Atilio Caballero, escritor cubano
El escritor cienfueguero Atilio Caballero. Foto: Tomada de Perla Visión TV

La memoria en un puñado de césped

“El pasado es arcilla que el presente /labra a su antojo. Interminablemente”, dicen los versos finales del poema Todos los ayeres, un sueño, uno de los últimos que escribiera el gran Jorge Luis Borges, incluido en el título suyo que apareciera justamente un año antes de su muerte y que puede ser leído como testamento poético, Los conjurados (Alianza Editorial, Madrid, 1985). Tales estrofas me asaltan de inmediato, tras concluir la lectura de uno de los libros más hermosos, reflexivos y únicos, que ha visto la luz en el ámbito de la poesía cubana en los últimos tiempos: El olor del césped recién cortado, de Atilio Caballero (Colección Puentes, Ediciones Matanzas, 2019).

Escritor que conoce y frecuenta los dominios de la novela —alto ejemplo es La última playa, (Colección Áticos, Ediciones Holguín, 2020)—, el cuento —señeros son los dos premios Alejo Carpentier a Rosso Lombardo (2013) y La maleta de B. (2020)— y la poesía —su más reciente cuaderno es el que motiva esta columna—, Atilio Caballero (Cienfuegos, 1959) es también, y me siento tentado a apuntar, “principalmente dramaturgo”; y director de uno de los colectivos más reconocidos de la isla, el grupo Teatro de La Fortaleza, de Cienfuegos. En esos dominios, está su obra Todo lo sólido se desvanece en París, laureada recientemente con el Premio Fundación Ciudad de Matanzas.

Ahora retorno a la aseveración tentativamente antes anotada, a propósito del escritor como “principalmente dramaturgo”. Lo primero es que ello no va en absoluto en detrimento de su condición de poeta: todo lo contrario. En El olor del césped recién cortado no está únicamente explícita tal circunstancia, sino que ella se dilata no pocas veces a favor de un despliegue escénico, tan centrado como benéfico, que sitúa una lectura poética como llevada adelante desde las tablas, o mejor aún, en representación sobre ellas, a la manera legendaria de no pocos de los sonetos de Shakespeare o del Don Juan, de Byron: el poeta como autor que convierte sus palabras en actuación.

Atilio Caballero, Escritor cubanoY he aquí cómo Atilio Caballero emplea tal conversión, desde la intimidad del texto leído para sí mismo, en una puesta en la que la modulación de los versos tiene dos modos, llevados con similar pulso y elegancia: el poema cual confesión que reconstruye perspectiva de remembranzas, y el poema cual anotación que deslinda suma de emociones. En ambas solicitudes, El olor del césped recién cortado se propone como muy concisa respuesta a una inquietud que expresara el célebre crítico y teórico de la literatura George Steiner en La muerte de la tragedia: “La literatura se aleja del teatro a medida que la poesía se retira del centro de la actividad moral e intelectual”.

Así las cosas, las tres partes que conforman esta suma —La hierba, El hilo, El corte— tienen su definición mejor a la sombra del propio título, pues de ello se trata: ese olor que distingue a un jardín tras la faena del jardinero, de modo especial un vergel como seña del hogar, es también el que desenlaza los resquicios más inesperados de la recordación, allí donde, como apuntara el célebre poeta mexicano Octavio Paz en carta a su amigo Pere Gimferrer, “la muerte acompaña siempre a la belleza y por esto la hermosura nunca es superficial: la muerte es la marca, la fuerza de gravedad, lo que da realidad a lo que vemos y tocamos”. En ello está la señalada atracción de este libro.

La parte inicial —La hierba— no podía ser más explícita: allí están, entre otros, los textos de mayor aliento, especialmente el último Comodoro y pabellón 1:40 am; el primero, regido por la fuerza de la figura paterna, que es también la reminiscencia de una época —o mejor: de dos épocas ásperamente escindidas—, que bien puede “leerse” en escena como un triste y doliente cuadro chejoviano; y el segundo, lo posible de criaturas a lo Piñera —cual Dos viejos pánicos— estacionadas en un duplicado del Pabellón de cancerosos de Solzhenitsin. Y también dos breves y exactos homenajes a Grecia: los amores de Aquiles en Sófocles, y la nostalgia por el héroe troyano Héctor en una lectura de Seferis.

La segunda parte —El hilo— acepta la lectura de una posible jam session: blues del impertérrito o la zoología de lo cotidiano; la linterna sorda o un contrapunteo fugaz con estampas de cine a lo Zhang Yimou; bonsai o una vista como llegada de algún poeta chino de la Dinastía Tang. Y tanto en esta, como en la anterior y la posterior, las “casi anotaciones” que conforman los tres segmentos sobre la insularidad: la rara dolencia del espíritu que Walter Scott llamaba islomanía —“el solo hecho de saber que se encuentran en una isla” llena a sus habitantes de una “indescriptible embriaguez”—; las islas “enemigas de los tiempos verbales, /salvo del presente”; y “cualquier cosa que hagas parece trascendente”.

La tercera parte y final —El corte— fluye entre los “tajos” que fijan el espacio escénico donde la danza, el silencio, la pintura y la muerte —la hora última del señero poeta italiano Cesare Pavese, anotada en su diario antes de suicidarse: “No palabras. Un gesto. No escribiré más”— levantan un cierre de puesta en escena con la poesía que transita por la sugerente y tangible fugacidad del danzarín de Butoh —“Cuando la luz se mueve sobre el agua /el parpadeo, semejante a la llama de una vela /parece el latido del pulso de la noche” —; la barca de Michaux —“Sólo le /preocupaba la belleza de la virtualidad”—; la oración a San Lázaro —“en las grietas está Dios, que acecha”—…

Este libro, por lo demás, entrega jugosas referencias que enriquecen los textos y sus repercusiones más disímiles a la hora de lecturas entrecruzadas —dos ejemplos: la alusión al inolvidable personaje del profesor Walter White de la teleserie Breaking Bad en el poema heisenberg, la proteína, irónico y puntual como un espejo frente a una zona de la cotidianidad insular; o Primero silencio, casi el susurro de un villancico en noche de Navidad en penumbras—. Se trata de un libro con las coordenadas de un itinerario a la altura de la poesía como parte del “centro de la actividad moral e intelectual” a la que se refería Steiner. Atilio Caballero lo ha logrado al poner la memoria en un puñado de césped.

Eugenio Marrón Casanova
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