El General y la destitución del presidente Céspedes

Es frecuente utilizar, para demostrar la contradicción entre Calixto García y Carlos Manuel de Céspedes, la carta del último donde critica duramente excesos cometidos en el ataque a un poblado, dirigido por un oficial subordinado a aquél. No creo que ésta haya sido la causa fundamental que lo colocó del lado de los enemigos de Céspedes en la lucha por el poder que se desarrolló en el seno de la Revolución en los años que precedieron a Bijagual, el lugar donde se produjo la destitución del primer Presidente.

El origen de estas discrepancias entre otros factores, habría que buscarlo en las relaciones del Presidente con los jefes militares, la estructura militar del Ejército Libertador, el pensamiento militar de Calixto García y el escalafón militar.

En 1873, serios conflictos se suscitaron entre Céspedes y los principales jefes militares. Con el desarrollo de la guerra y las victorias obtenidas por Vicente García, Ignacio Agramonte, Máximo Gómez, Calixto García, Antonio Maceo y otros patriotas, el prestigio y la popularidad de éstos iban en constante aumento entre los combatientes y el pueblo cubano. La situación de Céspedes era distinta a la del inicio de la guerra. Las contradicciones con los miembros de la Cámara de Representantes y algunos revolucionarios, y el hecho de no haber dirigido personalmente acciones militares, fueron disminuyendo su prestigio como líder.

En la práctica Céspedes era muy importante, en la organización general del Ejército Libertador y la designación de sus jefes. A todos les exigía obediencia. Si bien no se inmiscuía en la táctica, en los planes estratégicos y en la designación de los jefes de departamento, su opinión era determinante hasta donde se puede en un ejército guerrillero y esencialmente regional. Obligaba a los generales a respetar su autoridad. Era ésta la única forma de mantener un mando centralizado. En todo momento fue consecuente con estos principios. Destituyó al más brillante de sus generales, Máximo Gómez, cuando consideró que la actuación de éste menoscababa el poder ejecutivo. En otra ocasión, ordenó detener y someter a un proceso al General Carlos Roloff cuando “… presentó un memorial en que se expresaba hacia el Presidente de un modo incorrecto y calumnioso”. (1)

No queremos enjuiciar la razón o sin razón de estas determinaciones sino poner en evidencia que el Presidente exigía la subordinación y no se dejó manipular por ningún jefe militar.

Al comprender lo difícil de su situación (para continuar al frente de la Revolución necesitaba crearse una sólida base en el Ejército), recurrió a su cuñado Manuel de Quesada, nombrándolo Agente General en el exterior, para que organizara y trajera una expedición: “Creo que a esta fecha ya estará nombrado el nuevo agente general y me lisonjea de que será una persona que merezca la confianza de la mayoría de los buenos cubanos. Así irá poniéndose remedio a todo, particularmente si consigo recursos con que fortalecer mi posición; porque estando débil, mal puedo tomar resoluciones enérgicas sin provocar conflictos que no tendré fuerza material ni moral con que dominarlas, yo necesito un ejército por mí o por un jefe adicto a mi política, que no es otra que el triunfo de la revolución, para imponer respeto a los enemigos exteriores e interiores”. (2)

Las otras expediciones, desembarcadas en las costas cubanas, no contribuyeron a fortalecer el mando único pues había una especie de “regionalismo expedicionario”. Sobre esto escribió el Padre de la Patria: “Con la tendencia que hay a apoderarse cada una de las expediciones, como si fueran propias, muchas dificultades había promovido éste al gobierno, no llegando dirigido a él, sino a particular a determinados jefes; pues éstos se habrían creído más autorizados por eso a disponer de todo a su antojo”. (3)

El fracaso de Manuel de Quesada en la organización de una gran expedición y que no retornó a Cuba impidió que se cumplieran los planes de Céspedes.

El segundo factor es la estructura del Ejército Libertador en Oriente. En los primeros años de la guerra se creó un departamento que abarcaba todas las jurisdicciones sublevadas; luego se crearon dos departamentos: el provisional del Cauto que comprendía a Jiguaní, Bayamo, Manzanillo y Las Tunas, y el Departamento de Oriente con Guantánamo, Santiago de Cuba y Holguín.

Se realizaron algunas modificaciones pero, en esencia, permanecieron los dos departamentos. Céspedes, aunque era partidario de un mando centralizado, mantuvo esta estructura durante su gobierno. Quizás consideró que no era operativo volver a crear un solo departamento. Aunque, cuando fue necesario, fusionó fuerzas de los dos departamentos bajo el mando de un solo jefe, como varias operaciones realizadas por Calixto. Aquella estructura chocaba con los planes y el pensamiento militar de Calixto que era el jefe del departamento de Oriente. Desde 1873 comenzó a pensar en grandes concentraciones de tropas y llevar a cabo combates de envergadura. Ejemplo elocuente de esto fue la concentración realizada en Bijagual (por la cual se depuso a Céspedes en octubre de ese mismo año) cuyo objetivo militar fue el ataque a Santiago de Cuba. Este se suspendió por el asalto a Manzanillo.

