susto los versos de “Eternidad”, de Dulce María Loynaz. Y ese mismo susto más tarde con la llegada de Eliseo Diego, leído en un herrumbroso tren camino a Santiago de Cuba.

Y después Borges, Paz, Yourcenar, Baquero, Saint-John Perse, Pizarnik, Juarroz, Olga Orozco, Rilke, Celan, Rimbaud, Neruda, Gabriela Mistral, Vallejo, Cernuda… Y con ellos el cerco de los compendios de Química, aquellos tomos abandonados por mí, empolvados en algún rincón, y me sé el hombre más desleal y lerdo del universo, al saber que ese universo no ha sido mejor explicado que en la existencia fascinante de los elementos químicos.

“Sus poemas traen a la poesía cubana una elegancia sentenciosa y a la vez displicente, un abandono de sabor oriental y sin embargo una precisión a lo Paul Celan”, apuntaba Antón Arrufat en la contracubierta de tu Salón de última espera. ¿Eres consciente de tu filigrana verbal o resulta instintiva?

El instinto es una magnífica brújula para los espíritus creativos. Y es así que la orfebrería y el orden, también lo son. El lenguaje no ha dejado —ni nunca dejará— de ser una joya inconclusa. Cada cual clama por agua como puede hablar de su sed. Algo no se me olvida, y es el hecho de que el poema es más por lo que calla, que por lo que dice, y el lenguaje —lo sabemos— está lleno de silencio.

Aparte de la poesía —o mejor: de la literatura—, ¿qué otras zonas de la creación consideras colindantes con tu escritura?

Lo que mejor ha podido explicarme la razón de la existencia, ha sido la música. Después ha llegado la poesía, cuando el terreno había sido ya sembrado. De nada me vale comenzar a lamentarme por lo que no fue; así que la carencia la traduzco, de inmediato, en el ensimismamiento que se apodera de mí cada vez que escucho los conciertos para piano de Chaikovski, Beethoven, Grieg o Chopin. Me moriré con toda esa música dentro.

¿Cómo has logrado que el trabajo de editor se entrelace con el oficio de poeta?

Lamento que el editor sea mayormente entendido como un redactor que se limita a lustrar el texto literario (no lo digo peyorativamente), cuando puede ser —y es— más. Digo que en una editorial el libro es más importante que el autor. Y también creo que el autor suele ser el peor enemigo de su libro. Ser intermediario entre esas partes en conflicto es lo que te posibilita también ser el mejor editor.

Es virtud de apartar los egos y trabajar por el bien común —aunque sea frase trillada—; estar atentos en tiempos en que casi nadie se molesta en prestar atención, a pesar de que piden explicaciones constantemente. No creo que tenga mucho que ver si eres poeta o no, aunque puestos a hacer analogías, te aseguro que el trabajo de un editor por probar tiene más de sacerdocio que el alma de un poeta hecho.

Ediciones La Luz también como destino de tus sueños. ¿Qué tanto hay de ti en cada uno de sus pasos y viceversa?

Llegué a Ediciones La Luz en un momento donde las fracturas terminaban aislando cualquier intento por alcanzar procesos editoriales lógicos y seguros. No es prudente hacer una arqueología de la desidia, porque no ayudaría, pero sí puedo asegurar que el amor y el trabajo han podido más. Y como el amor y el trabajo son virtudes sustentadas en la tenacidad, pues han servido para ganar resistencias y también complicidades.

Eugenio Marrón Casanova
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