José Luis García, escritor holguinero

El auriga de Holguín detiene su carro: Adiós a José Luis García

Hay muertes que, más que un silencio, dejan un eco. La de José Luis García Rodríguez, ocurrida en su amada ciudad de Holguín el pasado 9 de abril, es de esas. Se fue a los 71 años un hombre que hablaba bajito, como para que las palabras no molestaran a los duendes de la imaginación, pero que escribía con el estruendo justo para despertar conciencias y acariciar almas.

Para definirlo, los expedientes oficiales dirán: Narrador, dramaturgo, Premio Alejo Carpentier, miembro de la UNEAC. Eso es cierto, pero es solo la cáscara del expediente. La pulpa de su vida estaba en otra parte: en la textura de la brisa que baja de la Loma de la Cruz, en el salitre de la playa donde situó sus «Últimos días junto al mar» y en la miopía lúcida de quien veía más allá de lo evidente porque se detenía a escuchar lo que otros ignoran.

Era un periodista peculiar. No era el del micrófono en la calle buscando la cuña urgente, sino el de la pausa en la cabina de radio, el que entendió que el oficio de contar la verdad también pasa por contar la belleza. Hizo del periodismo cultural un ejercicio de resistencia y de amor en una ciudad que respira arte hasta por los adoquines de sus parques.

Su paso por la vida fue, de algún modo, como uno de sus personajes de «Ambientes de saxofón»: una melodía que por momentos se torna nostálgica, pero que nunca pierde la cadencia criolla ni la hondura de quien ha vivido mirando hacia adentro.

Holguín se quedó  sin el «hombre de los guantes amarillos», ese que con guantes de seda supo tocar las fibras más duras de la existencia cubana contemporánea sin romperlas, solo para señalarnos que estaban ahí. Deja una obra que seguirá dialogando con los lectores del mañana, y deja, sobre todo, el recuerdo de un holguinero que nunca traicionó el ritmo de su terruño.

Hoy Holguín está un poco más sola. Pero si uno cierra los ojos en el Parque Calixto García cuando el viento agita las palmas, quizás se pueda escuchar, en ese rumor, el tecleo eterno de José Luis escribiendo su próxima historia, esa que ya no leeremos en papel, pero que vive en el corazón de quienes tuvieron la suerte de saberlo amigo y maestro.