Franz Kafka
'El castillo', la última novela de Franz Kafka, se publicó hace cien años. Foto: Tomada de zendalibros.com

Cinco centenarios de novelas para celebrar

El almanaque de este año ha llegado con notables conmemoraciones, en clave de centenarios, a la hora de exaltar novelas que perfilaron en grande el destino de sus autores, para crear con bríos su repercusión, todo un convite a relecturas y reencuentros. Desde la que inauguró una de las maneras más aventajadas para la comprensión de las coordenadas históricas latinoamericanas en clave de ficción (las novelas de dictadores), hasta las visiones más intrínsecas del entorno (tal es el caso de un adolescente y un viejo a través de las inmensidades argentinas), son un puñado a distinguir.

Lo primero —a propósito de esa última— es el encuentro con el personaje que le da título, el instante que convida a un mundo legendario: «Inmóvil, miré alejarse, extrañamente agrandada contra el horizonte luminoso, aquella silueta de caballo y jinete. Me pareció haber visto un fantasma, una sombra, algo que pasa y es más una idea que un ser». Tal fragmento está en la voz de Fabio, un muchacho que, años después, vuelve a desplazarse a través de la pampa con sus evocaciones que hacen de ‘Don Segundo Sombra’, del argentino Ricardo Güiraldes, una ficción de acentuada panorámica.

Sobre esa novela, repasaba Jorge Luis Borges en sus ‘Diálogos’ con Roberto Alifano, que cuando Mark Twain publicó ‘Las aventuras de Huckleberry Finn’ en «el año 1880 y tantos», se fundaba «una especie de genealogía»: la historia de un niño junto a un veterano esclavo prófugo, en los días de la Guerra de Secesión, navegando a través del río Misisipi, sería leída con fervor por Rudyard Kipling, quien publicaría en 1901 su novela ‘Kim’, la saga de un chico y un viejo que recorren la India. Y esta, a su vez, fue leída con admiración por Güiraldes: las páginas de ‘Don segundo Sombra’ lo corroboran.

«Novela de Tierra Caliente» es el subtítulo que el español Ramón del Valle-Inclán colocó a las puertas de su ficción iberoamericana por antonomasia, y, por lo demás, libro preliminar de una ruta que, de modo especial, alcanza plenitud a partir de los años setenta del siglo veinte (y hasta hoy) en la narrativa latinoamericana, con las novelas de dictadores (‘El recurso del método’, de Alejo Carpentier; ‘Yo el Supremo’, de Augusto Roa Bastos; ‘El otoño del patriarca’, de Gabriel García Márquez; ‘La fiesta del chivo’, de Mario Vargas Llosa…), en cuyo origen fija su máximo esplendor ‘Tirano Banderas’.

En el ficticio territorio de Santa Fe de Tierra Caliente, con capítulos muy breves y escenas que se suceden con celeridad, Valle-Inclán narra tres días en torno al derrocamiento de un dictador ficticio llamado Santos Banderas; para ello, aprovecha sus recuerdos de una larga estancia mexicana en 1921 y, con ellos, voces y ambientes que distinguen una época y unos lugares muy puntuales. Como ha advertido Juan Villoro: «El autor no pierde tiempo explicando la forma en que Banderas llegó al poder ni con qué artes se sostiene en él: su nombre es su definición». A cien años de su publicación, ratifica su permanencia.

«Robert Cohn fue campeón de boxeo de peso medio de la universidad de Princeton. No se crea que a mí me impresiona gran cosa esto, como título deportivo, aunque significó mucho para Cohn. No le interesaba nada el boxeo –de hecho le tenía aversión-, pero lo aprendió penosa y cuidadosamente para contrarrestar el sentimiento de inferioridad, timidez y recato que había experimentado al ser tratado en Princeton como judío». Lo dice Jake Barnes, periodista veterano de guerra, quien junto al aludido, y a la bella enfermera Brett Ashley, conforma el trío central de la novela que así comienza: ‘Fiesta’.

Gran debut de Ernest Hemingway en 1926, se trata de un apasionante retrato de la llamada «Generación perdida» (los sobrevivientes al exterminio de la Primera Guerra Mundial), hombres y mujeres que fijaron destinos en París, y desde allí sus itinerarios por la geografía española, de modo especial las jornadas taurinas de Pamplona, los célebres Sanfermines. Historia abrasadora, que se adentra en resquicios de caracteres al filo de abismos existenciales, tal vez sea ella la cota suprema del género en manos de su autor, más encumbrado justamente como cuentista de piezas legendarias.

«Había caído la noche cuando K. llegó. El pueblo estaba sumido en la nieve. No se veía nada del cerro del castillo, lo rodeaban niebla y tinieblas, y ni la lucecita más débil sugería el gran castillo. K. permaneció largo rato en el puente de madera que llevaba de la carretera al pueblo, mirando al aparente vacío de allí en lo alto». Ese es el inicio de la tercera y última novela de Franz Kafka, publicada en 1926, dos años después de su muerte en un sanatorio, tras una pulmonía agravada. Estaba próximo a cumplir los cuarenta años, y en el porvenir estaría su influencia: ‘El castillo’ lo confirma.

Un agrimensor, a quien se le llama simplemente K. es contratado por una opaca gobernación de funcionarios, encargada de administrar una aldea desde un castillo enclavado en una colina, en el que una legión de burócratas protegidos entre sombras y teléfonos, se ampara en el absurdo que lo subyuga todo. «Contra la laberíntica construcción del Castillo, sus seducciones y engaños, se alza un hombre solo, K.», ha apuntado Pietro Citati en su biografía ‘Kafka’, y tal vez en esa afirmación, anida el sentido más íntimo de ese joven abogado, judío de Praga, cuya obra mantiene su persistencia.

«Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua…»: el que así habla es Silvio Astier, un adolescente que transita por diversas maneras y riesgos de sobrevida —ladrón, empleado de una librería, aprendiz de mecánico de aviación, entre otras ocupaciones, y no pocas veces en la marginalidad—, al comienzo del recuento de sus andanzas que se expanden en ‘El juguete rabioso’, del argentino Roberto Arlt.

Dedicada a Ricardo Güiraldes —de quien fuera secretario personal—, la novela que arriba a su centenario marca el inicio de una vida literaria tan fugaz como alucinante. Al decir del chileno Roberto Bolaño: «Arlt es rápido, arriesgado, moldeable, un sobreviviente nato, pero también es un autodidacta, aunque no un autodidacta en el sentido en que lo fue Borges: el aprendizaje de Arlt se desarrolla en el desorden y el caos, en la lectura de pésimas traducciones, en las cloacas y no en las bibliotecas». Y la conclusión del artífice de ‘Los detectives salvajes’ no puede ser mejor: «Arlt es un personaje de Dostoievski».

Un gran novelista y cabal conocedor del género, el mexicano Carlos Fuentes, ha dicho que «la novela no sólo refleja la realidad, sino que crea una realidad nueva, una realidad que antes no estaba allí (Don Quijote, Madame Bovary, Stephen Dedalus) pero sin la cual ya no podríamos concebir la realidad misma. Así, la novela crea un nuevo tiempo para los lectores». Y completa con altura su idea: «La novela convierte el pasado, en memoria, y el futuro, en deseo. Pero ambos ocurren hoy, en el presente del lector que, leyendo, recuerda y desea». Así lo confirman cinco centenarios de novelas para celebrar.

Eugenio Marrón Casanova
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