EL SIGUIENTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DEL FILME ONE BATTLE AFTER ANOTHER (2025)
En el discurso público se ha querido vender One Battle After Another (2025) como un filme sobre la revolución, entendida como encendedor a lo Prometeo del opio que nos alivie ante tanto cinismo. Nada que ver. De hecho, diría que los reflejos políticos del filme son su costado más flojo.
One Battle After Another es el más reciente filme de Paul Thomas Anderson, quien vuelve a adaptar (o más bien, a tomar de inspiración) las novelas del enigmático escritor norteamericano Thomas Pynchon.
En este caso, transmuta a los hippies revoltosos de los 60 y 70 en radicales más estereotípicos, células terroristas tránsfugas en el corazón canceroso de un Estados Unidos… ¿futuro?
Nos centramos en los miembros retirados del French 75, una organización revolucionaria que entre atentado y atentado defiende a capa y espada los derechos vulnerados de los inmigrantes.
Encuentro muy cómica la escena en que Bob (Leonardo DiCaprio), nuestro «bad hombre» domesticado, se pone a ver La batalla de Argel (1966) mientras se droga.
Dejando de lado la manera en que el filme exhibe sus influencias y caracteriza a Ghetto Pat The Rocket Man (alias revolucionario de Bob), podríamos comparar ambos filmes para entender a lo que me refería al inicio.

La batalla de Argel tomaba inspiración en una lucha histórica auténtica (la independencia de Argelia) y nos da un filme lleno de intriga y tensión, pero sus personajes eran más bien dispositivos (con pocas excepciones) para cuestionarnos sobre temas de constante relevancia (digamos la violencia política, el colonialismo, etc.).
Thomas Anderson se va por un enfoque más atomizado, más presto a exhibir las manías y ansiedades de cada uno de sus personajes, que son los que ponen en marcha la trama, porque todo va de un triángulo amoroso que termina mal y de conflictos parentales.
Solo hace falta verse el prólogo y nos daremos cuenta de la visión más distante, superficial y estetizada de las luchas políticas. Aclaro, esto no es malo per se. Las cuestiones políticas son un mero trasfondo, una excusa para la verdadera protagonista de la película: la persecución.
Aquí es donde el filme consigue mostrar sus mejores cartas: un elegante uso de la cámara que logra gran inmersión y una banda sonora que con sus notitas de piano da el remate perfecto a la excentricidad que decora toda la película. No estamos ante una película de acción tradicional, y se nota una especie de exceso coreográfico en las escenas que en algunos casos (como la represión de una manifestación por la policía o un tiroteo) nos saca un poco de su hechizo.

Las actuaciones también son un aspecto destacable del filme, con un Sean Penn tan ridículo como amenazante, un DiCaprio gracioso pero que quizás esté empezando a encasillarse, y un Benicio del Toro que para mí es un gag andante entre tanto radical gringo, teniendo en cuenta que este hombre fue literalmente el Che Guevara.
A pesar de todo, después de unas casi tres horas de metraje que no resultan nada pesadas, el exceso de sobriedad en una obra que prometía una épica, se vuelven patentes. El frenetismo se torna en espada de doble filo que impide al filme respirar y dar un desarrollo más satisfactorio a los personajes, en especial a Charlene (Chase Infiniti).
Con sus ideas políticas de cartón, con sus personajes carismáticos pero constreñidos por las exigencias del argumento, por la necesidad de seguir corriendo, escalando, escondiéndose; la verdadera guerra que enfrentará esta obra será la de ser recordada, con cada año que pase, y destacar contra cada vieja peli del P. T. Anderson que pasó, destacar con cada peli de P. T. Anderson que le siga.
Por: Rolando Casals, estudiante de periodismo
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