En casi cualquier hogar holguinero hay una gaveta, una caja o un rincón en el patio destinado a lo aparentemente inservible. Un tornillo viejo, un cable pelado, un pedazo de manguera o un interruptor roto que «todavía aguanta un ciclo más». La cultura de remiendos: ¿Economía circular o supervivencia de segunda mano?
La frase «no lo tires, que eso sirve para algo» se ha convertido en un mantra doméstico. Lo que comenzó como una respuesta desesperada ante la escasez de productos básicos en Cuba ha mutado, con los años, en una intrincada estructura comercial: el mercado informal de la segunda, tercera y hasta cuarta mano.
Si echamos un vistazo a las dinámicas locales, las tradicionales ventas de garaje de fin de semana y el flujo indetenible de los grupos de compraventa en WhatsApp y Facebook ya no son una anomalía; son el verdadero centro comercial de la cotidianidad. Allí se oferta desde un par de zapatos con media vida útil hasta un regulador de voltaje remendado.
Hemos pasado de la necesidad puntual a la institucionalización de un mercado formalmente informal. Esta especie de «economía circular de supervivencia» demuestra la increíble resiliencia y el ingenio de una sociedad experta en estirar la vida útil de las cosas.
El cubano no desecha; transforma, adapta y hereda. Sin embargo, este fenómeno esconde una arista psicológica profunda: el desgaste mental de vivir en un eterno presente de parches, donde estrenar algo nuevo es un lujo de minorías y la normalidad es convivir con lo usado, lo reparado o lo que alguien más ya descartó.
Estirar la vida útil de un objeto es una virtud ecológica y un acto de ingenio, pero cuando se convierte en la única opción disponible, deja de ser una alternativa verde para transformarse en una limitación material.
El mayor peligro de esta comercialización sin reglas radica en el absoluto desamparo legal del consumidor. Cuando un ciudadano reúne con esfuerzo miles de pesos en moneda nacional para comprar un refrigerador, un televisor o un teléfono de segunda mano en las redes sociales, está firmando un pacto a ciegas, basado únicamente en la buena fe.
Si el equipo electrodoméstico falla a los tres días, no hay factura a la cual aferrarse, ni ley de protección al consumidor que valga, ni taller oficial que responda por una pieza que ya venía remendada de antemano. El comprador asume todo el riesgo, quedando expuesto a estafas o a la pérdida total de sus ahorros en un ecosistema donde la garantía es un concepto inexistente.
Regular este escenario es complejo, pues se mueve en los márgenes de la informalidad y la urgencia diaria. Pero ignorar sus vacíos tampoco es la solución. Mientras las tiendas estatales carezcan de ofertas estables y accesibles en pesos cubanos (CUP), y los nuevos actores económicos sigan enfocados en la importación de productos de alta gama inaccesibles para el salario promedio, las plataformas de reventa seguirán siendo el salvavidas —y a la vez el riesgo— del ciudadano común.
El ingenio holguinero para hacer funcionar lo imposible merece aplausos, pero no romanticismo. Una sociedad no puede avanzar con la mirada puesta únicamente en lo que otros desechan. El remiendo resuelve el día de hoy, es verdad; pero el mañana necesita construirse sobre bases sólidas, nuevas y con garantías.

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