En las últimas semanas, un término ajeno al vocabulario cotidiano ha saltado de las pantallas de los móviles a los titulares: therians. Se trata de personas, mayoritariamente adolescentes, que manifiestan una conexión espiritual o psicológica con un animal, al que llaman «teriotipo».
Aunque parezca una excentricidad nacida en TikTok, el movimiento tiene sus raíces en los foros de internet de los años 90. Sin embargo, lo que antes era una vivencia íntima y discreta, hoy se ha convertido en un espectáculo de masas bajo el algoritmo de las redes sociales.
El salto a la luz pública ha traído consigo la visibilidad de los quadrobics (ejercicio de desplazarse a cuatro patas) y el uso de máscaras artesanales. Pero con la fama llegó también el juicio sumarísimo. Figuras mediáticas y sectores conservadores no han tardado en calificar a estos jóvenes de «enajenados» o en exigir tratamientos psiquiátricos, cayendo en un pánico moral que poco ayuda a comprender el fondo del asunto.
Es vital establecer precisiones que la prensa sensacionalista ignora de los therians:
* No es un trastorno: Manuales clínicos como el DSM-5 no reconocen esta identificación como una patología mental per se.
* Diferencia con los ‘furries’: A diferencia de los furries, donde el disfraz es un hobby estético o lúdico, para el therian la conexión con el animal es percibida como una parte intrínseca de su ser.
* La trampa de la burla: Aislar un gesto —un aullido o una máscara— para ridiculizarlo es una forma de violencia simbólica que solo genera mayor aislamiento en el adolescente.
Reducir este fenómeno a una «tontería de internet» es una ligereza. En el contexto geopolítico actual, existe una tendencia a instrumentalizar estas conductas para atacar conquistas sociales. Al equiparar maliciosamente una búsqueda identitaria adolescente con derechos consolidados —como la identidad de género—, ciertos sectores buscan deslegitimar la diversidad humana bajo el argumento del «todo vale».
El riesgo no está en que un adolescente se sienta identificado con un lobo, sino en una sociedad que prefiere patologizar antes que escuchar.
Más allá de la máscara, el fenómeno therians es un síntoma. El psicoanálisis sugiere que detrás de estas conductas suele haber un sufrimiento subyacente o una dificultad para encajar en vínculos sociales cada vez más fragmentados y hostiles.
Debemos preguntarnos: ¿Qué refugio encuentran estos jóvenes en lo no-humano que no hallan en nuestra sociedad?, ¿Cómo influye la presión por la «excentricidad viral» en la construcción de su personalidad?, ¿Estamos ofreciendo espacios de acompañamiento real frente a la frialdad del algoritmo?
Los therians no son un peligro público, sino un espejo incómodo. Si nuestra única respuesta es el insulto o la marginación, estaremos fallando en nuestra responsabilidad de guiar y comprender a las nuevas generaciones. Antes de juzgar el aullido, conviene revisar el silencio al que hemos condenado sus inquietudes.
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