Carlos Manuel de Céspedes

El legado de un padre, Céspedes y su ejemplo para Cubas a 152 años de su partida

Hubo un tiempo en que Cuba era todavía un sueño sin nombre, una idea que vagaba en los ingenios, en los campos y en las mentes de quienes leían a los filósofos prohibidos. Hasta que un día, un hombre de barba espesa y mirada de acero decidió que ya era hora de que ese sueño tuviera voz. Ese hombre fue Carlos Manuel de Céspedes, y su historia no empieza con un almanaque, sino con un gesto: romper los silencios de siglos y convocar a un pueblo.

Céspedes fue muchas cosas en una sola vida. Abogado formado en las aulas de Bayamo y en los caminos de Europa, poeta que versaba la libertad antes de escribirla con pólvora, hacendado que miró a sus esclavos y entendió que la patria no podía construirse sobre cadenas. Cuando el 10 de octubre de 1868 reunió a unos cuantos hombres en su ingenio La Demajagua y les habló de independencia, no estaba solo alzando un machete: estaba cambiando la historia. Antes de Céspedes, Cuba era colonia; después de él, Cuba fue causa.

Organizó la primera guerra, redactó manifiestos, fue presidente de la República en Armas y empujó, contra viento y marea, la primera Constitución cubana en Guáimaro. No gobernó desde palacios, sino desde maniguas y campamentos, con el sonido de la guerra como música de fondo. Y aunque la política y las diferencias con otros patriotas lo apartaron del cargo, jamás lo apartaron de la lucha. Cuando cayó en San Lorenzo, aquel 27 de febrero de 1874, no cayó un político ni un general: cayó un hombre que prefirió morir de frente antes que vivir de rodillas.

El legado de Céspedes no se cuenta en libros de texto, aunque los libros lo cuenten. Se cuenta en cada cubano que decide quedarse y construir, en cada joven que estudia para ser útil a su tierra, en cada campesino que siembra un pedazo de monte con la esperanza de cosechar futuro. Él nos enseñó que la libertad no es un regalo, sino una conquista diaria; que la patria se hace con las manos y con el alma, y que no hay independencia verdadera si no viene acompañada de justicia. Su decreto de abolición de la esclavitud no fue solo una medida política: fue una declaración de principios que aún nos convoca.

En la Cuba de hoy, golpeada por dificultades que a veces parecen insalvables, la figura de Céspedes emerge como un recordatorio necesario. Nos habla desde la distancia de los siglos y nos dice que los pueblos que olvidan su origen se quedan sin brújula. Nos dice que la unidad es posible a pesar de las diferencias, que el coraje no es patrimonio de una época, y que cada cubano, desde su trinchera ;sea un aula, un taller, un campo o una oficina, tiene algo que aportar a esa obra que llamamos patria.

Por eso, cuando los días se nublan y el desaliento quiere ganar la partida, vale la pena recordar a Céspedes. No como una estatua en una plaza, sino como el hombre de carne y hueso que un día, en un ingenio de Oriente, nos enseñó el camino. Su muerte en San Lorenzo no fue un final, sino un relevo. Y hoy, 152 años después, la antorcha sigue encendida, esperando por manos nuevas que sepan sostenerla.

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