Cuba vive un escenario socioeconómico muy difícil con marcado deterioro de la calidad de vida y la pérdida de valores cívicos, y en medio de este complejo panorama podemos preguntarnos: ¿Cómo propiciamos el sentido de la responsabilidad? ¿Cómo se asume el rol educativo de inculcar deberes y velar que los modos de actuación estén ligados al compromiso social? ¿Cómo impedir que situaciones adversas den paso a inadecuadas manifestaciones públicas que traspasen los límites legales o el respeto?
La responsabilidad social, ese compromiso de los ciudadanos hacia su comunidad y el bienestar colectivo, enfrenta múltiples desafíos. En los tiempos actuales nada fácil resulta lograr la armonía en la convivencia y esa conciencia y cooperación ciudadanas que tanta falta hacen para adaptarnos a nuestra dura realidad.
Ser responsables implica, bajo cualquier circunstancia, cumplir con nuestras obligaciones y asumir las consecuencias de nuestros actos, y ese modo de actuación es un proceso que se educa desde la infancia. En ese sentido la educación desempeña un papel fundamental en la formación de valores ciudadanos. Pero, en la actualidad, se aprecian fallas significativas tanto en el ámbito familiar como escolar.
Conocido es que en muchos hogares, la escasez de recursos económicos obliga a los padres a priorizar la subsistencia, con poco tiempo para inculcar valores éticos y sociales en sus hijos, y aunque comprensible, este actuar propicia que las nuevas generaciones crezcan con una visión distorsionada de la responsabilidad social, viendo la competencia y el individualismo como estrategias de supervivencia.
Y por supuesto, inculcar responsabilidad implica el valor del ejemplo porque no debemos exigir desempeños que antes no hemos demostrado.
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En los últimos años las actuaciones alejadas del buen comportamiento cívico han emergido en Cuba con tendencia creciente y diferentes manifestaciones, actos como la corrupción y el aprovechamiento de situaciones adversas se vuelven cada vez más comunes, socavando la confianza entre los ciudadanos.
La creciente individualidad y desinterés por el bienestar común son síntomas preocupantes. Así lo evidencian actitudes cotidianas, como la falta de civismo en los espacios públicos y la indiferencia ante los problemas sociales. A medida que predomina una cultura del «sálvese quien pueda», se pierde el sentido de pertenencia y se debilita el tejido social.
En la Cuba de hoy la familia tiene un rol vital en la formación de una ética social sólida. Si no enseñamos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a afrontar los problemas que nos rodean sin la necesidad de culpar siempre a alguien, con los años serán adultos egoístas, incapaces de responder a determinadas situaciones de la vida, incapaces de aportar soluciones de beneficio colectivo.
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No pocos jóvenes están creciendo hoy con una idea distorsionada de la vida despreciando el impacto social del incumplimiento de sus tareas. En muchos casos no logramos que asuman por convicción sus deberes.
La irresponsabilidad individual y colectiva presente en la actualidad en cualquier ámbito de la sociedad es consecuencia del deterioro de los valores cívicos y del desfavorable panorama económico de la Cuba de hoy, de las insuficiencias en el trabajo educativo tanto en escuelas como en el hogar y también de actitudes pasivas y tolerantes.
Sin dudas, el diálogo familiar debe estar abierto a la realidad que nos afecta en todas sus aristas, sin perder la concepción de la responsabilidad social. Necesitamos transformar nuestro entorno, sí, pero también cualidades que conlleven a reconstruir la confianza y los lazos sociales.
La toma de conciencia colectiva sobre la importancia de la responsabilidad social es fundamental para promover un cambio positivo y aspirar a una Cuba donde la solidaridad y la cooperación continúen siendo pilares de convivencia.
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