Madre cubana
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Las muchas caras de la maternidad

Es todavía de noche cuando suena el despertador del teléfono. En la otra habitación un niño da vueltas entre las sábanas, buscando con los pies el lado más fresco de la cama. La madre se incorpora, camina casi a oscuras hasta la cocina y, sin hacer ruido, pone la cafetera. 

Mientras espera el primer aroma, repasa mentalmente lo que tiene por delante: la merienda escolar, la visita al médico, la tarea atrasada y el cuento que prometió leer antes de dormir.

En el edificio, a esas horas, las madres se reconocen por la energía. Son las que bajan las escaleras con paso ligero, una jaba en la mano y la otra libre para contestar un mensaje, ajustar un lacito, sostener un abrazo rápido. 

Maternar en estos tiempos es, también, aprender a hacer mucho con poco, y sentirse orgullosa de esa capacidad.

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Es convertir una simple masa de harina en una panetela para el cumpleaños, transformar una tela reciclada en el disfraz del matutino, hacer del balcón un pequeño huerto donde crecen, junto a las plantas, la paciencia y la esperanza en un futuro mejor.

En la consulta del pediatra, mientras esperan su turno, una madre saca de la jaba un libro de cuentos y empieza a leer en voz alta. A su alrededor, otros niños se acercan, curiosos, y terminan sentados en el piso, escuchando.

La enfermera sonríe desde la puerta. En medio de cualquier escasez, esa escena demuestra que todavía persiste el deseo de que los pequeños crezcan rodeados de historias bonitas, de palabras que los hagan soñar.

No todas las tardes son fáciles, pero muchas terminan en risa. En el parque del barrio, unos columpios medio viejos se convierten en naves espaciales, barcos piratas, castillos. Las madres, sentadas en un banco, conversan mientras vigilan los juegos. Hablan de los retos, claro, pero también de los progresos. 

Comentan sobre el hijo que ya no teme a la oscuridad, de la niña que aprendió a compartir, del adolescente que decidió quedarse y estudiar aquí porque quiere cambiar las cosas desde adentro. Cada logro se celebra y ese hábito de celebrar lo pequeño va llenando de luz los días.

Maternar en estos tiempos implica educar para el futuro. Es enseñar a los hijos a cuidar el agua, a no tirar basura, a respetar a los mayores, a decir «gracias» y «por favor» incluso cuando el entorno parece ir deprisa y sin paciencia.

Es mostrarles que la honestidad sigue siendo un valor, que la solidaridad no pasa de moda, que compartir lo poco que se tiene puede hacer una gran diferencia en la vida de otro niño. Es, en definitiva, sembrar en ellos la idea de un país más justo y más amable.

Ser madre hoy en Cuba es sostener la esperanza, incluso cuando el panorama se pone nublado. Es confiar en que lo que se está sembrando —valores, cariño, resiliencia, sentido de pertenencia— dará frutos mañana, aunque ahora mismo no se vean todos.

Es creer que cada beso en la frente, cada conversación a la hora de dormir, cada mano que no suelta a la del niño en la calle, está construyendo un adulto más seguro, más sensible y con mayor capacidad para cuidar también a otros.

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