Prenderle fuego a la lluvia

Se finge tantas veces que nos creemos que siempre llegamos al orgasmo en la cama o el lugar donde ocurra, pero lo cierto es que un estudio dice que tanto la mujer como el hombre simulan lo que no siempre se consigue, aunque no sé por qué se le atribuye una mejor actuación a ellas.

Todos nos acordamos, y si no todos, les sugiero que vean el filme Cuando Harry encontró a Sally, producción estadounidense de 1989, donde se produce una escena clásica de este tema: ella trata de convencer a su interlocutor de que las mujeres fingen y, la mayor parte de las veces, los hombres ni se enteran. La capacidad interpretativa de Sally, interpretada por Meg Ryan es una explosión sarcástica del momento al jadear sin límites y sin vergüenza en medio de una cafetería llena de comensales.

Que tire la primera almohada quien nunca haya hecho algo de teatro en la cama, quien no haya exagerado sus sensaciones o quien no haya emulado a Sally, por diversas razones.

Se dice que el gusto debe primar a la hora de llegar a la sexualidad y como no todos pueden conquistar alguien tan hermoso como la cantante Adele o el actor Henry Cavill, ambos británicos, buscamos la belleza interior como el tesoro que Indiana Jones buscó y entonces nos volvemos amantes experimentados, creativos, arriesgado, atrevidos y aventureros.

Cerramos los ojos en la intimidad porque no necesitamos ver cuando lo que prima es sentir lo hermoso, lo anhelado, lo necesitado, y muchas veces desechado por los prejuicios sociales de la sociedad mojigata, que siempre busca guardar las apariencias, o nos conformamos con la relación aburrida o reprimimos los deseos por no romper con la lealtad, pero traicionamos en el mundo digital contemplando a los narcisistas que se muestran en la red social Instagram.

Preguntarse por qué se fingen los orgasmos equivale a preguntar por qué se utiliza Photoshop para hacer que las fotos pasen a ser piezas de arte abstracto. La respuesta es siempre la misma: la realidad no gusta y se maquilla, se le añaden atributos que en realidad no posee. Así pues, si fingimos en todas y cada una de las áreas de nuestras vidas, ¿por qué se exige una total sinceridad al apartado sexual?

La pregunta adecuada no sería por qué se simula el orgasmo, sino para qué; porque está claro que el engaño persigue siempre una recompensa, pero en el caso del sexo no está tan claro, ¿qué se gana haciendo creer al otro que hemos tocado el cielo con falsos gritos sexuales?

Según investigadores de la Universidad Eötvös Loránd, de Hungría, las mujeres fingen el clímax sexual porque se sienten inseguras y no quieren ser consideradas como “anormales o disfuncionales”, al no poder llegar al orgasmo.

Esta es la conclusión de uno de los estudios más recientes sobre la materia, publicado en el 2022 en la revista Sexual Medicine y realizado a 360 mujeres heterosexuales. Las que tenían dificultades para alcanzar la llamada petite mort eran las más propensas a fingir. “Aunque la dificultad orgásmica en las mujeres está relacionada tanto con niveles más altos de inseguridad, como con la preocupación por la autoestima de su pareja, fue el primer motivo el que se asoció más fuertemente a la probabilidad de fingir el orgasmo”, escribieron los investigadores.

Claro que ellos también hacen trampa. Aparentemente, es más difícil interpretar ese papel porque se asocia eyaculación a orgasmo, pero no siempre van juntos. “Es el caso de la eyaculación retrógrada, que va a la vejiga sin pasar por la uretra, y que ocurre después de una prostatectomía (operación de próstata) radical”, explica Francisca Molero, ginecóloga, sexóloga, directora del Instituto Iberoamericano de Sexología y presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología.

“En estos casos, aunque se produzca el orgasmo, puede que no se identifique como tal porque es una sensación distinta, al no notar el semen pasando por la uretra. A veces, con determinados fármacos, especialmente antipsicóticos o antidepresivos, la sensación orgásmica que suele acompañar a la eyaculación se pierde o resulta casi imperceptible”, comenta esta sexóloga.

Para Molero, ambos sexos engañan. “Aunque mucho menos que antes. Lo más normal es que se finja al principio de la relación, para quedar bien o no herir los sentimientos del otro; porque el tema sexual es cada vez más importante para que la pareja funcione; la insatisfacción sexual, mantenida en el tiempo, es uno de los principales motivos de ruptura”.

Fingimos por nosotros, por el otro y por la relación, pero no siempre es fácil alargar la actuación. “Generalmente, las mujeres que fingen asiduamente terminan contando la verdad, haciendo visible el problema. Al hombre le cuesta más ser sincero, teme perder su estatus de macho alfa, tanto con las mujeres como con su grupo de amigos”, señala Raúl González, sexólogo, psicopedagogo y terapeuta de pareja.

Desgraciadamente, la temida confesión de que se ha estado fingiendo se hace, la mayor parte de las veces, en un momento de furia en el que, al modo de Rocío Jurado, se reconoce que “hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo”.

“Lo ideal sería que se tratara este tema en una conversación sincera, fluida, teniendo en cuenta los sentimientos del otro; pero la mayor parte de las veces se cae en la franqueza inevitable, cuando la relación está ya muy deteriorada, y se suelta: ‘Pues que sepas que llevo meses que ni me entero”, apunta González. “Alguien dijo que la unión de dos personas era la unión de dos deseos y dos egoísmos. Yo lo amplío a cuatro; ya que cada persona tienen dos deseos (el de desear y ser deseado) y dos egoísmos (quiero pasármelo bien y quiero que el otro disfrute conmigo). Y compaginar todos estos elementos no siempre es fácil”.

Si encajar todas estas piezas en el puzle puede ser complicado, algunos optan por separar orgasmo y placer, y relación sexual con uno mismo y con otros. Era el caso del cantante Elvis Presley, quien sostenía que el mejor sexo se conseguía con el onanismo.

Lo cierto es que en el amor casi todo es permitido, y como en Cuba todo es histórico, pues este tema del orgasmo también lo es, y no nos queda más remedio que prenderle fuego a la lluvia.

José Miguel Ávila Pérez
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