René Char, poeta francés, Literatura, Cultura
René Char

Las estelas de René Char

Hay una foto de René Char (L Isle-sur-la-Sorgue, 1907 – París, 1988) casi al final de su vida, que bien podría ilustrar el itinerario recorrido por ese gran poeta francés: sentado sobre los restos de una tapia, los ladrillos desnudos, un bosque de pinos al fondo, bufanda al cuello y abrigado con un jersey, las   manos apoyadas sobre el puño de un bastón, la mirada que se abisma en lejanías bajo la visera de la gorra bolchevique… Parece un guardabosque en retiro, un cazador en espera, un caminante en reposo: tres maneras que pueden llevar al provecho de una lectura entrecruzada a la sombra de sus más señeras pasiones verbales.

Nacido en la Provenza, entorno especialmente exuberante en arboledas, viñedos, huertas y olivares, aquellos paisajes dejan una marcada huella en buena parte de su obra —los ramajes, los riachuelos, los pájaros, los ciervos—, y tal circunstancia mucho tiene que ver con el carácter de “revelación poética” que algunos críticos han encontrado en sus páginas: el descubrimiento a través de la naturaleza y sus datos más subjetivos, la capacidad del poema como acta de fundación, la mirada que asiste a lo primigenio con afán de —para decirlo con la sentencia de Eliseo Diego— “nombrar las cosas”.

Luego de concluir el bachillerato en Aviñón, se desplazará a Marsella para acatar una encomienda familiar: la matrícula en estudios contables y empresariales, que realizará sin vocación y más para tranquilidad de los suyos. Al finalizarlos —y tras cumplir el servicio militar—  se irá a París en 1929: allí comenzará a escribir, al calor del encuentro y la amistad con André Breton y Louis Aragon, quienes por esas fechas ya lideran las filas del surrealismo. Al año siguiente, su nombre figurará entre los firmantes del “Segundo Manifiesto” respaldado por ese movimiento.

Aunque más temprano que tarde se aleja de los círculos surrealistas, entre los cuales daría a conocer sus textos iniciales en plaquettes dispersas, el influjo de aquel aprendizaje y sus lecciones colindantes, lo marcarían hondamente: la abundancia metafórica de René Char, su empeño tan seductor como notable, se esparce cruzando del poema a la prosa fragmentaria que guarda un marcado aliento poético, siempre ceñida por una voz cadenciosa y recóndita, testimonio de los afanes que saben aprovechar lo posible de un diálogo, tan sustancioso como revelador, entre ascendencias y búsquedas.

“Nada de ropa tendida cuando pasen aviones, y todos los hombres bajo los árboles y ocultos en el monte bajo. (…) Con los hombres de la patrulla sea riguroso y solícito. Amistad enguata disciplina. Al trabajar haga siempre algunos kilos más que los otros, sin enorgullecerse. Coma y fume visiblemente menos que ellos. No manifieste preferencias. No admita mentiras. (…) Que aprendan a cantar bajo y a no silbar melodías obsesivas, a decir la verdad tal y como se ofrece. De noche, que caminen por el margen de las sendas. Sugiera usted las precauciones; déjeles el mérito de descubrirlas”.

El fragmento anterior, a modo de recomendaciones para un jefe de pelotón,  forma parte de un diario personal titulado Hojas de Hipnos, publicado en 1946, en el que René Char recogió sus anotaciones —apuntes, destellos líricos, bocetos de poemas, máximas, meditaciones— escritas a partir de 1941 durante los desfavorables días de la Segunda Guerra Mundial, cuando el poeta, convertido en el legendario “capitán Alexandre”, era el jefe del maquis —la guerrilla— en la zona de la Alta Provenza, donde se enfrentó a los soldados alemanes en arriesgadas acciones que le granjearon celebridad en las filas de la Resistencia.

“El poeta no puede permanecer mucho tiempo en la estratosfera del Verbo” dice René Char en un segmento de aquel cuaderno y tales palabras adquieren un valor definitivo para la comprensión no solamente de aquel periodo, sino de toda su obra: hay en ella, aparte del dominio más preciso en la construcción poética, una densidad de imágenes que se desplaza de lo inescrutable a lo sobrentendido, afirmada en suma de inventario que comprende diversos conocimientos: la astronomía, la botánica, la geología, la mitología, la orografía, la pintura, la zoología…

“El poeta no retiene lo que descubre; habiéndolo transcrito, enseguida lo pierde. En eso radica su novedad, su infinito y su peligro”, apunta. La lectura del mundo como parcela íntima que puede ser compartida, es fundamental en el desarrollo de su poética y así lo sugiere en Tenemos: “La poesía es el fruto maduro que apretamos en la mano, con alborozo, en el instante mismo que se nos muestra —tan incierto su porvenir— sobre el tallo cubierto de escarcha en el cáliz de la flor”.

Aunque la poesía de René Char algunas veces pueda ser tenida por dificultosa y en otras ocasiones se le califique hasta de impenetrable, no por ello —y como incumbe a la ascendencia en la que se inscribe su linaje— deja de ser una zona de plenitudes que invita a no pocos hallazgos. Según apuntara el eminente estudioso y lingüista francés George Mounin, “René Char es hermético en defensa de su poema. La oscuridad para él no es una ley necesaria de la poesía, es servidumbre; es contrapartida de la fidelidad poética. El hermetismo verdadero está en la naturaleza de las cosas”.

Autor de una poesía que se afirma en un laberinto de incesantes alusiones, senderos de variadas resonancias que se bifurcan, a favor de un mutable universo de visiones que generan otras, el poeta fue muy admirado por el gran novelista, ensayista y dramaturgo Albert Camus: en 1958, el autor de El extranjero afirmó que Char era “lo más sorprendente que la poesía francesa nos ha ofrecido desde las Iluminaciones de Rimbaud y Alcoholes de Apollinaire”.

Junto a Saint-John Perse y Marguerite Yourcenar —entre unos muy pocos en la historia literaria francesa—, le correspondió a René Char el privilegio de ser uno de los escasos escritores que entrara, estando aún con vida, en lo que se considera el gran monumento de la literatura de esa lengua, la Biblioteca de La Pléiade, que publicó sus obras completas en 1983 —justo hace ahora cuarenta años—. Igualmente, recibió las más altas distinciones de su país: Caballero de la Legión de Honor de la República Francesa y Oficial de las Artes y las Letras, en tanto que por sus años de combatiente contra el nazismo le otorgaron la Medalla de la Resistencia y la Cruz de Guerra.

“La poética de René Char es claramente la del infinito de la creación” —ha dicho George Steiner en su clásico libro de ensayos Gramática de la Creación —, para más adelante añadir que en él se encuentra “el arriesgado privilegio del poeta verdadero, que es un agente secreto de la percepción”. Tal posibilidad anida en una frase del propio Char: “Un poeta debe dejar huellas de su paso, no pruebas. Sólo las huellas hacen soñar”. Y es así: caminando por los campos de su Provenza natal, tal como se le percibe en algunos de sus versos, la lección permanente del poema y su trascendencia se cumplen con las estelas de René Char.

Eugenio Marrón Casanova
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