El burnout, una señal de «estar quemado» por el trabajo

Por: Israel Manuel Fagundo Pino
Burnout, Síndrome de burnout, Estrés laboral, Salud mental

Hoy quiero que hagamos juntos un ejercicio imaginativo. Imagina que tu mente y tu cuerpo son como tu teléfono móvil. Al principio del día, tiene batería al cien por ciento. Pero si no lo cargas, si lo usas sin parar para mil tareas, con el brillo al máximo y varias aplicaciones abiertas, ¿qué ocurre? Se calienta, se ralentiza y finalmente se apaga.

Algo muy parecido le sucede a muchas personas hoy en día. Llegan a mi consulta diciendo: «Doctor, estoy agotado, no encuentro sentido a lo que hago, todo me cuesta un mundo y ya no disfruto ni de lo que antes me gustaba». Si te sientes identificado con esta descripción, puede que estés frente al síndrome de burnout, una alarma que tu mente y tu cuerpo te están enviando, una señal que debes tener en cuenta.

¿Qué es eso del burnout que todo el mundo nombra?

Aunque parece un término de moda, el burnout no es una invención reciente. Fue el psicólogo alemán Herbert Freudenberger quien lo acuñó en los años 70 para describir el agotamiento extremo que sufrían los voluntarios en clínicas de salud. Pero fue la psicóloga estadounidense Christina Maslach quien lo puso en el mapa con su famoso cuestionario, y desde 2019 la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo reconoce oficialmente como un fenómeno ocupacional.

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El Síndrome de Burnout fue declarado por la OMS como un factor de riesgo laboral, por su capacidad para afectar la calidad de vida, la salud mental y poner en riesgo la vida de quienes lo sufren. Foto: Pixabay/Archivo

Pero vayamos a lo sencillo: el síndrome de burnout es el resultado de un estrés crónico en el trabajo que no se ha gestionado adecuadamente. No es simplemente «estar cansado». Es un agotamiento profundo que tiene tres pautas bien definidas:

1. Agotamiento emocional y físico: Sensación de no tener más energía, como si hubieras vaciado el depósito. Te despiertas sin fuerzas y terminas el día hecho polvo.

2. Despersonalización o cinismo: Tomas distancia de tu trabajo y de las personas a tu alrededor. Empiezas a ver a tus compañeros, clientes, alumnos o pacientes como meros objetos o números. Aparece la irritabilidad y una actitud negativa.

3. Falta de eficacia profesional: Sientes que todo lo que haces es inútil, que tus logros no valen nada y que estás estancado. El famoso «síndrome del impostor» se potencia.

Permíteme ponerte un ejemplo para que lo veas más claro. Supongamos que eres un profesional de la salud, un docente o un comercial que atiende público. Antes, cada paciente, alumno o cliente tenía una historia, un rostro y un nombre que te importaba. Pero el burnout, poco a poco, va apagando esa conexión. Ahora, cuando entras a la consulta, al aula, a la reunión, o al lugar donde atiendes al cliente ves un «un caso más», «un expediente más», un «problema que resolver» o «el número de ventas que debes hacer hoy».

Sientes un fastidio interno cuando la otra persona empieza a hablar, deseas que termine rápido para pasar ala siguiente. Incluso puedes llegar a hacer comentarios cínicos en privado sobre ellos, o evitar el contacto visual y las conversaciones informales. No es que te hayas vuelto mala persona, es que tu cerebro, para protegerse del desgaste extremo, ha empezado a desconectar la empatía como quien apaga un interruptor. Y aunque al principio sientes un alivio momentáneo con esa distancia, a la larga te quedas vacío, porque te has desconectado de lo que daba sentido a tu labor: las personas.

¿Por qué nos pasa esto? El burnout es un problema de sistema y de hábitos. No es que tú no sirvas o no seas lo suficientemente fuerte. Las causas son múltiples y, a menudo, externas a nosotros.

·      Sobrecarga laboral: Horas interminables, metas imposibles y la sensación de que nunca llegas a todo.

·      Falta de control: Hacer tareas que no elegiste, sin margen para decidir cómo o cuándo.

·      Recompensas insuficientes: Ni económicas, ni de reconocimiento. Es la sensación de «dar tanto y recibir tan poco».

·      Ambiente tóxico: Conflictos constantes, falta de apoyo o liderazgos autoritarios.

·      Desvalores: Cuando tu trabajo choca con tus principios éticos el desgaste es brutal.

Pero también hay factores personales que nos hacen más vulnerables: el perfeccionismo, la dificultad para decir «no», la baja autoestima o una vida fuera del trabajo que no repone energías. Y por supuesto la tecnología, por ejemplo, ese teléfono móvil que nos convierte en trabajadores todos los días de la semana (24/7), con el cortisol por las nubes incluso en vacaciones.

