«Belladonna of Sadness»: Las acuarelas satánicas

En estos tiempos que caminan, qué digo caminan, que huyen, «Belladonna of Sadness» (1973) es la clase de películas a la que solo llegas si una tarde, caminando en una senda rodeada de árboles, una ráfaga te susurra su nombre.

Pero bueno, ¿qué estoy diciendo? Me dejo de dramatismos. Es una película animada de los años 70, bastante de nicho, pero tampoco es tanto el misterio. Es la clase de cosa rara a la que X Distante podría exponerte de casualidad cuando tu corteza cerebral todavía es una pasta informe.

Este filme de Eiichi Yamamoto constituye la última pieza de la trilogía «Animerama», que junto a «A Thousand One Nights» (1969) y «Cleopatra» (1970) fueron una apuesta bastante arriesgada de hacer filmes que mezclaran contenido erótico explícito y animación experimental. El estudio que la produjo terminó en bancarrota.

He de mencionar que «Cleopatra» (1970) la pude disfrutar hace bastante rato. En ella se nota mucho la influencia de Osamu Tezuka en cuanto al diseño de personajes. Era un filme mucho más inofensivo, casi bobo, y más allá de los asuntos picantes, diría que apto para todo público.

Belladonna of Sadness «Belladonna of Sadness» (1973) es una bestia distinta. La historia se centra en Jeanne, una campesina de la Francia feudal que será sometida a toda clase de atropellos, entre los que se encuentra el ser violada por el duque que rige sus tierras y someterse a un pacto con el diablo, que en este filme adopta una forma… fálica, diríase.

Ahora, que aborde temas más escabrosos no quiere decir que sea un filme profundo en cuanto a su trama, personajes y tal. Más allá de una idea con la que la película coquetea, esto es, que el trauma no edifica y no es signo de una posterior salvación, estamos ante una historia simplona, maniquea.

Donde reside el interés y la maravilla del filme es en su aspecto visual y sonoro. Dividiría las escenas en dos tipos: las contemplativas y las desatadas.

Las primeras son las más comunes y extensas. En ellas encontramos la mayor parte del peso narrativo, y lo digo en un sentido literal: animación limitada, una suerte de paneos por tapices de acuarelas hermosos y la sucesión de diálogos y eventos.

Distan de ser malas, pero su quietud puede en ocasiones afectar el ritmo de la peli y, cuando el espacio entre el otro tipo de escenas se alarga demasiado, nos deja en una espera tortuosa.

Belladonna of Sadness Ahora, cuando la animación se desata, échate a temblar; deja que se te atoren en las pupilas auténticas orgías de psicodelia sin respeto alguno por la coherencia, puras vibras y color y movimiento, y la música, por Dios, una mezcla entre j-pop con un rock progresivo que multiplica el deleite. Solo por estas escenas ya considero que se le debería dar una oportunidad.

No obstante, es una obra a la que se debe acercar con muchísimo cuidado y disfrutársela con sus defectos. Por desgracia, pareciera que ni los propios creadores estaban del todo convencidos de que el público estaría dispuesto a verla sin prejuicios.

Sospecho que es por esto que el final mete ese volantazo que pretende darle a todo el relato una especie de moraleja o sentido alegórico, pseudofeminista. De más está decir que en un anime de ética cuestionable donde se roza la explotación, esto pega tanto como una ballena disfrazada de Iggy Pop; por tanto, hagámosle un favor y riámonos de ello.

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Con información de Rolando Casals (Estudiante de Periodismo)