Nunca había sido tan fácil informarse, y paradójicamente, nunca había sido tan fácil desinformarse. Una noticia falsa puede recorrer el mundo en segundos, mientras la verdad se ve cuestionada. El problema ya no es solo la existencia de información errónea, sino la velocidad con la que se propaga y el poco tiempo que dedicamos a cuestionarla.
La desinformación consiste en la difusión de contenidos falsos, incompletos o engañosos que distorsionan la realidad. Suele tener una intención clara: manipular opiniones, generar miedo, ganar visibilidad o influir en decisiones colectivas. Las noticias falsas, o fake news, son una de sus formas más conocidas: textos, imágenes o videos que simulan ser información periodística, pero carecen de verificación y rigor.
La viralidad, por su parte, es el mecanismo que permite que estos contenidos se multipliquen rápidamente a través de redes sociales, mensajería instantánea y plataformas digitales.
El peligro de este fenómeno radica en que la desinformación erosiona la confianza en los medios, polariza a la sociedad, alimenta el pánico y puede tener consecuencias reales: desde decisiones médicas equivocadas hasta conflictos sociales y políticos. Cuando la mentira se repite lo suficiente, empieza a parecer verdad. Y cuando se comparte sin pensar, influye grandemente en la opinión pública.
En este escenario, la inteligencia artificial juega un papel importante. Por un lado, puede ayudar a detectar contenidos falsos y verificar datos; por otro, ha facilitado la creación de textos, imágenes y videos falsos cada vez más creíbles, como los deepfakes. Esto complica aún más la tarea de distinguir entre lo real y lo fabricado, tanto para los medios como para los usuarios.
Los algoritmos de las redes sociales no son neutrales. Funcionan priorizando el contenido que genera más interacción: likes, comentarios, compartidos. Y la desinformación suele apelar a emociones fuertes como el miedo, ira y sorpresa, lo que la hace altamente viral. No importa si es verdadera; importa si engancha. Así, el algoritmo amplifica el contenido más polémico, no el más preciso.
Frente a este panorama, la precaución es una responsabilidad compartida. Verificar fuentes, desconfiar de titulares sensacionalistas, contrastar información y no compartir impulsivamente son acciones básicas y efectivas. En tiempos de viralidad, la veracidad necesita más que nunca de lectores críticos. Porque cada clic, cada compartido y cada silencio también construyen la realidad que consumimos.
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