Siempre que recomendaba «Lista de espera» (2000) a mis conocidos, me veía en la lamentable posición de añadir, después de la frase «es una de mis películas cubanas favoritas», algo como, «pero detesto ese final».
Bueno, no sería exacto decir que lo detesto. Más bien, si ese trozo de película se personificara en la forma de un criollo decimonónico, no dudaría en retarlo a duelo de un guantazo en la mejilla y plantarle un buen arcabuzazo en todo el pecho, pero acostarme luego entre frazadas, que me acose su espectro mágico-realista y tener de único consuelo el honor restituido.
El filme, dirigido por Juan Carlos Tabío, está inspirado en el relato homónimo del escritor Arturo Arango. Todo se desarrolla en una terminal de ómnibus cerca de la costa, una suerte de espacio meta (meta-físico, meta-ficcional, meta para las guaguas que nunca llegan) perdido de la mano de Dios, el Estado y los envíos de piezas de los países ex soviéticos.
Aquí se congrega un extenso coro de personajes con intenciones de viajar, ya sea a La Habana o a Santiago, sin ninguna suerte. El filme hace malabares para que cada miembro del elenco, casi un desfile de caras conocidas, aporte su granito de arena con buenos resultados.
Aunque si tuviéramos que señalar a los protagonistas, estos serían: Emilio (Vladimir Cruz), ingeniero de sonrisa exagerada; Jacqueline (Thaimí Alvariño), prometida de un empresario español e interés romántico de Emilio; y mi tocayo, el falso ciego Rolando (Jorge Perugorría), auténtico caso social. También destacan los papeles de Jorge Alí, Alina Rodríguez, Saturnino García y muchos más.
La película no oculta sus influencias cuando una viejita referencia en cierto segmento a «El ángel exterminador» (1962) de Luis Buñuel. Si en aquel filme se satirizaba el exceso de hipocresía de la alta burguesía como desencadenante de lo surreal, «Lista de espera» es la otra cara de la moneda.
Porque de esta terminal nadie sale por causas muy objetivas: retrasos y guaguas rotas. Las casualidades para frenar el viaje pasan de lo creíble a lo predestinado con bastante naturalidad, y la dilatación del tiempo desdobla las personalidades bajo la voluntad de la fantasía.
Sobra decir que, como comedia, el filme sobresale, aunque como melodrama peque de cliché. Cuenta con un humor más centrado en las interacciones entre personajes, con muy buenas dosis de crítica social.
Cuando los antagonismos y gags se agotan, el filme se traslada a una atmósfera idílica. La terminal trasmuta vía amor en un modesto paraíso donde vida y muerte se rigen por el texto original, que tiene una aparición física dentro de la película.
Pero, pero, pero… el sueño se acaba, literalmente. Llega aquí mi némesis, porque «Lista de espera» recurre en el último minuto a uno de los giros más baratos del manual de escritura: ¡Todo fue un sueño!
Sobre el papel es una decisión que entiendo. De hecho, a nivel factual no es incoherente. Los fragmentos que prosiguen al giro aportan una tesis, una vez más, coherente, entendible, pero que para mí, a nivel emocional, no calza.
Habrá quien me saque a colación que todas las cosas extrañas de la película avisaban de su naturaleza onírica. Esa gente no entiende nada. La gracia de una película a lo Buñuel es tornar lo inverosímil en real, no dar explicaciones baratas y «racionales» a cada cosa rara.
Es un final ambivalente, como si no se tuviera confianza plena en lo que se ha construido hasta ese momento. Como diciendo: ¡No se esfuercen en imaginar, que todo era un sueño!
Prueba de ello es que la película no pasa a un realismo seco y plantea un «sueño compartido». Caballero, los sueños compartidos, en la escala del verosimilómetro, tampoco califican como creíbles.
Pero bueno, es un trago amargo que se puede evitar presionando un botón en cada nueva visita a la terminal, o tal vez una medicina de gusto demasiado cínico para la envoltura de su frasco. Al fin y al cabo, que el transporte público funcione bien, que las personas puedan vivir en paz, son sueños bonitos, y los sueños, sueños son.
Con información de Rolando Casals (Estudiante de Periodismo)
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