Hay cosas que no entienden de bloqueo ni de apagones. Una de ellas es el corazón de una madre cuando su hijo amanece con fiebre a cien kilómetros del hospital o la mano del cirujano que opera a un recién nacido con el quirófano a media luz, pero con el pulso firme.
En Holguín, el Hospital Pediátrico Provincial Octavio de la Concepción y de la Pedraja se parece más a una casa grande que a una fortaleza. Porque aquí, en medio de la compleja realidad energética y económica que vive Cuba, la infancia sigue siendo sagrada. Y lo sagrado, se cuida de otro modo.
El primer milagro es casi logístico: que una madre del municipio más apartado no tenga que dormir en una terminal de camiones con su hijo enfermo. Por eso, la Dirección Provincial de Salud decidió que fueran los médicos quienes se movieran, no los niños. Hoy, 14 especialidades —entre ellas Endocrinología, Reumatología, Dermatología— viajan a los policlínicos. Y para cosas más finas, como la Cardiología Pediátrica, hay consultas en cada municipio. Así, el cardiólogo no es un extraño, sino ese señor de bata blanca que viene cada quince días.
Lo otro grande es la cirugía. Las operaciones programadas han tenido que esperar, eso es verdad. Pero nadie espera cuando la vida corre más que el tiempo. Los recién nacidos con malformaciones y los niños con cáncer pasan al frente. Allí no hay lista de espera que valga.
Y hablando de cáncer: el Centro Regional de Oncopediatría atiende a pequeños de Holguín, Las Tunas y Granma. El bloqueo económico ha puesto trabas para conseguir ciertos medicamentos —sobre todo los que vienen de Estados Unidos—, pero los médicos han aprendido a inventar. No siempre pueden dar el fármaco de primera elección, pero siempre encuentran un camino para que ningún niño se quede sin su tratamiento. El resultado es tan conmovedor como real: más del 90 % de esos niños sobreviven.
Al final, lo que sostiene todo esto no está en una vitrina de insumos importados. Está en la decisión de un equipo médico que, ante la escasez, no responde con el hombro caído, sino con la ética tensa. Cada suero que corre es un pequeño latido más. Cada cirugía exitosa, un aplauso que nadie oye pero que todos los que estamos fuera deberíamos corear.
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