Tecleemos American y luego Psycho para encontrar una pareja de historias (novela y película) que a estas alturas parecen ya fusionadas en la cultura popular como la estructura ósea de una extinta bestia de dos cabezas a la que solo podremos observar preguntándonos por su origen.
Adentrarse en estas historias supone hoy en día adentrarse también en una guerra discursiva propia de esta época donde la influencia del meme como fenómeno cultural cobra gran peso y que resulta algo estrafalaria por la profundidad de charco que tiene el trasfondo de dicho conflicto.
Me interesa en particular la relación del público con la película del año 2000, dirigida por Mary Harron y adaptación de la novela de Bret Easton Ellis de 1991, pues es esta versión del relato la que ha recuperado su popularidad a más de veinte años de su estreno.
Primero, encontraremos a una fanaticada de adolescentes en su mayoría, que alzan como estandarte a Christian Bale, y su piel bronceada, su traje Valentino, su peculiar forma de asentir, su mandíbula exagerada, y las rutinas de entrenamiento y maquillaje como aspiración.
Este, como otra larga lista de personajes cuya génesis sabrá Dios cuál es, son adorados no a pesar de su maldad sino gracias a ella, y cincel en mano, a través de chistes que solo rescatan escenas aleatorias del filme, la estatua de Bateman es despojada de toda la monstruosidad y patetismo que es inherente al personaje, liberado de las causas que lo vuelven motivo de burla, y reducido a ícono de una rebelión que no es tal cosa, sus adoradores pueden rendirle culto.
Luego viene la reacción, el otro bando, la gente que cuenta con la comprensión lectora mínima para darse cuenta de que toda la historia es una sátira, y cuyo mérito y misión pareciera ser recordarles a los primeros que ese protagonista al que aman no debería ser idealizado.
Punto. Aquí se detiene el discurso, entre quienes no leen, no miran, y solo buscan otro monstruo al que redimir obsesionados por la monstruosidad que tal vez sientan en sí mismos por culpa de su inmadurez; y la gente que puede leer la historia con un mínimo de coherencia.
Todo este escenario se me hace injusto para con la historia, en especial la novela. American Psycho es una lectura difícil de olvidar. Muchos mencionan como el libro alcanza cotas de repulsión con sus escenas violentas y obscenas que pocas novelas así de populares se han atrevido a rozar.
Pero muy pocos hablan de la naturalidad e ingenio con la que Easton Ellis construye su voz narrativa y llega hasta mimetizarla con el lector, dígase los personajes intercambiables, las descripciones atorrantes de marcas, las cada vez más obvias alucinaciones de Patrick, las divertidas y ácidas bromas que se gastan a costa de su ineptitud.
La clave para entender la sátira de la novela reside en que Patrick es un narrador que resulta obvio que no es fiable pero lo que se complica es determinar hasta qué punto no lo es.
Un final donde tengamos grandes sospechas de que toda la novela ha sido las fantasías de un loco en ciernes normalmente sería desastroso, pero en esta novela dicho escenario impregna a la obra de un fértil terreno para la discusión.
La película en cambio no puede (o no quiere) valerse tanto de todos estos recursos. Apuesta por una versión recortada y suavizada de la trama, lo que hasta cierto punto es comprensible, pero el relato pierde fuerza al despojarse de los aspectos más sutiles de la atmósfera de la novela y dejarlo todo en una narrativa más convencional.
Un ejemplo que se me ocurre son las reseñas de música. En la novela hay tres episodios que no cuentan nada y son reseñas escritas por Patrick de artistas como Phil Collins o Whitney Houston.
Estas piezas son una forma maravillosa de caracterización, tanto en la prosa que busca imitar un tono profesional pese a cometer múltiples errores en los datos que maneja o el cómo se pretende encumbrar a lo que en la década de 1980 era considerada música comercial o barata.
Pero algo que tiene de especial es que son episodios autocontenidos y carentes de contexto, no sabemos si es un diario, una publicación, una conversación o un flujo de conciencia.
Su reiteración y mayor extensión las vuelve análogas a los asesinatos y como dijo el propio Ellis, si hubiera sido solo una quedaría como una curiosidad, pero tres, eso solo puede ser creado por un desquiciado.
La película incorpora las reseñas de música como discursos que da Patrick antes de cometer sus crímenes. Obtenemos de esta forma alguna de las escenas más icónicas del filme como cuando Patrick habla sobre Huey Lewis antes de darle un hachazo en la cabeza al personaje de Jared Leto. Weird Al hizo una parodia muy graciosa de esta escena, deberían buscarla.
Ahora bien, espero que entiendan el error, al restringir las reseñas a este contexto tan específico. La impresión que nos causa del personaje cambia por completo y en lugar de parecer los desvaríos de un loco superficial y estúpido estamos ante un aficionado a la música compartiendo la que pareciera su única pasión aparte del homicidio, una versión más contemporánea de la obsesión de Alex en “La naranja mecánica” con Ludwig Van.
Notarán que solo he hablado de Patrick y he pasado por alto los demás elementos de la película, pero sucede que estamos ante una narrativa narcisista y la verdad es que el resto de piezas que conforman al filme, si bien son funcionales, no resultan dignas de mención.
El estado actual de las discusiones de este filme es una representación perfecta de los tiempos que corren, ese mundo que gente como Patrick se esfuerza por volver cada día más desagradable.
Es una ironía deliciosa que este hombre tan vacío cuya única forma de alcanzar algo de personalidad es mediante la muerte, que desprecia la autenticidad, reciba atención décadas después, por masas que ni siquiera palpan su sufrimiento. Al final de la película, Patrick dice que no se puede aprender nada de su historia. Como la mayoría de estupideces que salen de su boca, esto es una mentira.
Con información de Rolando Casals (Estudiante de Periodismo)
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