En las fiestas del Oriente cubano hay un sonido que no se confunde: repetitivo, alegre y capaz de convocar a todos al baile. Es el órgano oriental un instrumento para «moler la música» que llegó a la isla en 1885 desde Francia, desembarcando por el puerto de Cienfuegos. Poco después, el carpintero Santiago Fornaris lo trasladó a Manzanillo, donde se convirtió en el favorito de las celebraciones. Desde allí se expandió hacia Holguín y otros territorios, integrándose en la vida popular y marcando el pulso de las fiestas campesinas.
Ronny Marrero, actual director del Órgano Hermanos Ajo, es uno de los responsables de mantener viva esta tradición heredada de sus abuelos. «Defender esta práctica significa honrar un legado que comenzó en 1914 con mi bisabuelo José Ajo Góngora», asegura.
Desde entonces, generación tras generación la familia ha mantenido viva la costumbre, construyendo nuevos instrumentos y llevando esta música por toda Cuba. Para Marrero, es más que un oficio: «Es la historia de mi familia y la identidad de un pueblo que ha bailado con este sonido durante más de cien años».

En el municipio holguinero de Calixto García, esta auténtica orquesta metida en un cajón de madera sigue siendo parte inseparable de la vida sociocultural. «Aunque la tecnología y las nuevas tendencias musicales implican una gran competencia, el órgano oriental sigue vivo, pues el público responde positivamente cuando sale al escenario: se detiene, se acerca, pregunta y casi siempre se queda», comentó el director.
No obstante, la familia Ajo no deja de preocuparse por el futuro de la tradición, golpeada por el paso del tiempo y la escasez de recursos para su mantenimiento. Marrero advierte que a menudo sufren también la falta de divulgación y de contratación, pues el órgano queda «guardado» en las Casas de Cultura o en sus propias viviendas, privando al público de este singular espectáculo.

En el plano familiar, el músico busca perpetuar la costumbre. Su hijo mayor se ha inclinado por la música del órgano y sabe operar la manivela. «Eso me devuelve la esperanza de que el legado no se pierda. No obstante, reconozco que no todas las familias organilleras trabajan en pos de esa continuidad generacional», señaló.

Ante esa realidad, Marrero considera urgente atraer a las nuevas generaciones mediante círculos de interés y espacios de formación que despierten en ellos el amor por el órgano.
«Si no logramos que los jóvenes se inclinen por esta tradición, corremos el riesgo de que desaparezca. El órgano no es solo música, es parte de nuestra identidad cultural y merece ser defendido«, insistió.

Sobre el papel de las instituciones, fue categórico: «El Instituto Cubano de la Música debería asegurarle un lugar a los músicos empíricos. Si solo buscamos personal altamente calificado, quizás no quieran tocar en un órgano porque lo ven como algo obsoleto. En cambio, los músicos empíricos han sido siempre los que mantienen viva esta tradición».
«Todos los que tocamos en órganos hemos aprendido de manera autodidacta. El órgano siempre se aprendió en el barrio o en la familia, nunca en las escuelas. Esa transmisión oral y la propia práctica es lo que ha permitido que su esencia se mantenga intacta un siglo después. Si se pierde esa forma de aprender, peligra su continuidad como parte de la cultura popular», concluyó el ejecutante de un modelo con una historia brillante, en la que sobresalen sus giras por Europa con Los Van Van y Las D’Aida, en los ‘70, y sus siete años en las noches de Tropicana.

Mientras tanto, Ronny Marrero procura que el aire mantenga vivas las notas, el cilindro marque el compás y las lengüetas den forma a un sonido distinto, que al oído de los transeúntes resulta inconfundible. Un engranaje que, aunque rudimentario, necesita cuidados constantes para que la música, como la propia tradición del órgano en el nororiente de Cuba, no pierda su fuerza.
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