Compañía Palabras al Viento, Holguín
Foto: Tomada de Facebook

Palabras al Viento, el susurro del arte durante 22 años

Hay aniversarios que se cuentan con cifras, con listas de premios o con el recuento frío de funciones realizadas. Pero el de Palabras al Viento se mide mejor en los silencios que han sabido llenar, en las lágrimas furtivas durante «Cuando los hijos se van» y en las risas cómplices de los niños que aún creen que un fantasma llamado «Wasy» puede enseñarles a escuchar a Chopin.

Hoy, 14 de abril, la compañía dirigida por el incansable Fermín López no celebra simplemente 22 años de existencia. Celebra la osadía de haber nacido en 2004 como un «Pico de Oro» dentro de un teatro, para luego echarse a volar sola, entendiendo que el cuento no cabe en un escenario si no se ensucia las manos con la comunidad.

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Fermín, ese soñador al que ya la ciudad reconoce como Hijo Ilustre, entendió muy pronto que narrar no es solo abrir la boca. Es abrir el cuerpo. Por eso en la Casa del Cuento, ese refugio encaramado en la mística Loma de la Cruz, el aire no solo se llena de voces, sino de música en vivo para «Bodas de sangre», de sombras chinescas para dibujar a Lorca, y de gestos precisos para que la poesía de Galeano en «Confesiones» acaricie el alma sin necesidad de rozar la piel.

Pero si hay algo que distingue a esta tropa de soñadores profesionales es su testaruda vocación de estar, incluso cuando el mundo dijo «alto». Cuando la pandemia cerró teatros y acalló plazas, ellos inventaron la intimidad del teléfono con «Cuentos de 10 a 12» y la cercanía digital con «Cuentos vía WhatsApp». Demostraron que la narración oral no es un espectáculo, es un salvavidas afectivo. Una llamada a tiempo para un anciano solo o un audio de voz para un niño asustado en el encierro.

Y ahí reside la clave de su consolidación. Han sido capaces de lo épico —representar al país allende los mares con la gracia de Fábulas de Cuba— y de lo más profundamente íntimo —traducir el dolor de la migración en «Cuando los hijos se van» a un lenguaje universal que no entiende de fronteras—. Han sabido hablarle al oído al erudito con «Benedetti» y han sabido abrir los ojos del sordo con «Lecturas multicolor», demostrando que las palabras pueden verse en el aire cuando hay manos que las dibujan.

Veintidós años después, Palabras al Viento sigue siendo dueña de una propuesta sólida porque está hecha de un material que no se erosiona: la empatía. Son el referente nacional que esculpe historias con el cuerpo y el colectivo que convirtió una peña en la biblioteca, en una cita sagrada con la imaginación.

Por eso, felicitarlos hoy es reconocer que en una era de ruido ensordecedor y contenidos efímeros, ellos siguen susurrando al oído de la provincia y del país. Y ese viento, el que sopla en la Loma de la Cruz cada vez que Fermín López dice «Había una vez…», está cargado de una magia que ni el tiempo ni el olvido podrán llevarse jamás. ¡Salud, y que vengan muchas más historias!