Representación de la caída en combate de José Martí
Reconstrucción pictórica del óleo Muerte de Martí, de Esteban Valderrama

El legado vivo del hombre que cayó en Dos Ríos

A 131 años de aquel 19 de mayo de 1895, cuando José Martí cayó en Dos Ríos, todavía hay quien cree que su figura pertenece al bronce de las estatuas o a los discursos de ocasión. Pero en Cuba, hablar de Martí es otra cosa. No se trata de invocarlo desde un púlpito ni de repetir sus frases.

Se trata, más bien, de darse cuenta de que muchas de las cosas que escribió hace más de un siglo siguen siendo la mejor explicación para lo que pasa hoy en la isla, y también la herramienta más práctica para enfrentar la vida en medio de las dificultades.

Pasa, por ejemplo, con aquella idea de que «Patria es humanidad». Una frase que se asoma a lo que realmente hace Cuba en el mundo. Mientras el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos, un cerco que lleva más de seis décadas y que las Naciones Unidas han condenado año tras año en votaciones mayoritarias, intenta asfixiar a la isla, miles de médicos y maestros cubanos se han  desplegado en decenas de países pobres de África, América Latina y el Caribe.

Vacunan, enseñan a leer, salvan vidas. No piden nada a cambio. Esa costumbre de extender la mano al vecino más necesitado no es otra cosa que el pensamiento martiano funcionando sin manual de instrucciones. Porque Martí no concibió nunca una Patria egoísta, encerrada en sus fronteras, sino una que se sintiera parte de la humanidad doliente.

Otra de esas ideas que sigue respirando en cada rincón de Cuba es la de «ser culto para ser libre». En la isla, esa frase se ha tomado tan en serio que la educación dejó de ser un privilegio para convertirse en una política de Estado. Los números están ahí, verificables en los informes de la UNESCO.

Pero lo interesante no es la estadística, sino lo que ocurre en los barrios. En cualquier pueblo de la Sierra Maestra o en un reparto holguinero, un niño aprende los versos de «La rosa blanca» antes que las tablas de multiplicar. Esa transmisión oral, esa manera de sembrar valores desde la infancia, es puro legado del Apóstol.

Y cuando un profesor lee a sus alumnos los «Versos Sencillos» o una madre le enseña a su hijo con un libro prestado, están demostrando que aquella máxima de que el conocimiento es el único camino hacia la libertad sigue tan viva como el primer día.

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El antimperialismo de Martí también está vigente, pero no como una arenga vacía. Cuando escribió aquello del «vecino poderoso» que desprecia a nuestros pueblos y nos mira con codicia, estaba describiendo el mismo mecanismo de dominación que hoy se expresa en el bloqueo, en las listas espurias de países patrocinadores del terrorismo y en las sanciones financieras que complican hasta la compra de medicinas.

No es teoría: es la vida cotidiana de los cubanos, marcada por la escasez de combustible, insumos y alimentos. Frente a eso, el Apóstol legó una herramienta que no es la violencia, sino la resistencia moral y la creatividad. Por eso, cuando un campesino repara un tractor con piezas inventadas, o un vecino organiza un huerto en un espacio abandonado, o un ingeniero programa un software para suplir una aplicación bloqueada, está encarnando al Héroe Nacional en su versión más práctica.

A 131 años de su partida hacia la inmortalidad, José Martí no es un cuadro colgado en una pared. Es una manera de pensar que aparece cuando menos se espera.  Su vigencia no se decreta; se ejerce. Y mientras haya un cubano que defienda su dignidad con creatividad, que enseñe a leer a otro, que invente una solución para una carencia o que ayude a un extranjero sin pedir nada a cambio, el hombre que cayó en Dos Ríos seguirá vivo. No como un fantasma del pasado, sino como una certeza del presente.

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