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Foto: Granma/Archivo

La epopeya silenciosa de la educación para jóvenes y adultos

Hay fechas que en Cuba nacieron marcadas por la luz. El 24 de febrero es una de ellas. Pero no solo por los alzamientos independentistas del siglo XIX, sino porque un día como hoy, pero de 1962, comenzó a tejerse la tela que evitaría que aquella otra luz, la que encendieron los alfabetizadores en 1961, se apagara para siempre.

Terminó la Campaña de Alfabetización y el país era una escuela gigante. Pero el desafío era otro: qué hacer con aquel campesino que ya sabía firmar su nombre y quería leer un periódico completo, con esa trabajadora doméstica que había aprendido las vocales y ahora soñaba con llegar a sexto grado. La Revolución se hizo esa misma pregunta. Y la respuesta llegó un 24 de febrero, cuando nació la Educación Obrera y Campesina (EOC).

El objetivo era tan claro como ambicioso: elevar el nivel educacional de todos los que habían sido olvidados por siglos. De los trabajadores, de los campesinos, de los que vivían en la ciudad y también de los que vivían en el fondo del campo. Nadie podía quedarse fuera.

Y así fue como ese subsistema educativo, que cumple 64 años, comenzó a escribir su propia historia, una que pocas veces aparece en los titulares pero que está hecha de pequeñas victorias cotidianas.

Con el tiempo, la vieja EOC se fue transformando en lo que hoy conocemos como Educación de Jóvenes y Adultos. Pero su espíritu andariego no cambió. Al contrario, se multiplicó. Cuando la Revolución miró hacia otros pueblos del mundo y dijo «compartamos lo que tenemos», fueron muchos de sus maestros quienes empacaron libros y pizarras para alfabetizar. Cuando en Cuba hacía falta empujar a los rezagados, allí estaban ellos con la Batalla por el Sexto Grado y, más tarde, con la Batalla por el Noveno.

Cuentan quienes vivieron aquellos años que las escuelas parecían colmenas a cualquier hora. Hombres y mujeres de todas las edades llegaban después de la jornada laboral con la misma ilusión de un niño en su primer día de clases. Y detrás de cada uno de esos logros había un pedazo de esta historia.

Ya entrados los años 90 y los primeros del 2000, cuando la Batalla de Ideas convocaba a no dejar a nadie en el camino, la Educación de Jóvenes y Adultos volvió a fortalecerse. De sus filas salieron los Cursos de Superación Integral para Jóvenes, esos que rescataron a muchachas y muchachos que andaban sin rumbo. También asumió la Tarea «Álvaro Reynoso», para que los trabajadores del campo pudieran crecer sin soltar el machete.

Pero la vocación de este subsistema siempre ha sido más ancha de lo que parece. Porque también entró donde otros no llegaban: a los centros penitenciarios, llevando estudios a quienes cumplen condenas, demostrando que la educación puede ser esa mano que ayuda a rehacer la vida.

Porque preparó a los que querían dar el salto a la universidad con los cursos preparatorios para ingresar a la Educación Superior. Porque enseñó idiomas a los maestros que luego irían a misiones internacionalistas. Y porque, en los barrios más humildes, echó a andar cursos comunitarios para niños, adolescentes y jóvenes que por una u otra razón se habían quedado fuera del sistema regular.

Este, 24 de febrero, mientras algunos miran efemérides más visibles, la Educación de Jóvenes y Adultos celebra en silencio, como han celebrado siempre los que trabajan de verdad.

Su grandeza está en lo pequeño: en la mirada de quien descubre que todavía está a tiempo, en la libreta de un trabajador que estudia después de la jornada, en el aula humilde donde alguien vence sus propios desafíos, como recordatorio de que en Cuba el conocimiento no tiene edad.