Cuando se pronuncia el nombre de Juan Almeida Bosque, lo primero que suele venir a la mente es la imagen del combatiente intrépido, aquel que en los momentos más amargos de la guerra, cuando la muerte acechaba en Alegría de Pío, se irguió para lanzar aquella frase que se volvería inmortal: «¡Aquí no se rinde nadie, carajo!».
Pero si hay algo en lo que coinciden quienes lo conocieron, desde sus compañeros de lucha hasta el campesino más humilde de la Sierra Maestra, es que Almeida era un hombre que no cabía en un solo molde. Era un ser humano de una profunda sensibilidad, donde la fiereza del guerrillero convivía en perfecta armonía con el alma del poeta y del músico.
Para adentrarse en la página más humana del Comandante, no hay que buscarlo únicamente en los partes de guerra o en los textos de historia, sino en las notas musicales de un bolero o en la memoria viva de los santiagueros. Luis Estruch Rancaño, médico e investigador que compartió décadas de cercanía con Almeida, lo define en su libro «Juan Almeida Bosque: Testimonio de un santiaguero (1970-2009)» como un «hombre multifacético de una grandeza excepcional». En él, asegura, se conjugaba el sedimento popular con una sensibilidad suficiente para responder a sus responsabilidades no solo desde una posición política, sino «desde el conocimiento de la cuestión social y la conducta ejemplar».
Y es que Almeida nunca olvidó sus orígenes humildes en el reparto Los Pinos, en Arroyo Naranjo. El hombre que llegó a ser Comandante de la Revolución y vicepresidente del Consejo de Estado jamás perdió el contacto con la tierra. Quienes lo vieron recorrer los campos y ciudades de la antigua provincia de Oriente, cuentan que se sentaba a conversar con el limpiabotas, que compartía con los albañiles, mientras supervisaba la construcción de viviendas, y que se interesaba por los problemas del campesino con la misma naturalidad con la que luego empuñaría un arma. Hizo suya, como pocos, la máxima martiana de echar su suerte «con los pobres de la tierra».
Pero quizás el rostro más íntimo de Almeida, el que lo acerca al corazón cotidiano del pueblo, es el del compositor. Se dice que comenzó a hacer canciones casi al mismo tiempo que comenzaba la lucha, como si la música fuera un refugio necesario para el alma del guerrillero. Autor de más de 300 obras musicales, su repertorio abarca desde guarachas bailables hasta los boleros más sentidos que han atravesado generaciones.
«La Lupe», ese himno del amor romántico en Cuba, nació de un sentimiento genuino hacia una mujer mexicana que conoció durante su exilio, y aún hoy, décadas después, sigue sonando en las casas y en los bares de la isla. Temas como «Dame un traguito», «Mi Santiago» o aquel «Marinero quiero ser» que marcó la infancia de muchos cubanos, revelan a un hombre que podía traducir en melodía los latidos más profundos del alma nacional.
El periodista y crítico Giovanni Luis Villalón destaca que Almeida era «un líder natural del pueblo, porque de él salió». Y esa cualidad le permitía compartir la cotidianidad de las tareas con la misma sencillez con la que se le veía compartiendo con músicos, artistas plásticos y directores de teatro en los estudios Siboney de la Egrem en Santiago de Cuba, una instalación que él mismo fundó y protegió como un espacio para el arte.
Por eso, cuando el 11 de septiembre de 2009, su corazón se detuvo, el país sintió un vacío inmenso. Pero Fidel Castro, en aquellas horas de dolor, pronunció las palabras que se grabarían en la memoria colectiva: «¡No digamos que Almeida ha muerto! ¡Vive hoy más que nunca!».
Hoy, cuando se cumplen 82 años de su natalicio, el pueblo no lo recuerda con un luto rígido. Lo recuerda tarareando una de sus canciones, visitando su tumba en el mausoleo del III Frente Oriental o simplemente repitiendo, ante cualquier adversidad, aquel legendario «¡Aquí no se rinde nadie!».
Almeida demostró que se puede ser héroe y humano, al mismo tiempo, que la grandeza no está reñida con la ternura, y que un hombre que empuñó un fusil con honor, también podía acariciar un pentagrama con la misma pasión.
Ese es el Almeida que no muere: el del combatiente, el del artista, el del amigo. El del hombre de pueblo.
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