Imagen ilustrativa sobre paternidad

El desafío de ser padres en un mundo que no enseña a criar

El  1 de junio, desde que la Asamblea General de las Naciones Unidas lo decretara en 2012, se celebra el Día Mundial de las Madres y los Padres. Se trata de un recordatorio urgente de que la familia sigue siendo el pilar fundamental de la sociedad.

La ONU ya había advertido sobre esta importancia al proclamar el Año Internacional de la Familia en 1994 y al fijar el Día Internacional de las Familias cada 15 de mayo, pero nunca como ahora resulta tan evidente que los padres y madres enfrentan solos retos enormes.

La fecha busca visibilizar la labor cotidiana, silenciosa y a menudo desbordada de quienes crían. La paradoja central es que se espera que los padres eduquen a sus hijos, pero nadie les enseña a ellos a ser padres.

Esa soledad se agrava cuando la desigualdad de género, la pobreza, la discriminación, la migración forzada, la violencia intrafamiliar o el acceso desigual a la educación golpean la dinámica familiar. Factores que la propia ONU enumera como amenazas reales para millones de hogares, donde los más perjudicados terminan siendo los niños.

Ser padre o madre en la actualidad implica navegar entre la presión laboral, la falta de tiempo, la culpa y la exigencia de una crianza respetuosa que nadie enseñó. La Convención sobre los Derechos del Niño es clara: los padres son los principales responsables de la crianza y el desarrollo del niño, con el apoyo de maestros y proveedores, pero sin que estos últimos reemplacen el rol familiar.

La presencia activa, el vínculo y el diálogo resultan imprescindibles, porque los valores, la disciplina y la educación que se siembran en casa son las bases para que las nuevas generaciones transformen el mundo. Sin ese cimiento, cualquier intento de cambio social se desmorona.

La Organización de las Naciones Unidad insiste en vincular las políticas familiares con la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Apoyar a las familias asegura la salud y el bienestar de sus miembros, promueve la igualdad de oportunidades educativas y ayuda a romper ciclos de pobreza y violencia.

En un momento histórico donde la desintegración de los hogares avanza silenciosa, recuperar el valor de lo cotidiano —cenar juntos, una conversación sin pantallas, un juego compartido— se convierte en un acto fundamental.

Este día, la reflexión se dirige a las políticas que permitan conciliar, a la educación emocional para criar y a una sociedad que deje de considerar la crianza como un asunto privado. La influencia de los padres en los niños es esencial, y los hogares donde reina el amor, la tolerancia y la comprensión no son un lujo, sino la única base posible para un mundo mejor.