La cotidianidad del holguinero se ha convertido en una carrera de obstáculos donde la economía doméstica se enfrenta, día tras día, a una realidad complicada. Los permanentes apagones, la crisis económica, la inflación monetaria y el creciente mercado informal, son constantes diarias.
Para entender lo que ocurre hay que describir el escenario. En las arterias de la ciudad de Holguín, específicamente en zonas como la calle Real del reparto Pueblo Nuevo, el acto de adquirir alimentos no solo golpea el bolsillo por los altos precios, sino que ahora disminuye la capacidad de compra y la dignidad de muchos debido al maltrato y la indisciplina social.
En esta zona, a ambos lados de la calle, se ha consolidado un mercado paralelo al aire libre. Allí, decenas de personas ofrecen productos alimenticios y de aseo personal. La mayoría, como reconoce cualquier transeúnte habitual, no tiene patentes ni permisos legales para expender mercancías. Es la reventa en estado puro, tolerada y hasta invisibilizada.
Pero, pongámonos contexto. Un ciudadano común, después de sortear colas en cajeros automáticos, límites de extracción y fallas en la banca digital, logra retirar su salario. Pero el alivio dura poco: los billetes que recibe son, cada vez con más frecuencia, de 20, 50 y 100 pesos. Denominaciones bajas, sí, pero de curso legal. Con ese dinero en mano sale, convencido de que podrá comprar al menos un paquete de pollo.
Más, su satisfacción durará poco, su dinero no es aceptado, con la justificación de que las «Mipymes» no aceptan billetes de denominaciones menores a 100 pesos.
En primer lugar, resulta alarmante cómo se ha naturalizado el rechazo a billetes de baja denominación por parte de vendedores particulares e ilegales. Aunque el Banco Central de Cuba respalda la validez de todas las piezas monetarias en circulación, en la práctica, los billetes de 20, 50 y 100 pesos son vistos con desdén en el mercado informal.
Esta arbitrariedad coloca al trabajador, que recibe su salario en una tarjeta digital y que luego sortea obstáculos para materializarlo, en una situación de total indefensión.

Por otra parte, la problemática trasciende lo económico para instalarse en el plano de la convivencia ética.
Cabe preguntarse. ¿Dónde están las autoridades que tienen en su encargo social velar y hacer que se cumplan las leyes en Holguín? ¿Acaso no es su función verificar que quienes venden en la calle cuenten con los permisos establecidos? ¿No deberían controlar que los precios no sean abusivos y que el vendedor no decida arbitrariamente qué billetes sirven?
¿Cómo entender que el Banco Nacional de Cuba mantiene en circulación billetes de 20, 50 y 100 pesos y los comerciantes —formales e informales— los rechazan? La entidad bancaria no puede lavarse las manos. Si su moneda no tiene aceptación real en las transacciones cotidianas, entonces el sistema financiero cubano está fallando en su esencia. Y mientras tanto, el ciudadano queda atrapado: no puede pagar con tarjeta porque la banca en línea es un laberinto, y tampoco puede pagar con efectivo porque los billetes que le dan son “no gratos” para los vendedores ilegales.
El bloqueo económico impuesto por Estados Unidos agrava la crisis, pero no explica todo. La inflación, el desabastecimiento y una economía cada vez más debilitada son el telón de fondo.
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La bancarización es un paso necesario hacia la modernización, pero mientras el efectivo siga siendo la vía principal de intercambio en la calle, no se puede permitir que el mercado informal dicte sus propias reglas financieras. El Estado tiene la responsabilidad de proteger al ciudadano común de estos atropellos que ocurren a plena luz del día.
Los cubanos ya viven una epopeya diaria. No necesitan que, además, los revendedores sin patente decidan qué billetes valen y cuáles no. Al final, la pregunta más profunda no es solo qué está pasando en Holguín, sino hasta cuándo la ciudadanía tendrá que sortear sola esta situación. Porque si el círculo se cierra con agresiones y billetes rechazados, lo único que crece es el vacío de autoridad, la desprotección y una soledad que duele más que el hambre.
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