Mientras Holguín se promociona como la «Ciudad de los Parques» y un destino cultural clave en el Oriente cubano, una realidad menos fotogénica se acumula en sus esquinas, y es que montañas de desechos sólidos han convertido calles, solares y espacios públicos en vertederos improvisados. Este fenómeno, lejos de ser una anécdota, se ha instalado como un problema crónico que afecta la salud, la imagen urbana y la calidad de vida de los holguineros.
La crisis de la recolección de basura es muy visible. Falta de contenedores, bolsas de plástico rotas que esparcen su contenido con el viento y residuos orgánicos en descomposición son escenas cotidianas en repartos residenciales como Alcides Pino, Pueblo Nuevo y Villa Nueva, y hasta en áreas céntricas y aledañas a sitios turísticos. El problema se agudiza en períodos de lluvia, donde el agua estancada se mezcla con los desechos, generando focos de insalubridad y aumentando el riesgo de enfermedades transmitidas por mosquitos, como las que circulan en la actualidad —dengue y chikungunya— con incidencia en la salud de la población.
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El origen de esta situación proviene de varios factores. En primer lugar, el estado y falta de mantenimiento de la flota de camiones recolectores es una limitación técnica reconocida. La escasez de piezas de repuesto, agravada por el bloqueo estadounidense y la crisis económica, impide una recolección eficiente y regular. Además, la carencia de una cultura de reciclaje hace que el volumen de desechos sea mayor y más difícil de manejar.
Tampoco puede obviarse el factor social. Acostumbrados a que el Estado solucione todos los problemas, muchos holguineros han normalizado el acto de tirar basura en lugares inapropiados cuando el servicio de recogida falla, lo cual, sumado a la ausencia de multas efectivas y campañas de concienciación masiva y permanentes, perpetúa el ciclo de suciedad.
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El impacto trasciende lo visual. La contaminación ambiental es directa, suelo y aire se degradan. Los malos olores son una queja constante. Desde el punto de vista de la salud pública, los riesgos son significativos, atrayendo roedores, insectos y perros callejeros. Económicamente daña la imagen de la ciudad que busca atraer turismo nacional e internacional, un sector vital para la economía local.
Las autoridades municipales han reconocido públicamente el problema. Se habla de esfuerzos para reparar equipos, de «jornadas de limpieza» ocasionales y de la búsqueda de alternativas. Sin embargo, estas medidas parecen limitadas ante un desafío de tal envergadura.

Esta situación requiere acciones como la inversión priorizada para asignar recursos, aunque sean limitados, y mejoras en la infraestructura de recolección.
Lograr que las campañas de comunicación y educación ambiental en medios de prensa, escuelas y comunidades fomenten la reducción, reutilización y correcta disposición de los residuos. Además de hacer cumplir las ordenanzas de higiene comunal, estableciendo sanciones para quienes ensucien los espacios públicos de manera reiterada.
Las calles sucias de Holguín son el síntoma de una enfermedad mayor: la crisis de los servicios urbanos básicos en un contexto de escasez económica. Revertir este panorama no depende de un solo actor. Mientras no se afronte con sistemas integrados el manejo de residuos sólidos y sistematicidad en la recolección, la acumulación de basura seguirá siendo una triste postal que compite con el esplendor de los parques y la riqueza cultural holguinera.
Con información de José Alberto Buitrago Sánchez (Estudiante de Periodismo)
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