duelo, muerte, ser querido

Cuando se pierde a un ser querido

Cuando se nos comunica de la pérdida de un ser querido sufrimos un impacto emocional que resulta generalmente desgarrador. En esos primeros minutos u horas, llamados de “impacto”, la respuesta más general es de incredulidad, de negación o de perplejidad, en otras palabras: de no aceptación de la pérdida.

La mayoría de las veces los primeros momentos que siguen a la comunicación de la muerte de una persona cercana son los peores, siendo especialmente tortuosos cuando el fallecimiento fue inesperado y por una causa percibida como incontrolable. Esto no quita que en días, meses y hasta en años posteriores se sigan viviendo momentos de profundo dolor emocional.

La reacción ante la muerte de un ser querido se denomina duelo. En este proceso los síntomas de tristeza pueden ser considerados como normales, a excepción de los casos en los que la reacción depresiva sea muy intensa o prolongada (un año después del acontecimiento).

En estas situaciones lo que se produce es una reacción de duelo patológica, que incluye algunos de los siguientes síntomas o vivencias:

– Sentirse culpable por el propio fallecimiento o por la herencia obtenida.

– Pensamientos de muerte.

– Sentimientos de inutilidad.

– Experiencias alucinatorias de escuchar la voz o ver la imagen fugaz de la persona fallecida.

– No aceptación de la realidad de la muerte del ser querido en forma permanente y resistente.

– Incapacidad o dificultades serias para vivir en “el mundo de los vivos”.

– Pérdida del sentido de la vida.

duelo, muerte, ser querido
Cuando se nos comunica de la pérdida de un ser querido sufrimos un impacto emocional que resulta generalmente desgarrador. En esos primeros minutos u horas, llamados de “impacto”, la respuesta más general es de incredulidad, de negación o de perplejidad, en otras palabras: de no aceptación de la pérdida.

En los momentos iniciales de la pérdida no existen palabras que puedan reconfortar ese dolor; sentimientos como la pena, la incredulidad, el bloqueo emocional, la rabia o la culpa pueden mezclarse de manera cruel.

Aunque no lo parezca sí pueden existir palabras que alivien, y más que palabras el acompañamiento de otros seres queridos, así como el apoyo compasivo, el abrazo fuerte, el ofrecer el hombro para el desahogo y el llanto. También ayuda la sensación de estar rodeado de personas significativas desde el punto de vista afectivo.

Como parte del duelo sentimos pena por la pérdida, por nosotros y por la persona que se ha ido. Otro de los sentimientos señalados son la incredulidad y la negación, que nos sirven para protegernos de la pena y el dolor. El bloqueo emocional, que puede aparecer en ocasiones, resulta otra forma de defensa frente a la invasión de sentimientos desagradables que no nos permiten el mejor ajuste a nuestro entorno.

También es frecuente que aparezca la culpa. Esta puede ser más difícil de comprender algunas veces, porque podemos saber que no hemos tenido la responsabilidad por la muerte del ser querido, pero aun así pensamos que hay algo que no hicimos bien (o que directamente no hicimos).

Tenemos la sensación de que no pasamos tanto tiempo con él o ella, que no nos dimos cuenta de algunos síntomas con anticipación, que no le escuchamos, que no le dimos toda nuestra atención, que no compartimos todo el tiempo que hubiéramos podido a su lado.

En los procesos de duelo otro factor característico es la rabia, que puede ser particular o en forma de agresividad general. Siempre es sinónimo de sufrimiento. Como la pérdida de un ser querido es algo que no está en nuestras manos modificar, la energía se canaliza para que pueda “salir” de alguna manera, y esa manera es la rabia, que en ocasiones puede dirigirse a la persona que fallece porque nos sentimos solos y abandonados.

Es común, a su vez, ser incapaces de interesarnos o de involucrarnos con lo que sucede a nuestro alrededor, o por el contrario que nos volquemos en nuestro entorno como una manera de alejarnos de nosotros mismos y de nuestros sentimientos. Estamos bloqueados en lo emocional, la culpa no nos permite dar ningún paso, la tristeza nos paraliza. Todo ello se mezcla y no podemos sentir motivaciones que conduzcan a nuestro desarrollo, como el amor, la felicidad, la comprensión o el perdón.

Se experimentan vacíos, desasosiegos, sensación de que nuestra capacidad de amar y emprender se fueron con nuestro ser amado.

Resumiendo mi análisis en la columna de este sábado concluyo que el duelo es la reacción normal después de la muerte de un ser querido, presupone un proceso más o menos largo y doloroso de adaptación a la nueva situación en el que a veces se requiere una ayuda profesional, sobre todo en los casos en que los síntomas y el dolor se prolongan en el tiempo.

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