María Luisa Clark es una de las grandes voces del teatro lírico en Cuba. Su historia está profundamente ligada a Holguín, ciudad que reconoce como pilar en el desarrollo de este arte en el país.
La Voz de Oro de Cuba evoca sus inicios en esta tierra, la formación empírica de una generación de cantantes y el papel decisivo del teatro lírico en la construcción de una tradición artística que aún perdura.
¿Cómo comenzó su vínculo con la música?
«Nací en Santiago de Cuba, pero siendo muy pequeña me trajeron para Holguín, y aquí eché raíces. Mis primeros pasos fueron en el coro de la iglesia de San Isidoro. Cantábamos avemarías en bodas, en celebraciones, todo por amor al arte y también para apoyar a la iglesia. Esa fue mi primera escuela, porque en aquel entonces no existía la formación académica que tienen hoy los jóvenes.
«En 1969 entré al Teatro Lírico. No formaba parte del grupo fundador, pero ya había un movimiento importante. Había mucha necesidad de sopranos, y yo llegué en un momento oportuno: tenía condiciones, pero también hacía falta gente. Entré sin una formación formal; nosotros aprendimos directamente en el escenario. Esa fue nuestra verdadera academia».
¿Recibió formación después?
«Sí, fui formándome en el camino. Trabajé con varios maestros, recibí orientación de profesores y músicos que me ayudaron a crecer. Pero siempre digo que el escenario era donde uno realmente se probaba».
¿Se veía como cantante desde niña?
«No, para nada. Yo era muy tímida. El arte fue lo que me obligó a salir de ese encierro. En mi casa me criaron muy recogida, muy de hogar. Mi padre era muy estricto, así que no tuve una vida social amplia».
También se desempeñó como profesora…
«Así es. Un día Raúl Camayd me dijo que ya tenía condiciones para enseñar. Nunca olvido sus palabras: dijo que cuando yo abría la boca ya era una escuela de canto humano. A partir de ahí comencé a dar clases junto a otros compañeros. Algunos se retiraron, pero yo continué durante años compartiendo lo aprendido».
¿Cómo define el arte lírico holguinero?
«Holguín tiene una escuela cubana teatro lírico y lo digo con total convicción. Aquí se formaron grandes voces y se consolidó una tradición que ha llegado hasta hoy. El Teatro Lírico de Holguín es uno de los más sólidos del país».
Muchas fueron las obras que usted interpretó. Destacan Cecilia Valdés, María La O y la más brillante, Amalia Batista, ¿Qué siente al recordar aquellas obras?
«Siento orgullo y también nostalgia. Fueron años muy hermosos, con obras maravillosas. A veces duele no poder cantar como antes, pero mientras uno recuerde, eso no se pierde».
¿Alguna obra especial en su carrera?
«Muchas. Cada papel tiene su historia. Disfruté profundamente los grandes títulos del repertorio lírico y zarzuelero, tanto cubano como internacional, pero la que de verdad tuvo más éxito fue la Viuda Alegre. Aunque cada personaje exigía dar lo mejor de mí».
Han pasado ya varios años de su retiro de los escenarios, pero su voz permanece en el recuerdo de los que tuvieron la posibilidad de disfrutar de la Voz de Oro de Cuba.
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