Nelson Herrera Ysla, escritor cubano
Nelson Herrera Ysla. Foto: Tomada de Facebook

Zapping de poeta o arte del buen mirar

La reciente publicación del libro Zapping, de Nelson Herrera Ysla (coedición de Letras Cubanas, Arte Cubano y el Consejo Nacional de Artes Plásticas), es una oportunidad poco frecuente en el panorama cultural, para adentrarnos en zona de plenitudes a la hora del arte en Cuba, regida por un modo que sostiene con aliento y generosidad —lo primero radica en la experiencia vivificante, en tanto lo segundo en el carácter sustancioso— unos cuarenta  trabajos —treinta y cuatro textos críticos, y siete poemas— que convierten el volumen en muestrario de agudeza e ingenio.

Bueno es recordar que Nelson Herrera Ysla (Morón, 1947) se graduó como arquitecto y tal disciplina es inseparable de su prudencia en cualquier círculo de la creación —el orden y su razonamiento en la construcción de todo—, pero igualmente muy suyos son los términos del ensayo y la crítica en torno a las artes visuales, la curaduría de exposiciones, la edición de catálogos y libros, la intervención en jurados y conferencias, y las áreas más diferentes en el mundo del arte. Pero —y he aquí el detalle principal—  hay una condición que constituye el centro de todo aquello que toca su escritura: la de poeta.

Nada mejor para esta nueva ocasión suya en letra impresa —hay que reafirmarlo: siempre será mejor palabra en la mano, y no palabra en el éter— que un título tan jovial como bizarro, muy imbricado en el ordenamiento y propósito del mismo; el zapping o zapeo, saltar canales en la televisión con el mando a distancia, es algo que esta vez apuesta por el libro cual pequeña pantalla en manos de sus lectores, y como tal no deja dudas, pues ahí está a su disposición, el orden para que cada cual coloque, con pausas y todo —y qué pausas: aquí son poemas—, tal celebración en recorrido y gozo.

La variedad de parcelas por las que se desplaza la mirada del crítico en estas poco más de doscientas cuarenta páginas, resulta una apuesta digna de Balzac —bien sabido es que el gran novelista gustaba deslindar profusamente entre los límites públicos y las inclinaciones privadas—, y ello convierte el zapeo, ya encendido el televisor, en un ir y venir entre imágenes, escenarios y protagonistas provenientes de la arquitectura, el cartel, la pintura y la fotografía —por citar cuatro puntos vitales por donde transcurre el ofrecimiento del autor a su teleaudiencia lectora—, en una ventaja que favorece el encuentro.

Una observación de Octavio Paz —bien se sabe que el gran poeta mexicano y Premio Nobel de Literatura fue uno de los grandes críticos de arte en Iberoamérica—, en su ensayo El grabado latinoamericano (del libro Sombras de obras), puede desplazarse más allá, y vale, de cierta manera, para resaltar no pocas razones en el repaso de Nelson y sus enjundiosas lecturas entrecruzadas: “La vanguardia gira en el vacío y en torno a sí misma ha dejado de inventar, pero, incansable, se repite… En suma, pluralidad, proliferación, velocidad: el aquí y el allá, el ayer y el hoy, tienden a confundirse”.

Una ojeada a algunos de los capítulos del libro lo corrobora, y, por ejemplo, en Arte contemporáneo hecho en Cuba, una observación: “Hoy el sistema del arte cubano (creadores, instituciones, promoción, incipiente coleccionismo y mercado) se encuentra en constante movimiento debido a la presencia omnisciente de su pasado y a la velocidad de los cambios en el presente, cuyo equilibrio es posible advertir en cada nueva obra, aunque la balanza se inclina cada día más hacia esta última condición”. Lo dicho por Paz, Nelson lo realza entre nosotros: multiplicidad, expansión, celeridad… todos los tiempos.

No son pocos los textos a destacar en Zapping, siempre a favor de la cordura más reposada, y sin que ello esquive ser consecuente a pie firme, desde un entramado que se alza con elegancia y cuidado, asentado en la ventaja que proporciona el arsenal de un buen poeta, algo innegable en la marca verbal Herrera Ysla, su simpatía —y permítaseme citar de nuevo a Paz, esta vez desde Memorias y palabras, su tomo de cartas al poeta Pere Gimferrer, con un dictamen más que justo: “La simpatía es una condición de la crítica. Sin ella no puede haber ni comprensión de la obra ni juicio sobre ella”—.

Algunos ejemplos de lo anterior —y que conste: peliaguda tarea preferir en índice tan sugestivo— están en Arquitectura cubana, hasta luego; El tiempo de la abstracción; La maquinaria de diseño de los años sesenta; La vida en 35 milímetros; Los arquitectos cubanos en busca de mayor protagonismo… Punto y aparte son los conmovedores y puntuales “retratos a fondo” que se ofrecen con Chocolate espeso —sobre Eduardo Roca, Choco—; La puta pintura —sobre Leonel López Nussa—; Natalia Bolívar en su laberinto; Rara avis contemporánea —sobre José Bedia—; y Urbis Camejo —sobre Luis Enrique Camejo—.

Momentos muy especiales de este Zapping se encuentran en los poemas —ya lo apuntamos: pausas en medio del zapeo—, que desde el calado favorecido a través del arranque poético y sus senderos más insospechados, entregan vistazos tan entrañables como sutiles sobre figuras como Antonia Eiriz, José Luis Posada, Servando Cabrera Moreno, Wifredo Lam y Roberto Fabelo, o esa parte inolvidable de tantos años en el recuerdo con Carteles son carteles. O el perfecto autorretrato que es La crítica y yo, lección escueta y gentil de lo que tal ejercicio comporta más allá de cada contenido en progresión.

Dos textos repercuten allí desde zonas nada ajenas a los trabajos y los días de su autor: Acciones, performances y actitudes, que bien podría llevar como exergo unas palabras de Michel de Montaigne —pues sí: siglo XVI para el día de hoy—, desde El arte de la discusión en Los ensayos (cito por la Editorial Acantilado, Barcelona, 2007): “No existe fantasía tan frívola y tan extravagante que no me parezca muy acorde a la producción del espíritu humano”; y Muros caídos, muros erguidos, constancia de nuestro tiempo que tanto recuerda el verso de Gelman: “dios mío tanta desolación no alcanzó para un buen río”.

Es así como este zapear entre páginas, se transmuta en pantalla con infinitas posibilidades; y hace muy bien su autor en recordarnos algo que nos lleva a lo que afirmaba el eminente George Steiner en su volumen Presencias reales: “El arte de los pintores de bisontes de Lascaux está registrado con el mismo nervio óptico y la misma empatía táctil que la pintura abstracta más reciente. Pero es el arte mismo, en nuestro consumo de arte lo que, tanto en el momento social como en el individual modifica lo sensorio”. Enhorabuena Nelson Herrera Ysla con este zapping de poeta o arte del buen mirar.

Eugenio Marrón Casanova
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