Juan Manuel Roca, escritor colombiano.
Juan Manuel Roca. Foto: Tomada de Wikipedia

Juan Manuel Roca y el caballo griego

La reciente publicación por Ediciones La Luz de un libro del poeta colombiano Juan Manuel Roca —autor entre los más relevantes de ese género literario en clave latinoamericana—, constituye una grata sorpresa para los lectores cubanos, de modo especial aquellos que se afirman en las solicitudes de la poesía con su derrotero que salva, alienta, reconforta, y, claro está, para los que siguen el quehacer del muy laborioso y sagaz sello editorial holguinero. Casi veinte años después de que el escritor fuera laureado con el Premio de poesía José Lezama Lima de la Casa de las Américas, por su antología personal Cantar de lejanía, retorna venturoso a los horizontes insulares.

“Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo…” —y cito por la añeja y hermosa traducción de Luis Segalá y Estalella—, es el comienzo de todos los comienzos, a la hora de la literatura nacida en nuestro vasto orbe cultural, desde el Mediterráneo hasta el Caribe: la Odisea, de Homero, la historia del regreso de Odiseo —o Ulises, según el uso que viene de la apropiación latina— a su Ítaca natal, tras los diez años de la guerra de Troya, (o Ilión en voz griega, y de ahí, claro, la gesta de la Ilíada), y los otros diez que duró la navegación de retorno, llena de accidentes y escenarios diversos.

Heredero de esa tradición y más, Juan Manuel Roca (Medellín, 1946) se adueña con legitimidad de la proverbial invención de Odiseo —el gigantesco caballo de madera, ofrenda a la diosa Atenea, puesto a las afueras de la ciudad sitiada para que sea recibido dentro de sus murallas, y en cuyo vientre iba un “comando de élite” griego con unos treinta guerreros, para abrir las puertas a los sitiadores—, y bajo el título de este libro suyo, No es prudente recibir caballos de madera de parte de un griego, no solamente viaja a los tiempos del mito inaugural y fecundante, sino también a otras zonas aledañas que refrendan la mirada del poeta, y su escritura a favor de la memoria incesante.

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“Tanto dolor y tantas vidas /se fueron al abismo /por una túnica vacía, por una Helena”, dicen los versos de Yorgos Seferis, uno de los magnos poetas de Grecia en el siglo veinte, que Roca coloca a la entrada de su libro, y en ellos puede hallarse la notación más precisa que sugiere la intimidad de su escritura: se trata de cuarenta y cuatro poemas que despliegan un itinerario a lo largo de diversas estaciones —el amor, la muerte, el mito, la remembranza, el tiempo, la lectura, el arte…—; itinerario que también, de cierta manera, pasa revista a algunas de “las afinidades electivas” —para decirlo con el término que Goethe acuñó en notorio título— que identifican su desempeño poético.

Ejemplos de lo anterior es la escritura misma, y vale advertir que no se trata de poemas al uso, sino de textos muy ceñidos y perfectos, afirmados en intenso encaje que se expande con una prosa poética tan confortadora como dominante, desarrollada con agudeza y encanto. La poesía es aquí —y en este caso Juan Manuel Roca es un orfebre de altos quilates— una invitación a lo más apreciable de la lengua en voluntad de suma y corona, capacidad íntima de un oficio que revela todas sus posibilidades en la obtención de un desenvolvimiento expresivo en el que concurren, con amplitud y naturalidad, tanto el esplendor de la lengua como el hálito de su voluntad poética.

Fue el célebre escritor francés Albert Camus, lujo del alma en aquel idioma y caudal de reflexión mucho más allá, quien afirmó algo que, sin dudas, para Roca resulta vital a la hora de su libro: “Nosotros hemos desterrado la belleza, los griegos han tomado las armas por ella”. Tal sentencia, proveniente de su ensayo El destierro de Helena —a propósito del personaje que, tal como apunta la leyenda, desata la beligerancia al ser raptada por Paris el troyano— viene a recordar que si lo bello ha sido extrañado, la única posibilidad de reparación está en el acto supremo de la poesía: ella, como en los días sin sosiego que anidan en la Ilíada, es el arma de la palabra.

Pero no solamente los caudales provenientes de la Grecia remota habitan con el poeta colombiano en este libro: hay más, en una suma de ascendientes que engalanan la ruta para un horizonte de lecturas tan dilatado como generoso. Nombres tutelares como el del magnífico César peruano —y bien puede Juan Manuel Roca hacer suyo el verso de Gastón Baquero: “Metido bajo un poema de Vallejo oigo pasar el trueno y la centella”—; el del inagotable y furibundo dramaturgo francés Antonin Artaud; y el del artista sudafricano William Kentridge, con sus poderosos y alucinantes grabados y dibujos al carbón; son respiración y sostén de textos palpitantes en lo más íntimo de lo humano.

Extrañeza ante el propio cuerpo, repiqueteo de campanas, maletas de viajeros que regresan, casas desahuciadas a favor de fantasmas, postales abandonadas en casillas de correo, el recuerdo de un tango, un poeta frente al espejo de sus líneas… Son algunas de las tantas imágenes que, diseminadas por estos poemas variables y espigados, han sido escritos al calor de sus días para el tiempo de todos. En el prólogo al Cantar de lejanía, el gran poeta chileno Gonzalo Rojas bien advertía sobre Roca: “…lo que más celebro en él es la fiereza, esa amarra entre vida y poesía que llega a lo libérrimo, el tono, el tono, como dijo Vallejo, el epicentro de decir el Mundo”.

En uno de los ensayos que conforman El beso de la Gioconda, publicado por el sello Sílaba Editores, de Medellín, el autor de No es prudente recibir caballos de madera de parte de un griego, al escribir sobre su legendario coterráneo José Asunción Silva, entrega una aseveración que muy bien puede ser tenida como seña de identidad propia: “Hay un inmemorial deseo del poeta por atrapar el tiempo en sus páginas, y con ello las formas, los objetos, quizá de manera inconsciente recordando cómo las cosas nos sobreviven”. Para quien se adentre en esta nueva parada del poeta, está más que claro: así lo confirman Juan Manuel Roca y el caballo griego.

Eugenio Marrón Casanova
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