Muchas veces hemos sido testigos de esa escena incómoda en una visita familiar, en el vecindario o incluso en una sala de espera donde un hijo responde con gritos a su madre mayor, una nuera que ignora con desprecio a su suegro, o un nieto que trata a su abuelo como si fuera una molestia.
Y ante eso, no podemos evitar pensar en lo desgarrador que sería llegar a esa edad, frágil y dependiente, y encontrarse con la aspereza, el abandono o la indiferencia de aquellos a quienes criamos con ternura. Esa inquietud que sentimos no es menor, porque el maltrato a las personas mayores es una realidad silenciosa que ocurre dentro de los hogares, camuflada a menudo bajo el cansancio, la falta de paciencia o el agotamiento emocional.
Por eso, cada 15 de junio se conmemora el Día Internacional de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato a la Vejez, una fecha proclamada por la Asamblea General de la ONU para visibilizar lo que demasiado tiempo ha permanecido oculto.
El objetivo no es señalar con el dedo, sino remover conciencias: entender que el abuso puede ser físico, psicológico, patrimonial o por negligencia, y que ocurre tanto en instituciones como en el propio seno familiar. Se trata de romper el silencio y construir una cultura donde la vejez no signifique perder la dignidad ni el derecho a ser tratado con respeto.
La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada seis personas mayores de 60 años ha sufrido algún tipo de maltrato en el último año. Y lo más alarmante: en la mayoría de los casos, el agresor es alguien de su círculo cercano, a menudo un hijo, un cónyuge u otro familiar.
Solo en América Latina, cerca del 40 % de las personas mayores reportan haber vivido situaciones de abuso psicológico o negligencia. Son datos que duelen, porque detrás de cada número hay una historia de quien cambió pañales, curó heridas, se desveló por nosotros y nos enseñó a caminar en este mundo.
Justamente por eso, vale la pena dirigir la mirada con especial atención a quienes hoy cuidan de una persona mayor. Ellos, que están en la primera línea, saben mejor que nadie lo complejo y agotador que puede ser. Atender a un adulto mayor con demencia, movilidad reducida o enfermedades crónicas implica un desgaste físico y emocional que a menudo se hace en soledad, sin respiros ni reconocimiento.
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Habrá días de frustración, de impotencia, de sentirse desbordado. Pero en medio de esa dificultad, es clave no perder de vista quién es esa persona que se tiene al frente. Ellos fueron nuestro refugio: nos cargaron cuando no podíamos sostenernos, nos soportaron en la adolescencia rebelde, nos enseñaron con paciencia a leer, a andar en bicicleta, a perdonar. Nos dieron todo lo que tenían sin esperar nada a cambio, y hoy solo merecen que se les devuelva, aunque sea un fragmento, ese mismo amor.
Cuidar de quien nos cuidó no es un favor, es una retribución natural. Y aunque duela reconocerlo, muchas veces el maltrato nace del agotamiento no gestionado, de la falta de apoyos, de la soledad del cuidador. Por eso, tomar conciencia del Día Internacional de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato a la Vejez también es un llamado a que nadie cuide solo: a que los gobiernos, las comunidades y las familias ofrezcan respiro, formación, ayuda psicológica y económica.
Porque quienes hoy tienen arrugas y manos temblorosas merecen terminar sus días con la misma ternura con la que nos recibieron al nacer. No conviene que el cansancio borre la gratitud. Después de todo, cuidar de ellos es también cuidar de quiénes seremos mañana.
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