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La urgente necesidad del silencio en el día internacional de la concienciación sobre el ruido

Cada último miércoles de abril, el mundo se detiene o debería detenerse, el ruido para pensar en él. Este 2026, la fecha se celebra el 29, y la efeméride no es un capricho ecologista: nace de la necesidad de combatir la contaminación acústica, esa intrusa invisible que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya considera una epidemia silenciosa. Porque el ruido no solo molesta: mata lentamente, en forma de hipertensión, insomnio, ansiedad y pérdida auditiva.

Cuando la música se convierte en ruido contaminante

En el planeta entero, la exposición al ruido es la norma. Ciudades como Delhi, Ciudad de México o Madrid sufren niveles crónicos por encima de los 65 decibeles diurnos, cuando lo aconsejable no pasa de 55. Pero el problema no es solo externo: la vida moderna nos ha convertido en generadores voluntarios de ruido: auriculares a todo volumen, aspiradoras, licuadoras, televisores encendidos sin nadie mirando, videollamadas en espacios compartidos y alarmas innecesarias. Nunca antes el ser humano había estado tan expuesto a un paisaje sonoro agresivo y continuo.

En Cuba, el ruido tiene nombre y apellido cotidianos. A los problemas comunes se suma un fenómeno muy particular: las motorinas y motocicletas adaptadas con potentes equipos de música que circulan a cualquier hora con reguetón o salsa a niveles estruendosos. Es simplemente una práctica extendida que convierte cada calle en un escenario sonoro impuesto.

Estos vehículos, a menudo transformados con parlantes que duplican el volumen del motor, se han convertido en un símbolo de la contaminación acústica criolla. A eso se suman el parque automotor envejecido, las guaguas donde el chofer impone su música a los pasajeros, los vecinos que prolongan la fiesta hasta altas horas y cierta arraigada idea de que el volumen alto es sinónimo de alegría o de presencia social. La consecuencia es una calidad de vida que se resiente sin que muchos se atrevan a reclamar.

Frente a esto, el contraste entre las medidas tomadas en el mundo y Cuba es ilustrativo, pero también lo son los pasos que se han dado en el archipiélago. En el ámbito internacional, ciudades como París, Barcelona o Nueva York han instalado radares acústicos que multan automáticamente a vehículos y motos que superan los decibeles permitidos. La Unión Europea exige mapas de ruido estratégicos y planes de acción quinquenales. Existen zonas de silencio protegidas por ordenanzas severas. El mundo avanza, aunque con desigual velocidad, hacia ciudades acústicamente más humanas.

En Cuba, el marco legal existe y no es despreciable. La legislación ambiental y de convivencia social establece horarios de tolerancia (generalmente hasta las 10:00 p.m. para música residencial, con niveles máximos de 55 a 65 decibeles según la zona). La Policía Nacional Revolucionaria tiene facultad para actuar ante denuncias y puede decomisar equipos de sonido cuando se exceden los límites. Esfuerzos locales hay, algunos consejos populares han logrado concientizar a vecinos mediante diálogo comunitario, y en ciertos municipios se han realizado operativos puntuales que han servido para disuadir a los infractores reincidentes.

Sin embargo, es justo reconocer que la aplicación enfrenta desafíos, como la falta de recursos y la limitada disponibilidad de patrullas en horarios nocturnos, entre otros factores que hacen que muchas veces el ruido continúe sin intervención. Queda, por tanto, un trecho por andar. En tal sentido, sería beneficioso que Cuba fortaleciera sus campañas educativas desde las escuelas y los medios comunitarios, enseñando que el respeto al descanso ajeno es también un acto de civismo.

Algunas experiencias internacionales podrían estudiarse con interés para adaptarlas a la realidad cubana, siempre desde el principio de que la solución no es la represión, sino la conciencia colectiva.

El reto no es menor, pero la voluntad de mejorar la convivencia está presente en muchas comunidades y en muchos funcionarios que día a día escuchan las quejas de sus vecinos.

Este día nos confronta con una pregunta incómoda: ¿estamos dispuestos a bajar el volumen? No se trata de mudez absoluta, sino de recuperar el derecho a no oír lo que no deseamos oír.

Porque en el ruido constante, al final, no escuchamos nada importante: ni el canto de un pájaro, ni una conversación en voz baja, ni las señales de nuestro propio cuerpo pidiendo descanso. El silencio no es vacío; es el espacio donde todavía podemos pensar.