Olga Alonso

La herencia de Olga: Cuando el arte se vuelve patria y barrio

Si la Campaña de Alfabetización de 1961 nos enseñó a descifrar las letras, hubo otra cruzada —silenciosa, pero de una profundidad sísmica— que se propuso enseñarnos a leer el alma. Fue la de los instructores de arte: muchachos que, con una mochila cargada de sueños y el teatro por estandarte, se hundieron en el mapa de la isla para sembrar sensibilidad donde antes solo había surco.
Este, 18 de febrero, Cuba no solo marcó una fecha en el calendario. Celebró el eco de una vida breve pero incendiaria: la de Olga Alonso.

Cerremos los ojos y miremos el Escambray de inicios de los 60. Era un mundo de tierra brava y machete, donde la belleza parecía un lujo lejano. Allí, en la granja “Mártires de Fomento”, aterrizó una habanera de 19 años que decidió que entre la siembra y la cosecha también había que cultivar la danza y la poesía.
Olga no fue a las lomas a «cumplir una tarea»; fue a encontrar el sentido de su existencia. No se limitó a la pizarra. Creó los grupos “Ismaelillos” y “Chaplin”, fundó bibliotecas de campaña y enseñó a los guajiros que su voz también valía. Pero el destino tiene a veces una caligrafía trágica.
El 4 de marzo de 1964, un tractor volcado en el camino hacia una clase le arrebató la vida. Murió con el lodo de la vanguardia en las botas, y por eso, el día de su nacimiento es, por derecho propio, el Día del Instructor de Arte.

De la mochila de Olga a la Brigada de hoy Seis décadas después, el espíritu de aquella muchacha no es una estatua de mármol. Camina en los zapatos de los miembros de la Brigada José Martí. Ellos son los herederos de esa épica cotidiana que transforma un solar, una escuela o una casa de cultura en un taller de milagros.

Este 2026, la jornada ha vuelto a encender la chispa en toda Cuba. En Santiago, bajo el lema “Raíces que forjan historias”, se siente el pulso de una labor comunitaria que no cree en imposibles. En Villa Clara, el arte ha salido de las instituciones para buscar a la gente en sus consejos populares, llevando esa «luz espiritual» que tanta falta hace en los tiempos que corren.
No son solo actos o diplomas; son proyectos como “Guayacán Negro” en Guantánamo o los “Changüiseros Unidos” que demuestran que, cuando un instructor llega a un lugar, la identidad local se fortalece y el orgullo de ser cubano recupera su color.

La madre de Olga la recordaba como una joven «dinámica, imaginativa, pícara». Ese es exactamente el ADN que sobrevive en cada joven que hoy toma una guitarra o un libreto y sale a buscar a su comunidad.
Porque la semilla de Olga no cayó en tierra estéril. Sigue germinando, cada 18 de febrero, en ese rincón del pecho donde el arte y la esperanza se dan la mano.