El casco histórico de la Ciudad de los Parques ha vuelto al centro de la polémica ciudadana. Una reciente declaración de la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos de Holguín encendió las alarmas sobre el uso de tonalidades «fuera de norma» en fachadas patrimoniales, invocando la necesidad de proteger la identidad cromática del entorno urbano.
Sin embargo, la respuesta de los holguineros no se ha hecho esperar, abriendo un debate imprescindible sobre las prioridades de la conservación, el marco legal vigente y las exigencias de un desarrollo que no puede quedarse detenido.
Desde el punto de vista normativo, la preocupación de los especialistas tiene un respaldo claro. La Ley No. 155 de Cuidado y Conservación del Patrimonio Cultural y Natural —así como los reglamentos vigentes en materia de urbanismo— ampara la protección de las zonas declaradas Monumento Nacional o Local.
Estas disposiciones legales facultan a las instituciones de Patrimonio a regular las intervenciones físicas, incluyendo la pintura y la modificación de fachadas, con el fin de evitar la contaminación visual y la pérdida de valores tipológicos.
Ciertamente, el color no es un elemento accesorio: forma parte indisoluble de la escala, la textura y la memoria de un inmueble. Ignorar los estudios cromáticos elaborados por los equipos técnicos puede sentar precedentes de indisciplina urbana que fragmenten la imagen armónica de la ciudad.
No obstante, el criterio legal no puede aplicarse de manera descontextualizada. Las opiniones expresadas por la población en plataformas digitales reflejan una insatisfacción latente ante lo que perciben como una contradicción en la escala de prioridades.
Para el holguinero de a pie, resulta paradójico que se ejerza una supervisión tan estricta sobre la paleta de colores de una edificación recién recuperada, mientras otros inmuebles de alto valor arquitectónico —como la emblemática tienda Hanoi u otras estructuras del casco urbano— sufren un progresivo colapso estructural. La legislación patrimonial no solo exige velar por el tono superficial de los edificios, sino garantizar de forma primaria su estabilidad física, su seguridad y su conservación preventiva.
Por otro lado, algunos entendidos en el tema señalan que la propia simbología identitaria de Holguín (presente en el Hacha, la Loma de la Cruz y diversos identificadores institucionales) está fuertemente ligada a tonalidades como el verde. La diversidad cromática es parte del ajiaco cultural cubano; pretender una rigidez estética extrema corre el riesgo de convertir el centro histórico en un escenario estático, distante de la vida social concreta.
Mejorar la ciudad implica entender la conservación como un proceso dinámico. La reanimación de los servicios, la apertura de nuevos comercios y la inversión en la infraestructura urbana constituyen formas legítimas de devolverle la utilidad social al patrimonio. Un edificio cerrado, inactivo y desprovisto de función económica es un edificio condenado al derrumbe, por muy respetada que esté su pintura original.
El marco legal urbano también contempla la necesaria armonía entre el desarrollo socioeconómico y la protección ambiental y cultural. Las autoridades de patrimonio y los nuevos actores económicos están llamados a coordinar esfuerzos a través de consensos oportunos y asesorías previas, evitando que las intervenciones se conviertan en motivos de sanción o denuncia a posteriori, cuando ya la inversión se ha ejecutado.
Preservar la identidad de Holguín exige rigor técnico y apego a la ley, pero también sensibilidad, diálogo y una mirada pragmática. La mejor forma de honrar el pasado de la ciudad no es congelarla en el tiempo, sino garantizar que sus paredes permanezcan en pie, útiles y habitadas por el presente.
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