En los últimos meses mis consultas han cambiado. Las personas que llegan buscando ayuda ya no solo hablan de conflictos internos, de duelos o de heridas del pasado. Hablan de apagones, de cola para el pan, de medicamentos que no se consiguen, del transporte que no pasa, de la inflación que devora el salario, del agua que no llega y del cansancio acumulado que no se va ni después de dormir. De hecho, dormir es muy difícil. Vivimos en un entorno que se ha vuelto hostil para la salud mental. La crisis socioeconómica que atravesamos no es un telón de fondo, es un factor activo que enferma. Hoy quiero explicarte cómo nos afecta esta realidad y qué podemos hacer, en lo personal y en lo comunitario, para no hundirnos.
El estrés crónico: cuando el cuerpo nunca descansa
Nuestro sistema nervioso está diseñado para responder a amenazas puntuales: si aparece un peligro, se activa la alerta (aumenta el ritmo cardíaco, se libera cortisol y adrenalina), enfrentamos la situación y luego volvemos a la calma. Eso es el estrés agudo.
Pero cuando las amenazas se vuelven permanentes (apagones que no cesan, incertidumbre económica cada día, dificultades para comer o disponer de agua potable), el sistema se queda atrapado en modo alerta. Eso es el estrés crónico.
Las consecuencias del estrás crónico en la salud mental incluyen:
- Insomnio (la mente no se apaga porque siempre hay algo por resolver).
- Irritabilidad constante (cualquier roce desencadena una explosión).
- Fatiga extrema (el cuerpo se agota de tanto estar tenso).
- Dificultad para concentrarse (la atención se dispersa entre mil preocupaciones).
- Somatizaciones (dolores de cabeza, de estómago, palpitaciones sin causa orgánica, y opresión en el pecho, entre otros síntomas).
Estos malestares no son signos de debilidad, son respuestas biológicas normales ante un entorno anormal.

Los pilares rotos: qué necesitamos y no tenemos
La psicología y la psiquiatría han identificado ciertos determinantes sociales de la salud mental. Son condiciones básicas que protegen nuestro equilibrio psíquico. En nuestra realidad actual, casi todos están dañados. Veamos algunos de ellos.
- Alimentación: La escasez, la inflación y la dificultad para acceder a proteínas vegetales y alimentos en general, provoca irritabilidad, fatiga y apatía (la desnutrición leve ya altera el ánimo).
- Agua potable: Fallas frecuentes o permanentes. Esto lleva a falta de higiene, sensación de indignidad, tensiones domésticas y aumento de conflictos familiares.
- Electricidad: Los apagones prolongados dan lugar a la desorganización de rutinas (no cargar teléfono, no ver televisión, no conservar alimentos), lo que lleva a experimentar impotencia y aislamiento.
- Medicamentos: Desabastecimiento crónico. Vemos pacientes con trastornos mentales que abandonan sus tratamientos y recaen, por no tener a su alcance los fármacos que necesitan.
- Transporte deficiente, caro o inexistente: Esto produce aislamiento social, dificultad para acudir a consultas médicas o al trabajo. En fin, más estrés.
- Trabajo e ingresos: Salarios que no alcanzan e inflación, lo que genera ansiedad, sensación de fracaso y pérdida de proyectos de vida
La impotencia y la indefensión aprendida
Uno de los mecanismos más dañinos para la salud mental es la percepción de falta de control. Cuando una persona intenta una y otra vez resolver un problema (conseguir un medicamento, reparar una avería, mejorar sus ingresos) y siempre fracasa por causas externas, su cerebro aprende que “hacer algo no sirve para nada”. Eso es la indefensión aprendida. Sus síntomas principales son:
- Apatía: dejar de intentar, quedarse en la cama, no cuidarse.
- Desesperanza: creer que nada va a cambiar, que el futuro no existe.
- Irritabilidad pasiva: quejarse sin buscar soluciones, culpar a otros, sensación de falta de energía para actuar.
La indefensión aprendida es un caldo de cultivo para la depresión. Y en un contexto de crisis prolongada, no es una falla individual, es una respuesta colectiva razonable.
¿Qué podemos hacer para proteger nuestra salud mental?
No voy a ofrecer soluciones mágicas. No puedo cambiar los apagones ni hacer aparecer medicamentos, pero sí puedo sugerir pequeñas acciones que te ayuden.
- a) Mantener rutinas, aunque sean mínimas. Cuando todo es caos, la rutina es un ancla. Aunque haya apagones, intenta mantener horarios para comer, bañarte (con la poca agua que tengas), descansa y conversa en familia. La predictibilidad reduce la ansiedad.
- b) Nombrar las emociones sin culpa. No te castigues por sentirte mal. Di: «Hoy estoy frustrado porque no hay luz» o «Estoy asustado por no tener medicinas». Nombrar la emoción evita que se expanda a todo tu ser. Compartir tu malestar con alguien de confianza también alivia.
- c) Desconectar del bombardeo de malas noticias. Está bien informarse, pero no todo el día. Dedica la mayor parte del tiempo a hacer otras cosas: leer, escuchar música, jugar con un niño, conversar con un amigo y otras tantas iniciativas que se te ocurran.
- d) Construir redes de apoyo mutuo. La solidaridad vecinal y familiar es uno de los factores más protectores. Compartir un poco de agua, prestar un cargador, ayudarse con la cola del pan, o simplemente escuchar al otro sin juzgar: todo eso es capital social y fortalece la salud mental de todos.
- e) Microacciones de autocuidado. No necesitas una hora de gimnasio o un spa. Respira profundo tres minutos cada mañana, estírate antes de dormir, dedica tiempo a la relajación.
- f) Pide ayuda profesional cuando los síntomas persistan. Si el malestar te impide levantarte de la cama, si no puedes dormir durante semanas, si has pensado en quitarte la vida, acude al médico de familia o a un servicio de psiquiatría. Aunque falten recursos hay profesionales dispuestos a escuchar y acompañar.
La resiliencia tiene un límite y no debemos confundir sobrevivir con vivir
Se habla mucho de resiliencia como la capacidad de sobreponerse. El pueblo cubano ha demostrado una resiliencia asombrosa durante décadas. Pero la resiliencia no es infinita. Cuando la crisis se prolonga y las soluciones no llegan, la cuerda se estira y puede romperse.
No debemos confundir sobrevivir con vivir. Sobrevivir significa resistir, aguantar, salir del día. Vivir implica poder proyectarse, disfrutar, descansar, sentir esperanza. La salud mental no es solo no estar enfermo: es tener bienestar. Y el bienestar necesita condiciones materiales, no solo fortaleza interna.
Por eso, como psiquiatra, me siento en la obligación de decirte: Tu tristeza, tu ira, tu insomnio, tu desesperanza, no son fracasos personales, son reacciones humanas ante un entorno inhumano.
Finalmente, quiero recordarte algo fundamental: tú importas, tu salud mental importa. Y aunque el contexto sea adverso podemos tejer pequeñas redes de humanidad que nos sostengan. Cuida al vecino, aunque sea con una palabra amable. Escucha a tus hijos, aunque no tengas respuestas para sus preguntas. Conversa más con tu pareja para resolver las tensiones que se pueden presentar.
Y recuerda lo que escribió el poeta: «Aún en la noche más oscura, hay quien puede ver la luna». No es ingenuidad, es resistencia.

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