Las consecuencias: el trabajo enferma tu vida

El burnout no se queda en el trabajo. Se cuela en tu cama (insomnio), en tu mesa (falta de apetito), en tu estado de ánimo (irritabilidad, ansiedad, depresión), en tu cuerpo (dolores de cabeza, problemas digestivos, tensión muscular) y en tus relaciones (discusiones, aislamiento). Si no se atiende, puede derivar en depresión mayor, trastornos de ansiedad o incluso problemas cardiovasculares.

¿Quiénes se ven más afectados por este síndrome?

La evidencia científica es clara. El burnout golpea con más fuerza a quienes trabajan con y para personas (personal de la salud, docentes, trabajadores sociales) y a quienes soportan alta presión por resultados con escaso control y reconocimiento (proyectos, finanzas, administración). No es casualidad que las profesiones «de cuidado» sean las más castigadas: la exigencia emocional sostenida, cuando no va acompañada de recursos y apoyo organizacional, termina pasando factura.

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Las investigaciones sugiere que el Burnout en los médicos se comienza a «cultivar» desde la escuela de medicina, el 49,6 por ciento delos estudiantes de esta carrera pueden padecer síndrome de sobrecarga emocional. Foto: Pixabay/Archivo

Herramientas para recargar la batería

Aquí viene la parte que más me gusta escribir: la que te da el poder para cambiar. No se trata de renunciar a tu empleo (aunque a veces es la opción), sino de redefinir tu relación con él. Toma nota de lo siguiente.

1.  Aprende a poner límites (y a sentirte bien con ello). El primer paso para que otros respeten tus límites es que tú los respetes primero. Para ello es necesario que aprendas a serenarte, no intentar abarcarlo todo y fundamentalmente aprende a decir «no».

2.  La microdesconexión es tu aliada. En tu día a día, haz pausas reales: cinco minutos cada hora para levantarte, mirar por la ventana, respirar hondo. El cerebro necesita esos paréntesis para no fundirse.

3.  Intenta trabajar mejor en vez de más, haz pequeños cambios que puedan hacer el trabajo menos estresante y más eficiente.

4.  Aprende a manejar el estrés. Existen diferentes técnicas para ello que pueden estar a tu alcance. Cuidar tu cuerpo es fundamental. El ejercicio físico regular es el mejor antídoto contra el estrés. No se trata de ser atleta, sino de caminar, bailar o hacer yoga 30 minutos al día. Y, por favor, duerme: sin sueño reparador, no hay resiliencia que valga. El sueño es la carga de la batería.

5.  Cambia tu diálogo interno. Si te dices a ti mismo «tengo que aguantar», «no puedo fallar», «debo ser perfecto», estás cavando tu propia tumba. Sustituye esos «debo» por «elijo», «prefiero» o «necesito». Date permiso para errar y para no ser el mejor en todo. La excelencia no exige la perfección.

6.   Conecta con lo que te da sentido. Recuerda por qué elegiste tu trabajo. Encuentra pequeños momentos de propósito: esa conversación con un compañero, ese proyecto que te ilusiona. Si el trabajo no te lo da, búscalo fuera: un hobby, un curso de algo que siempre quisiste aprender.

7.   Genera actividades externas al ámbito laboral, intensifica y revaloriza las relaciones personales y familiares.Planifica y desarrolla actividades de ocio. Dispón de tiempo para el juego y la recreación.

8.  Pide ayuda si no encuentras salida. Habla con tu jefe, con recursos humanos, con un amigo. No estás solo. Y si sientes que el agotamiento te desborda, busca a un profesional de la salud mental. La terapia te dará herramientas específicas para ti, y en algunos casos, el apoyo farmacológico puede ser necesario para salir del hoyo.

9.   Acepta que no puedes controlarlo todo. El cambio más profundo es interno: acepta que hay cosas que no dependen de ti. Suelta la necesidad de controlar el resultado de cada tarea. Haz tu mejor esfuerzo y luego… suelta. La paz llega cuando dejas de pelear con lo que no puedes cambiar.

10.  Procura no llevar el trabajo a casa. En el hogar desconéctate de los temas laborales.

Si te has identificado con este artículo, si has sentido que te hablo directamente a ti, tómatelo como una llamada de atención. El burnout es un grito de auxilio de tu mente y tu cuerpo. No esperes a estrellarte contra el suelo para empezar a cuidarte. El trabajo es solo una parte de tu vida, no toda ella. Tu salud es tu verdadera riqueza. Recuerda que no puedes dar lo que no tienes.