Hasta entonces. Céspedes había mantenido buenas relaciones con Calixto y le había concedido ascensos en la estructura militar, así como el mando de importantes operaciones. En su correspondencia Calixto se refería al presidente como un amigo. En una de sus cartas los trataba como “Mi estimado amigo” (4) ; En otra la comenzaba con un:“Mi estimado y respetable amigo”:(5) No había contradicciones entre ambos.

Sin embargo, él aspiraba a una estructura militar que le permitiera desarrollar sus planes, y la única forma de lograrlos era con la formación, bajo su mando, de sólo un departamento en Oriente. Pero aún en el caso de una decisión favorable del Presidente en este punto, quedaba otro factor que debió pesar en él: el escalafón. En el Ejército Libertador de Oriente, habían dos jefes de mayor antigüedad que él como Mayores Generales y de indiscutible prestigio ambos: Modesto Díaz y Vicente García. El uno o el otro podía ser designado jefe del Departamento Oriental, con igual o quizás más derecho y en especial el último, por sus victorias militares. Este posiblemente fue el argumento utilizado por los enemigos del Ejecutivo para ganarse su apoyo.

El 27 de octubre de 1873, en Bijagual, se solidarizó con la decisión de la Cámara de destituir a Céspedes. El apoyo de algunos jefes militares y la actitud indiferente de otros, así como la magnánima posición de Céspedes al aceptarla, impidieron, en aquellos momentos, un enfrentamiento o sedición en el seno de la Revolución. Calixto se negó a circular entre la población y el ejército un documento de Céspedes escrito poco antes de la destitución. El estaba convencido que esta se produciría. El documento podía ser tomado como un llamado de apoyo entre los mambises y las familias cubanas. Si nos guiamos por los conceptos de la Cámara partidaría de las libertades de expresión Céspedes tenía ese derecho.

La destitución fue un duro golpe a la unidad representada en la figura del Padre de la Patria; este hecho traería las más catastróficas consecuencias para el curso de la Revolución cubana.

Carlos Manuel de Céspedes pidió permiso para abandonar el país y pasar a servir al extranjero. Era ésta la posición más acertada; pero el permiso le fue denegado, e incluso se le retiró toda protección militar. Fue humillado, incluido como una especie de trofeo en la comitiva del nuevo presidente y se le exigió la entrega de documentos como si estuviera estorbando la función del nuevo gobierno. Fue humillado. El 27 de febrero de 1874 los españoles atacaron  San Lorenzo donde se había establecido prácticamente como una especie de prisionero. Solo, rodeado por los enemigos. Céspedes combatió hasta caer abatido.

Sobre la Cámara de Representantes, el nuevo ejecutivo y Calixto García, quien fue designado de inmediato jefe del Departamento Oriental, que se fusionó en uno solo, cayó la acusación histórica de que no protegieron la vida del Padre de la Patria. Formalmente Calixto estaba plenamente justificado, pues Céspedes, al cesar en sus funciones, era un simple ciudadano de la República y no tenía derecho a un privilegio de este tipo. Además, esa decisión correspondía al ejecutivo. Pero no podemos excluirlo de su responsabilidad por el virtual abandono en que quedó el Presidente viejo como llamaban los campesinos orientales a Céspedes luego de perder el poder.

El conocía la importancia del hombre de La Damajagua sus méritos personales, así como el interés de los españoles por apresarlo o eliminarlo. No cabe dudas que en la Cámara, el Ejecutivo y el Jefe del Departamento pesaron otras consideraciones; temieron a la creación de un partido cespedista que los depusiera e instalara nuevamente al “presidente viejo”, . El temor no era infundado (Calixto descubrió y aplastó una conspiración que perseguía ese objetivo); Céspedes tenía enemigos, pero también fíeles adeptos, aunque las evidencias históricas muestran su oposición a cualquier movimiento fratricida.

Varios de de los patriotas que apoyaron directa e indirectamente la deposición de Céspedes, y luego no le brindaron protección, se mantuvieron fieles a la Revolución hasta los últimos momentos. El ejemplo más relevante fue Calixto García que lo abandonó todo por Cuba Libre. Las causas de aquella desacertada actuación no podemos hacerla recaer, de manera simplista, en una y otra figura, sino en las complejas circunstancias y en las condicionantes históricas del movimiento revolucionario cubano. Más que convertimos en jueces o fiscales de aquellos momentos nos corresponde analizarlos objetivamente.

La enseñanza más valiosa fue la necesidad de la unidad revolucionaria. Quizás Calixto García recordaba aquellos amargos desaciertos cuando el 29 de mayo de 1883 le escribía a Femando Figueredo Socarras, quien buscaba información para su libro La Revolución de Yara: “No tema V. acusamos y pintamos como fuimos con nuestros grandes defectos y con nuestras pequeñas virtudes. La posteridad dispensará los primeros y sólo recordará los segundos teniendo en cuenta que hemos sufrido bastante para merecer el perdón”.(6)

Notas:

1.-Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo: Carlos Manuel de Céspedes, Escritos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1982 Tomo III p.191

2.-Ibidem p. 137

3.-Ibidem p. 156

4.-Academia de la Historia, legajo 357, núm. 7 (Colección Céspedes, folio 78).

5.-Archivo Nacional de Cuba. Academia de la Historia, Legajo 357 núm. 7 (Colección Céspedes, folio 71).

6.-Fernando Figueredo Socarras: Revolución de Yara, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978 p.5

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